Martín Kohan: volver a pensar hoy en el sentido de las vanguardias

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Además de su nuevo ensayo, dio a conocer la novela en formato de relatos "Confesión" y "Me acuerdo". Las contradicciones entre política establecida y arte disruptivo es uno de los problemas que analiza.

Cuando la pandemia ha provocado, entre tantos otros espantos, la retracción de muchos mercados, entre ellos el editorial, el narrador, ensayista y docente Martín Kohan publica tres libros: el ensayo “La vanguardia permanente”, la novela en formato de relatos , “Confesión”(Anagrama) y “Me acuerdo” (Ediciones Godot). Dialogamos con él:

Periodista: ¿La vanguardia enlaza el arte y la literatura con la política o la política con el arte y la literatura?

Martín Kohan: El movimiento puede ser recíproco. Si se quiere es una manera paradigmática de encarar esa relación, pero no la única por la que la estética ha buscado politizarse o la política ha tratado de absorber ese universo. Pienso en el realismo artístico que estaría en la antípodas de la vanguardia, pero también ha habido una estática realista que aportó a la politización literaria. Hubo proyectos políticos que anclaron su relación con el arte en el realismo. No es la única modulación donde esta relación puede establecerse pero sin duda es una variante fundamental. Ciertas líneas políticas se han planteado qué alianzas podían llegar a establecer con las vanguardias, y, a la inversa, lo mismo o incluso más, el surrealismo, el futurismo italiano, el ruso, se han planteado su politización.

P.: ¿Las vanguardia es algo marginal que luego se establece en la política o en el arte?

M.K.: Un momento singular e intenso es la confluencia del futurismo ruso y la revolución rusa, un momento histórico ideal para interrogar las relaciones posibles entre arte y política. Qué pasa con las vanguardias al buscar una inscripción política cuando tienen un carácter contrainstitucional o antiinstitucional. Cómo evitar, si es que se lo puede evitar, que la politización se convierta en una institucionalización. La politización no funciona siempre igual. Es posible una politización contrainstitucional desde una posición alternativa o disruptiva, pero hay un punto en que la política plantea el dilema de una absorción e institucionalización de la vanguardia, que supondría al mismo tiempo su neutralización. Es uno de los dilemas de la vanguardia y no tiene una solución, es una de sus problemas y uno de sus conflictos.

P.: Otro problema es cuando lo nuevo se vuelve retrógrado.

M.K.: Colocarse de forma fija en una perspectiva vanguardista, sostener de manera fija la valoración de lo nuevo puede volverse conservador en la medida en que lo nuevo pasa a ser un lugar de fijación, de permanencia, en una tradición. Para sostener el valor de lo nuevo es preciso revisar la noción de nuevo. Se puede ser un conservador de lo nuevo. Las vanguardias sostienen el ideal de lo nuevo. ¿Cómo sería eso hoy? Debemos pensarlo no desde la posibilidad sino desde la imposibilidad. ¿Las vanguardias son imposibles? ¿repetirlas o retomarlas es renovarlas o es establecerlas como lugar de la tradición y no de lo nuevo? La tradición de lo nuevo no hace más que evidenciar su condición de tradición, despojarla de su carácter de irrupción de lo nuevo. Ante ese dilema aparecen distintas variaciones que pueden servir a la reflexión. A mi me gustó rastrear variaciones del lenguaje militar que está en la idea misma de la vanguardia en su origen, por ejemplo el sentido de la retaguardia. Ese imaginario bélico se toma el optimismo de aquellas ofensivas de comienzos del siglo XX. Ya no se puede sostener esa imagen. Y sostenerla más que recuperar esa posición de avance de lo nuevo hoy es retardatario porque sería antihistórico.

P.: ¿Por qué cuando en sentido político y artístico “la vanguardia ya fue”, publica “La vanguardia permanente?

M.K.: ¿Qué significa ese “ya fue”? ¿Qué es lo que puede hacerse desde ese “ya fue”? Piglia, por caso, propone pensar desde el futuro. A la vez Libertella partiendo de ese “ya fue” regresa a lo arcaico y hace una literatura de innovación total, y ya no es una innovación formulada en la confianza sin más de lo nuevo, de optimismo de avance vanguardista, sino que en este momento de retroceso parte de asumir la imposibilidad de la innovación, cuando las posibilidades de lo nuevo parecen cerradas. Asumir las vanguardias sin más es no tener en cuenta lo que ha pasado.

P.: ¿A la vez usted acaba de publicar “Confesión” y “Me acuerdo”?

M.K.: “Confesión” tiene tres partes, y en cada uno es un proceso histórico diferente, ninguno de los cuales corresponde a esa convención denominada literatura política, en todo caso podría corresponder a la categoría “novela de la dictadura” y creo que no es así. Es la marca que deja Jorge Rafael Videla. El primer Videla es el de los quince años contemplado por una chica de 13 cuyo despertar erótico va a tener que ver con Berta Sara Videla. La segunda tiene que ver con el atentado a Videla de 1987 en el Aeroparque, que fue recuperar la literatura de la acción política. La tercera es una recapitulación, una mirada contemporánea que remite a los tiempos de la dictadura. En el libro “Me acuerdo”, yo que soy poco proclive a la “literatura del yo”, que no me resulta atractiva, me senté a escribir recuerdos de mi infancia, evocaciones y vivencias. Me impulsó a escribir ese libro la lectura de “Je me souviens” de Perec y la manera en que el estilo de sale de los recuerdos que tiene el efecto de lista, de catálogo sin que dejen de ser recuerdos personales que se ofrecen a la contemplación como si ya no fueran de uno.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.K.: El prólogo a una antología de textos de viajes de Martínez Estrada que seleccioné, y tengo entre manos un libro de cuentos que vine escribiendo en los últimos años.

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