17 de mayo 2004 - 00:00

Los clásicos que no vuelven de la muerte

Era los jueves, a las diez de la noche. La aperturamostraba una sombra sobre el piso del laboratorio del doctor Mortensen, la sombra de un hombre que se ponía de pie y caminaba a tientas, tropezando con frascos, dirigiéndose hacia su venganza. El fondo musical, seguramente robado de algún long play de Ligeti o Varese, empezaba a meter miedo con los títulos de apertura: Narciso Ibáñez Menta presenta «El hombre que volvió de la muerte».

Desdichadamente, sus trececapítulos ya no pueden volver de la muerte. Ni los de «El fantasma de la ópera», ni los de «El muñeco maldito» (correspondientes al viejo Canal 7), ni los de «El monstruo no ha muerto», «El robot», «Un pacto con los brujos» o «Sátiro». Ninguno, con excepción de su última y más endeble producción, «El pulpo negro», una caricatura decadente de lo que había sido.

La gran obra para televisión de Narciso Ibáñez Menta, que de haber sido hecha en los EE.UU. hoy tendría decenas de ediciones en video y DVD y un lugar de privilegio en el Museo del Patrimonio Audiovisual, fue borrada sin miramientos por quienes le expropiaron el «Canal 9» a Alejandro Romay en los años 70. Aquellos viejos video tapes en cinta abierta eran caros, y los usaban para regrabar lo que fuera. Así fue como esas obras se esfumaron para siempre y sólo pueden permanecer en la memoria de sus muchos adeptos. El país sin memoria.

• Repercusión

«El hombre que volvió de la muerte», emitida entre abril y junio de 1969, fue la miniserie que más fama y dolores de cabeza le acarreó a Ibáñez Menta. Con un rating colosal para la época (sus dos series iniciales, «El fantasma...» y «El muñeco...», datan de una época cuando no era tan habitual tener televisión en el living), «El hombre...» había sido escrita por Abel Santa Cruz plagiando la idea de «El conde de Montecristo» de Alejandro Dumas, y adaptándola al morbo personal de Narciso, un pionero del género «gore».

Era la historia de un pobre hombre, a punto de casarse, que termina en las manos de un médico inescrupuloso, un Frankenstein moderno, que usa su cuerpo para crear un autómata con partes de otros cadáveres. Cuando Elmer van Hess, ese pobre diablo ahora convertido en un monstruo, vuelve de la muerte (sólo conserva su cerebro), decide vengarse de cada una de las personas que contribuyeron a condenarlo.

Sus audacias, para la época, eran gigantescas: en un reportaje que le dio a dos periodistas de este diario en 1992,
Ibáñez Menta reveló por primera vez que la operación a corazón abierto que aparecía en la serie, y que en su momento se dijo era falsa, había sido real: «la grabamos en el Hospital Italiano, y hasta se nos desmayó un camarógrafo», recordó entonces. Desde luego, eso estaba totalmente prohibido.

Sus actores, conocedores de la obsesividad, detallismo y mal humor del « maestro», sabían que debían aceptar lo que fuera:
Alberto Argibay debió soportar la grabación de una escena en la que ratas, culebras y arañas auténticas le caminaban por el rostro, y Romualdo Quiroga hundirse durante varios minutos en un sótano anegado.

A lo largo de los tres meses que estuvo en el aire no dejaron de sucederse los obstáculos. En primer lugar, un abogado apellidado
Van Hess, querelló al canal para que dejaran de usar ese nombre. Luego Eduardo Rudy, su principal rival en la obra, sufrió un infarto que lo alejó de la grabación durante varios capítulos. Y en otra oportunidad, contra su voluntad y en una de las pocas ocasiones en que cedió a la presión del público, Ibáñez Menta se vio obligado a modificar un capítulo.

Ello ocurrió cuando se caracterizó como la falsa ama de llaves que secuestraba a los hijos de Mortensen (Rudy) y Erika (Fernanda
Mistral) para matarlos. El capítulo concluía con la imagen de su personaje, llevando a los chicos de la mano: durante toda la semana se sucedieron protestas, cartas de lectores a los diarios y hasta notas editoriales. Tal era la repercusión del ciclo. Finalmente, Santa Cruz convino con Ibáñez Menta en darle otra resolución.

Cada capítulo de
«El hombre que volvió de la muerte» era esperado con la ansiedad de un clásico de fútbol. Sobre el final, cuando se aproximaba el momento en el que Elmer Van Hess se quitaría la máscara egipcia para mostrar su rostro, quemado por el ácido, se desató una feroz persecución de los medios gráficos para obtener en exclusiva una foto que anticipara las facciones del monstruo. Fue imposible. Hubo que esperar el desenlace para que Elmer, ante la penúltima de sus víctimas y millones de televidentes, desnudara ese prodigio de látex retorcido, aterrorizado y romántico, hoy imposible de comprender por quienes están habituados a las rutinas digitales, todas iguales, de «Scream» o «Sé lo que hiciste el último verano».

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