Con algunas figuras de los años gloriosos, como Jorge Luz, y muchos invitados del negocio del cine, y manteniendo algunos fastos del edificio original, se reinauguró anteanoche el cine-teatro Monumental, vieja gloria de la tradicional calle Lavalle. El acto tuvo lugar prácticamente a 70 años de su primera inauguración y a poco más de un año de su clausura. Según optimistas, el hecho señala un nuevo avance en la recuperación de la peatonal, que en los últimos tiempos se fue degradando a pasos acelerados.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Precisamente, en el hall, algunas promotoras informaban sobre un proyecto privado de renovación y embellecimiento de la peatonal, que en viejos tiempos tuvo cierta fama mundial como «la calle de los cines». El responsable de la reinauguración es Norberto Feldman, dueño de otra sala cercana, también refaccionada, el Electric. Entre las reformas impuestas por Feldman se anotan el sonido digital y la división en cuatro salas: la grande, de 1.060 butacas; la inferior, de 480; y dos, de aproximadamente 200 cada una; todas modernizadas.
Los espejos y pisos originales aún se conservan. También dos costumbres: la inauguración con una orquesta de jazz y la exhibición de una cinta nativa. Para el caso, fueron el Power Jazz Trío, el corto «Mosaico criollo», de 1929, y un breve registro, recientemente rescatado, de la première de «La ley que olvidaron», de 1937, en esa misma sala, donde pudo verse a Libertad Lamarque (hermosa, con un sombrerito con pluma sobre la frente), Irma Córdoba y Luis Sandrini, apretujados por una multitud de gente con sombreros Panamá. Eran otros tiempos.
El Monumental, de Lavalle 780, se inauguró el 23 de mayo de 1931, como un emprendimiento del consorcio de exhibidores Coll-Di Fiore. Se trataba de un edificio propio, de tres plantas, adornado con mármoles de Nazareno Orlandi (el mayor proveedor de edificios bancarios de la época), vitrales y mucha broncería estilo art-decó, amén de unas confiterías en la planta baja, refrigeración, sonido de avanzada y salida auxiliar por Esmeralda 469. En cuanto a capacidad, había una sola sala de 946 butacas en platea; 496, en pullman; 175, en superpullman; y 55, en los balcones laterales. En total, 1.672 asientos, que se llenaban de domingo a domingo.
A tono con el Opera y el Broadway, otras dos grandes catedrales del espectáculo, muy pronto el público rebautizó al Monumental como «la catedral del cine argentino». Si bien empezó con material de distribuidoras extranjeras, en 1934 estrenó una comedia de artistas locales, «Idolos de la radio», con tal éxito que, en forma inmediata, le siguió una multitud de títulos nativos, casi todos dictando cátedra de éxito, como «El cañonero de Giles», «Ayúdame a vivir», «Los muchachos de antes no usaban gomina», «Besos brujos», «Madreselva», «Prisioneros de la tierra», «Así es la vida», «La guerra gaucha» y otros de similar calibre.
Prácticamente, todos los clásicos de la época de oro del cine argentino tuvieron su première en esa sala. Luis Sandrini, «Pepe» Arias, Libertad Lamarque, Mario Soffici y Manuel Romero eran abonados al hall, donde la multitud se apretujaba por verlos. Y las noches de estreno, el cronista Adolfo Avilés transmitía toda la película por radio. La gente escuchaba los diálogos y las risas o murmullos del público en la sala, y al otro día, corría a comprar su entrada.
Aquello motivó una querella judicial por parte de la British y otras distribuidoras, que reclamaban un cambio de programación, ya que en los programas dobles del Monumental sus películas habían quedado prácticamente de relleno. Además, se instalaron allí las compañías teatrales de Florencio Parravicini, Olinda Bozán, César Ratti, Luisa Vehil, Tito Lusiardo y otras celebridades; brindó sus espectáculos musicales Enrique Santos Discépolo; y se presentaron al público argentino, entre muchos otros artistas, los tenores Alfonso Ortiz Tirado, Ramón Novarro y José Mojica (el que después, en pleno éxito, abandonó todo y tomó los hábitos).
La sala mantuvo sus características hasta 1972, cuando fue remozada por primera vez. Luego, ya con Luis Scalella asociado a la empresa original, en 1987 se reacondicionaron los subsuelos, dando lugar a una sala de gran declive, con 550 butacas, especialmente protegida con aislantes especiales, para evitar las vibraciones provenientes del vecino subterráneo. En 1994 se remodelaron los pullman, creando allí un par de salas. De todos modos, para esa época, Lavalle había dejado de ser lo que era (también el cine nacional, dicho sea de paso). Tras su cierre, hace un año, sólo siguieron funcionando las oficinas de Coll y Scalella. Ahora vuelve, esperando que también vuelvan el público y los buenos tiempos de Lavalle.
Dejá tu comentario