Sobre algunos casos porteños de Holmes

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Las aventuras de Sherlock Holmes provocaron desde su aparición, en 1887, una legión de adictos que no paró de crecer y, como emblemático longseller, los renueva a lo largo del tiempo. Las adicciones del implacable detective de Baker Street 221 B, Londres, eran el violín, la cocaína y descifrar entuertos. Cuando su creador, Sir Arthur Conan Doyle, fatigado y fastidiado tras 4 novelas y más de 50 relatos (y queriendo de una buena vez pasarse a la prestigiosa novela histórica), decidió tirar por la borda (en una catarata suiza) a su personaje junto a su profesoral enemigo, provocó un tsunami de reclamos. El pedido que más le afectó fue el de su madre (a Borges le hubiera sucedido lo mismo), y decidió ofrecer unos cuentos más. Por su arte, la adicción había prosperado y las editoriales no se iban a perder ese filón. Comenzaron a aparecer al voleo supuestas nuevas aventuras de Sherlock Holmes por Europa. Una editorial alemana tuvo record de contratos de escribas de apócrifos relatos del detective. Hasta que intervino el abogado de Doyle y tuvieron que cambiar el nombre por uno parecido y su solución de marketing fue poner en la tapa “otra del rey de los detectives”.

La Argentina no se libro de esa adicción. Entre 1911 y 1913 se publicó en Buenos Aires “Sherlock Holmes”, revista semanal ilustrada que mezclaba relatos ficcionales con crímenes reales, “la atracción de las faldas” con el “último suceso teatral”. La marca Sherlock Homes hizo que vendiera cerca de cincuenta mil ejemplares. Hasta que llegó Crítica, la crónica roja ocupaba unas pocas líneas en los diarios, y siempre en páginas interiores. En la revista “Sherlock Holmes” apareció el preclaro detective inglés en aventuras porteñas, firmadas la mayoría de las veces por autores tan inexistentes como el “elemental, querido Watson” que Holmes nunca dijo. Algunos cuentos son simples pastiches, ejercicio del cóctel sherlokholmiano de observación minuciosa, captación de detalles, razonamiento deductivo, saber científico, ironía sobradora y una pizca de intuición. A partir de esa mecánica narrativa se entregan fáciles entretenimientos, donde por caso Holmes descubre el crimen de un travesti o ayuda a detener un asesino serial. Varios de esos relatos los ha recuperado Ezequiel De Rosso en la cuidada antología “Sherlock Holmes en la Argentina y otras aventuras apócrifas”, donde incluye la sorprendente nouvelle, “Un curioso manuscrito”, una ficción basada en hechos reales.

Holmes llega a Buenos Aires de incógnito, por pedido del Foreing Office, para “abortar el tremendo complot fraguado contra las primeras autoridades” gente que está siempre a nuestra disposición y porque “la Argentina es un país inmensamente rico que ofrece un campo vastísimo a la explotación inglesa”. Holmes tiene su Waterloo al no poder salvar al coronel Falcón, jefe de la Policía, del atentado, que termina con su vida, pero ayuda a detener al “anarquista infame, maldito zurdo” Simón Radowitzky y su célula de libertarios. El investigador del policial Gabriel Wainstein descubrió en la revista PBT de esa época, dentro de la serie “Sherlock Holmes en la Argentina”, los 24 capítulos de “La audacia de Nelson White” de Julián J. Bernat, que sería la primera novela policial argentina.

=“Sherlock Holmes en la Argentina”, AA.VV. (Evaristo Editorial, Bs. As. 2020, 166 págs.)

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