2 de marzo 2005 - 00:00

Los intelectuales al servicio de monstruos

Mark Lilla, catedrático de la Universidad de Chicago, sostiene que algunos intelectuales que parecen muy serios en su disciplina dejan de serlo absolutamente cuando opinan sobre política y llegan a apoyar a tiranos.
Mark Lilla, catedrático de la Universidad de Chicago, sostiene que algunos intelectuales que parecen muy serios en su disciplina dejan de serlo absolutamente cuando opinan sobre política y llegan a apoyar a tiranos.
Barcelona - Platón estaba convencido de que Dioniso, el tirano de Siracusa, sería el gobernante ideal, y se instaló en su corte para influirle. Sin embargo, el monarca terminó vendiendo al ateniense como esclavo. Muchos años después, inaccesible al desaliento, regresó a Siracusa con el mismo propósito... y volvió a fracasar.

Esa anécdota le sirve a Mark Lilla, profesor de Pensamiento Social en la Universidad de Chicago, para ilustrar el síndrome del intelectual europeo en el siglo XX, empecinado, según él, en apoyar regímenes e ideologías totalitarios.

«Hay un tirano agazapado en todos nosotros»,
sostiene Lilla en su libro «Pensadores temerarios», que acaba de aparecer en España publicado por la editorial Debate, con prólogo del teórico liberal mexicano Enrique Krauze. En esa obra, a través de las semblanzas intelectuales de Martin Heidegger, Carl Schmitt, Walter Benjamin, Alexandre Kojève, Michel Foucault y Jacques Derrida, este discípulo de Daniel Bell muestra cómo estas «mentes privilegiadas» cayeron en la filotiranía hacia el nazismo, el estalinismo o incluso el integrismo islámico.

La tentación de un gran pensador, explica Lilla, es alejarse del mundo real, pretender cambiarlo de acuerdo con sus ideas, que llega a creer tan poderosas como para transformarlo todo por sí solas. «Si el intelectual -prosigue- dirige y controla esa fuerza, el impulso puede guiarlo hacia fines superiores. Si no, esa pasión puede llegar a dominarlo».

Lilla
encuentra un rasgo común en los pensadores analizados: «El rechazo radical de la filosofía política. Todos ellos negaban la posibilidad de una exploración racional de las opciones políticas de cada sociedad concreta». E incluso cuando se desilusionaron de sus respectivos tiranos, «continuaron rechazando la moderación política y los análisis equilibrados».

Si Martin Heidegger -que es observado desde la mirada de los filósofos Karl Jaspers y Hannah Arendt- y Carl Schmitt militaron en el partido nazi, y el primero delató a sus colegas judíos, los demás casos presentan matices dignos de ser tenidos en cuenta. Walter Benjamin mantuvo simplemente «un silencio culpable ante los juicios estalinistas de Moscú», aunque se acabó desengañando de la URSS; sin embargo, Lilla dice que «los elementos teológicos de su obra» le permitían coquetear con «la idea de redimir al mundo mediante un nuevo evangelio social».

El autor sigue la compleja trayectoria de Michel Foucault, desde un fuerte apoliticismo inicial hasta cuando, a finales de los setenta, «atendió los cantos de sirena de la experiencia límite» y aplaudió la revolución islamista de Jomeiny en Irán. Antes, la revuelta de mayo del 68 le había hecho creer que «la clase trabajadora podrá unirse con las masas no proletarias ( mujeres, presos, homosexuales, pacientes psiquiátricos) para crear una nueva y descentrada organización social».

No se escapa del bisturí el padre de la doctrina de la deconstrucción, Jacques Derrida, a pesar de que consiguió mantenerse distante de la política durante décadas convulsas. Sin embargo, Lilla lo califica de «más un actor que un lógico» y opina que su ultrarrelativismo conduce a la conclusión de que «el fascismo, el liberalismo, la ilustración o el socialismo son igualmente inaceptables».

Aparece también el aristócrata ruso Alexander Kojève, instalado en París, quien, además de experto en Hegel, fue un convencido defensor de la revolución china y de la URSS, y de cuyas tesis se encuentran ecos en «El fin de la historia» de Francis Fukuyama.

El ensayo, en fin, denuncia que muchos pensadores
«se parapetaron detrás de sus escritorios y desarrollaron interesantes y a veces brillantes ideas con las que explicar los sufrimientos de personas a las que nunca mirarían a los ojos», por lo que «cualquiera que hoy asuma la empresa de escribir una historia intelectual sincera del siglo XX en Europa necesitará un estómago verdaderamente fuerte».

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