12 de julio 2022 - 00:00

Camelot: sobre la librería de culto y su misterioso final

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“Yo conozco a los fans del manga, el animé y los artículos de culto que sólo se conseguían en Corrientes y Uruguay, en Camelot Comic Store”, dice a este diario Gustavo Gabbrielli. “Por eso, cuando investigué su historia desde sus comienzos hasta su abrupta desaparición, lo primero que hice fue borrarme de las redes sociales, porque sabía que me iban a perseguir, dar falsos datos, hacerme bullying o vaya uno a saber qué más. Los fans del manga son raros”.

Gabbrielli acaba de editar “Camelot- Epica de una comiquería”, que narra la historia de un negocio esencial para ese público. “Camelot fue muy importante en mi vida y en la de otros como yo”, agrega “Siendo menor de edad y viviendo en el conurbano no tenía mucha ocasión de conseguir un buen manga, así que le pedía a mi viejo que los domingos me llevara a la Capital, a comer pizza a Güerrin y a pasar por Camelot, que además era el único que estaba abierto los siete días de la semana. Era como una juguetería de alto vuelo y te hacía sentir muy bien desde la vidriera.”.

Gerardo Busto era el dueño y soberano de Camelot, una figura de culto que hasta llegó a participar en programas de radio y hacer un cameo en films como “Carne sobre carne-Intimidades de Isabel Sarli”. “Gerardo tenia cualidades únicas”, asegura el autor “y una de ellas era tratarte como si fueras su principal cliente a pesar de que solo fueras a comprar dos mangas económicos. Eso no pasaba en ningún otro negocio del ramo”.

Gabbrielli es docente e inició su trabajo sobre Camelot cuando vio un video viralizado de un antiguo fan mostrando las bolsas de Camelot..“Nunca voy a olvidar que en las primeras ferias de comics y cosplay, Fantabaires por ejemplo, muchos chicos iban decididos a robar todos los comics que pudieran, salvo en el stand de Camelot, que tenia armado una especie de acorazado con solo dos ventanillas. Las colas eran enormes, y seguramente habría vendido el triple sin esa estrategia pero él odiaba que le robaran. Hasta hoy me pregunto qué habrían pensado los invitados Adam West o William Shatner de esa extraña fortaleza en medio de la convención. Había quienes se quejaban de los precios. Cuando volvieron las trilogías de Star Wars, Camelot ofrecia los laser originales con luz y sonido y también box set con las películas, y valían 100 pesos del 1 a 1. En Buenos Aires ningún otro negocio lo vendía”. La abrupta desaparición de Camelot y luego también la pérdida de todo rastro de su dueño, 2010, siguen sin desentrañarse. “Hay todo tipo de historias; yo fui moderado en cuanto a las teorías que fueron pasando de boca en boca, algunas descabelladas. Creo que se han mezclado el stress de manejar Camelot, que era más que una simple comiquería; la persecución de clientes y fans, más cierta tendencia de Gerardo a mantener lleno el stock de comics caros y difíciles. Pero también descubri cosas raras, y es que las tribus del manga, como los “otaku”, no han desaparecido y se han adaptado a esta época en que tal vez ya no haga falta una comiquiería porque todo se puede comprar por internet”.

Ni la salida del libro movió a Gerardo Busto a romper su silencio.

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