17 de mayo 2004 - 00:00
Los clásicos que no vuelven de la muerte
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Sus audacias, para la época, eran gigantescas: en un reportaje que le dio a dos periodistas de este diario en 1992, Ibáñez Menta reveló por primera vez que la operación a corazón abierto que aparecía en la serie, y que en su momento se dijo era falsa, había sido real: «la grabamos en el Hospital Italiano, y hasta se nos desmayó un camarógrafo», recordó entonces. Desde luego, eso estaba totalmente prohibido.
Sus actores, conocedores de la obsesividad, detallismo y mal humor del « maestro», sabían que debían aceptar lo que fuera: Alberto Argibay debió soportar la grabación de una escena en la que ratas, culebras y arañas auténticas le caminaban por el rostro, y Romualdo Quiroga hundirse durante varios minutos en un sótano anegado.
A lo largo de los tres meses que estuvo en el aire no dejaron de sucederse los obstáculos. En primer lugar, un abogado apellidado Van Hess, querelló al canal para que dejaran de usar ese nombre. Luego Eduardo Rudy, su principal rival en la obra, sufrió un infarto que lo alejó de la grabación durante varios capítulos. Y en otra oportunidad, contra su voluntad y en una de las pocas ocasiones en que cedió a la presión del público, Ibáñez Menta se vio obligado a modificar un capítulo.
Ello ocurrió cuando se caracterizó como la falsa ama de llaves que secuestraba a los hijos de Mortensen (Rudy) y Erika (Fernanda Mistral) para matarlos. El capítulo concluía con la imagen de su personaje, llevando a los chicos de la mano: durante toda la semana se sucedieron protestas, cartas de lectores a los diarios y hasta notas editoriales. Tal era la repercusión del ciclo. Finalmente, Santa Cruz convino con Ibáñez Menta en darle otra resolución.
Cada capítulo de «El hombre que volvió de la muerte» era esperado con la ansiedad de un clásico de fútbol. Sobre el final, cuando se aproximaba el momento en el que Elmer Van Hess se quitaría la máscara egipcia para mostrar su rostro, quemado por el ácido, se desató una feroz persecución de los medios gráficos para obtener en exclusiva una foto que anticipara las facciones del monstruo. Fue imposible. Hubo que esperar el desenlace para que Elmer, ante la penúltima de sus víctimas y millones de televidentes, desnudara ese prodigio de látex retorcido, aterrorizado y romántico, hoy imposible de comprender por quienes están habituados a las rutinas digitales, todas iguales, de «Scream» o «Sé lo que hiciste el último verano».




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