Con Ridley Scott nunca se sabe. Puede revolucionar un género, como lo hizo en «Alien», «Blade Runner» o «La caída del Halcón Negro», o perpetrar engendros patéticos como su versión del descubrimiento de América.
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Muy lejos de la épica barata de «Gladiador», esta vez Scott apostó a una película tan simple que casi es la antítesis de su estilo de cine. La sencillez es un esfuerzo notable en este caso, ya que no sólo se aplica a la puesta en escena, el presupuesto y el reparto (con un solo nombre famoso, Nicolas Cage), sino a un desinterés total por superar en ingenio e imprevisibilidad a los complicados engaños propios del cine de estafadores como «El Golpe» o «Nueve Reinas».
El recurso de Scott, o mejor dicho el truco que hace funcionar la película a la perfección, consiste en no enfocar tanto la actividad criminal del cuentero protagónico, para dedicarse más a analizar sus complejos problemas personales, tratándolos como los de cualquier profesional exitoso. El mismo no se considera un delincuente («No robo nada a nadie, sólo hago que me den su dinero voluntari amente»), por lo que no puede entender que sus fobias, tics y ataques de pánico puedan relacionarse con su medio de vida.
El protagonista sólo acepta hacer terapia cuando sus locuras hacen peligrar sus estafas. Entonces, de golpe, también le aparece una hija de 14 años que nunca se había interesado en conocer, justo en medio de un trabajo más grande y arriesgado que los cuentos del tío pensados a medida de unos pobres diablos de clase media. Igual que Fellini en «El cuentero», Scott se sirve del tono de comedia policial ligera con un padre torpe y una hija adolescente rebelde para luego cambiar hacia un clima más denso, que en este caso le permite explorar con una crueldad y lucidez implacables el lado oscuro del american dream en su nueva versión del siglo XXI. Tal vez por eso los estafadores de «Los Tramposos» no son carismáticos y simpáticos como los de «Luna de Papel», sino que se parecen más al desalmado Broderick Crawford de «El cuentero». Nicolas Cage es el principal cómplice de Scott por la calidad de su actuación y por la inteligente estrategia del casting que necesariamente obliga al espectador a identificarse con el único actor famoso del reparto, algo difícil de lograr, no tanto por algún rechazo a su profesión, ni por su descuidos afectivos, sino por ese patético empeño en dejar que algún estúpido trauma, culpa o cargo de conciencia le impidan disfrutar de una casa tan linda, para colmo con una pileta espectacular.
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