4 de diciembre 2002 - 00:00

"Los porteños saben vivir en un medio multicultural"

Anna Kazumi Stahl
Anna Kazumi Stahl
Norteamericana, hija de un descendiente de alemanes y una japonesa, la narradora Anna Kazumi Stahl eligió residir en forma permanente en la Argentina. Doctorada en Literatura Comparada en la Universidad de California, hoy dicta clases en Buenos Aires, lugar que confiesa que la estimula por los desafíos que suponen vivir aquí. Luego de una elogiada colección de cuentos, acaba de publicar la novela «Flores de un solo día». Dialogamos con ella.

Periodista: ¿De qué trata «Flores de un solo día»?


Anna Kazumi Stahl:
Para mí lo más importante es la historia de Aimee y el enigma de su pasado. Ella no sabe por qué a los 10 años vino con su madre a la Argentina y perdieron contacto con los Estados Unidos, de donde procedían. Aimee armó una buena vida acá, tiene un buen pasar y dejó de preguntarse por su historia. Un día surge un motivo, un golpe de timbre que le dice: ¿querés saber? Esa oportunidad de abrir el pasado es para mí más importante que el que herede una fortuna. No es agradable saber, pero pensamos que es mejor saber que no. Aimee vacila y luego asume el desafío: va al encuentro de eso que no conoce y es parte de su identidad. El destino nos busca y uno lo busca, así creamos nuestra identidad. Todos tenemos derecho a terminar de completar el conocimiento de nuestro pasado, a acabar nuestro autorretrato. Aimee descubre muchas cosas, fundamentalmente los amores que llevaron a que pudiera existir y a tener la vida que tiene. Al final llega a saber mucho más de lo que sospechaba.

P.: Su obra tiene ese sello tan norteamericano de las novelas «on the road»: un motivo que hace al protagonista lanzarse a recorrer un camino donde encuentra su destino...


A.K.S.:
Es la idea de que uno debe salir de lo conocido, de lo familiar, para llegar a conocerse. Es fundamental el encuentro con lo diferente para ser uno. Esa idea norteamericana me ha marcado. Eso que marca Ballard como una obsesión que tenemos los norteamericanos de poder moverse y hacer cosas con el auto, el auto como una extensión de uno, lo viví mucho cuando era chica. Hacíamos muchos paseos en auto. Mi padre, que era de una zona rural, siempre nos llevaba de la ciudad al campo, a los pantanos, donde había casitas de gente muy pobre. Ibamos por rutas largas, pasábamos por lugares muy singulares para luego entrar en caminos rurales que llevan a apartarse de todo lo que es la ciudad con su tecnología y los modos de su comunidad. Allí, con esa otra gente, uno descubre lo que uno es a diferencia de. Además, nosotros éramos diferentes...

P.: ¿Diferentes por la mezcla japonesa, alemán, norteamericana?


A.K.S.:
Había mucha diferencia lingüística y cultural en la familia. Esa mezcla daba una sensación de identidad fragmentada y, a la vez, de mayor amplitud. La identidad siempre es múltiple, pero hay que poder saber dónde se está parado.

•Mezcla bien integrada

P.: El multiculturalismo que ofrece en su obra signó su vida...


A.K.S.:
En la novela lo quise explorar quitándole exotismo; cuando uno lo vive es normal, común, cotidiano, pedestre. El porteño vive la diferencia y la mezcla de esa forma. Es algo que uno lleva a cuestas; sorprende, agrada, desagrada, pero no resulta exótico, es lo que se da. Y aquí eso se da mucho. Una de las cosas que me gustan de vivir aquí es que la gente tiene un lindo vocabulario de la diferencia. Buenos Aires es una ciudad multicultural cuya mezcla está bien integrada. Esto no es negado, y eso es muy interesante.

P.: ¿Por qué hizo florista a su personaje?


A.K.S.:
Al comienzo no lo era, yo quería que trabajara con agua. A mí el mar, los ríos, en la novela me importan porque tienen muchos significados que me permitían mantenerme bien focalizada cuando la escribía. Remiten a un destino que uno no busca sino que es buscado por él. Aimee es convocada a descubrirse.

•Explorando lenguajes

P.: ¿Por esto da importancia al personaje de la madre?

A.K.S.:
Mucho de lo que Aimee descubre es lo que llevó adelante su madre con sus decisiones, con su voluntad. La madre es muda pero tiene una comunicación más pura que la de las palabras, que siempre distorsionan algo, que son débiles. Se comunica a través de gestos, miradas y flores. Me importaba que las flores fueran una forma de decir algo pero no definitivamente, cada día tiene su nuevo decir y eso es inagotable. Las palabras una vez dichas caen en decadencia, mientras que con las flores aún de un solo día hay algo más, algo nuevo.

P.: De allí el título de su novela...


A.K.S.:
Cuando puse ese título pensé que podía tener un toque melancólico, pero cuando ella hace flores todos los días, no es que se haya perdido el día anterior sino que agregó el día nuevo. Cada día es una nueva oportunidad, una nueva manera y una nueva expresión, un idioma de una enorme abundancia. Eso el resto de los personajes no logra vivirlo porque nosotros siempre estamos con la idea de la pérdida. La madre vive como un río, fluye. Su silencio está cargado de calidez y esperanza.

P.: Sus personajes quedan anclados en la Argentina, ¿usted también?


A.K.S.:
Yo tomé una decisión. Vine al comienzo por períodos cortos y Buenos Aires me fue convenciendo. Los proyectos que me podía armar aquí me iban satisfaciendo. Eran un desafío mayor de los que podía realizar en Estados Unidos. No hablo de niveles económicos o cosas materiales. Aquí sentí que podía hacer cosas de manera más creativa y sorprenderme a mí misma. No me identifico con «lo argentino» pero me alimenta muchísimo, quizá por lo diferente.

P.: ¿Qué la atrae de la Argentina?


A.K.S.:
La gente no tiene pelos en la lengua, es directa y expresiva. Las cosas impiden que uno quede estructurado, hay que tener cintura para vivir. Vengo de culturas muy estructuradas donde las cosas son previsibles y calculables, eso disminuye la vitalidad pero contribuye a la tranquilidad. A mí me gusta vivir acá, donde no puedo quedarme dormida y hay que hacer algo bueno a diario, eso me hace bien como escritora.

P..: Siente eso que Steiner llama extraterritorialidad, esa forma que ganó para su literatura el ruso Nabokov al escribir en inglés, o el irlandés Beckett al hacerlo en francés...

A.K.S.: Bueno, ellos son genios. Escribir en español ofrece una especie de estrechez con sensualidad donde todo se vuelve muy concreto. Cuando aprendía castellano las cosas se me volvían muy palpables. Al escribir en español veo todo con muchísima claridad pero tengo poco espacio retórico para moverme, pero es mejor.

P.: En español ya escribió su libro anterior, «Catástrofes naturales», que fue muy elogiado por la crítica...


A.K.S.:
Esa colección de cuentos es muy heterogénea pero en todos estaba explorando el uso de un idioma que me limitaba y, a la vez, reforzaba cosas que de no ser así se esconderían bajo el peso de una lengua más conocida por mí. La sencillez de mi lenguaje me ayudó mucho a armar historias con mejor economía.

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