19 de junio 2001 - 00:00

López Armentía apunta hoy al mundo de la información

Desde sus inicios, Gustavo López Armentía -que presenta una muestra de sus obras más recientes en Principium, de Esmeralda 1357, dirigida por Ricardo Coppa y Marina Pellegrini- ha tenido interés por la expresión y ha de desarrollarla en una operatoria en la cual los personajes, los objetos, los espacios y las dimensiones se dispersan según leyes subjetivas. Recibe la influencia del expresionismo, no como escuela, sino en un sentido más amplio; como movimiento cuestionador y contestatario.

Esta constante expresionista de su pintura agudiza su sensibilidad social y, si bien sus pinturas no son promotoras de un discurso sociológico y/o político, éste subyace permanentemente como preocupación cierta. La aparición casi universal del neoexpresionismo se dio a fines de los '70 y tiene en la Argentina evidentes semejanzas con los hechos que a su vez favorecieron el estallido del movimiento en Europa. Esta carga de tragedia y persecución que anticipa y registra el expresionismo alemán no puede ser indiferente a la generación de artistas a la que pertenece López Armentía.

Su pincelada es vehemente, de ejecución rápida y una de sus características notables es la frecuente independencia de los signos en relación con los motivos. La utilización de ritmos primarios y un verismo fantasioso, unidos a una subversión antiacadémica del espacio clásico y el hecho de que sus múltiples representaciones de ese espacio están expresadas por equivalentes pictóricos, configuran imágenes que parecen abarcar toda la superficie de sus telas.

Los personajes, siluetas esquemáticas en el trazo pero desbordantes de color y materia, se deslizan con una elegancia indiscutible y con cierta perezosa rapidez, que les confiere un toque de manierismo cordial. Además, escoge los colores capaces de expresar los estados emocionales, antes que las imágenes. Sus formas no son individuales, sino socializadas, porque son fruto de una mirada sobre el mundo y en el mundo. Las formas se alargan o se proyectan, como si todo debiera ocurrir, inexorablemente, desde una dimensión diferente.

Movilidad

Telas con ritmos impetuosos y evocativos, por momentos románticas, en las que los personajes tienen la movilidad de una plataforma giratoria, como si el artista quisiera apresar el instante. Sensible y refinado, va revelando su civilización urbana, pero también cerebral. En su visión, la imagen no es una proyección de la realidad, sino una verdad interior traducida a tér-minos de líneas y colores.

Desde 1984,
López Armentía ha realizado una carrera internacional muy importante, participando en galerías y museos de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. En estos últimos cinco años, realizó cinco exhibiciones en la Galería Reece, de Nueva York; en el CAYC, Centro de Arte y Comunicación, de Buenos Aires; en Paulo Figueiredo, de San Pablo; en el Museo de Arte Moderno de México, en la Galería Beau Lezard, París; en el Museo de Arte Moderno de Rio de Janeiro y en Copenhague, en la muestra Container '96 Arte a través de los Océanos. También participó en la Bienal de Cuenca (Ecuador), 1987; la Bienal de San Pablo, 1988; el Museo del Bronx, 1989, la Bienal de El Cairo, 1995; la Bienal de Venecia, en 1997; en Culturgest, Lisboa, 1999. Fue representante exclusivo por la Argentina en la Bienal de Lima y, en ese mismo año, en la Bienal del Mercosur.

Lo que
López Armentía viene afirmando es que la identidad humana es ambivalente, imprecisa, difusa y, sobre todo, compleja, una extraña combinación de fugacidad y trascendencia, de azar y destino. Sus últimas obras atañen al mundo de la información en el cual vivimos. López Armentía, en rigor, observa el continuo movimiento del hombre en la Tierra que ha desatado la revolución tecnológica.

De ahí que estas obras aparezcan presididas por dos nociones complementarias y también indisolubles: la del viaje permanente a través de conocimientos, historias, países,
«Lo profundo» (2000), «Debajo de la luna» (2001), «Los inmigrantes» (2001), y la del curso del tiempo, que no se rige solamente por los horarios convencionales sino, además, por las sensaciones cotidianas y extraordinarias aportadas a la vida del hombre por la inexorable red de la información.

Hay otras formas del tiempo generadas por la computadora, la televisión y los satélites. El pasado inmediato puede volver en unos segundos con sólo rebobinar el video; el futuro cercano puede llegar a nuestro hoy con sólo adelantar la cinta grabada y conocer las últimas escenas del noticiero o del film. El presente ha devenido, pues, en un lugar de paso. El artista mezcla los tiempos y las creaciones del ser humano. Pero lo hace mezclando también los materiales con que gesta sus obras.

Plantea así un doble simbolismo, una relación de causa a efecto y de efecto a causa. La combinación de materiales con que organiza el yeso le permite disponer de soportes particulares y novedosos y, gracias a ellos, de obras también singulares que, por motivos referenciales, son pinturas con mayor a menor volumen, con distinto relieve.

El tiempo y la memoria resuenan en las obras de
López Armentía. El ferrocarril, el camino, el barco, el avión, le sirven de emblema; como en «El nuevo navegante» (1999), «El entorno II» (2000), «La habitación» y «Los inmigrantes» (2001), algunas de sus últimas obras expuestas. Viajar nos toma tiempo, sabido es. Pero no podemos viajar por/en el tiempo. Salvo a través de la imaginación y la memoria, como hace el artista en esta serie de obras, que acaso pretenden y logran lo que T.S. Elliot descubrió: «La historia es una trama/de momentos sin tiempo./Lo que pudo haber sido y lo que fue/tienden a un solo fin, siempre presente».

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