Los vínculos familiares, con la mirada de una lupa feroz

Espectáculos

«Mujeres soñaron caballos». Texto y dir.: D. Veronese. Int: J. Anganuzzi, F. Llosa, O. Nuñez, S. Sabater y M. Subiotto y J.Vallina. (Teatro «El Callejón»). Esc.: D. Veronese. Luces: G. Arengo.

"No falta mucho para que la gente que se quiere de verdad y se respeta se golpee sin la mínima justificación". La frase pertenece a uno de los protagonistas de «Mujeres soñaron caballos» y sintetiza, en pocas palabras, una de las claves que iluminan a esta extraña e inquietante obra de Daniel Veronese, centrada básicamente en los vínculos familiares.

La acción tiene lugar en casa de Roger y Bettina, donde está a punto de iniciarse una cena a la que asisten Rainer e Iván (los dos hermanos de Roger) y sus respectivas mujeres, Ulrika y Lucera. Argumentalmente, la obra circula por temas tan ancestrales como las rivalidades fraternas y la necesidad de purgar los crímenes cometidos.

El ocultamiento y la falta de justicia corren el riesgo de destruir no sólo a la familia sino al cuerpo social, parece advertir el autor. La charla trivial y las referencias a la vida cotidiana de las tres parejas simulan un tono realista, pero enseguida se advierte un profundo resquebrajamiento de las apariencias, favorecido por la magnífica labor de todo el elenco.

Este demuestra estar lo suficientemente bien entrenado como para lograr que ese realismo típico de las historias familiares ingrese a un terreno mucho menos seguro, donde la credibilidad se mezcla con el extrañamiento.

La creciente violencia física que domina todas las acciones, sumada a la riesgosa cercanía de los actores, hace que la tensión se dispare hasta límites insospechados. La presencia de esos seres es intensa y se soporta con dificultad. Pero, por otro lado, la magia de la ficción permite que el espectador imagine sin esfuerzo el desolado y aterrador espacio que rodea a ese departamentito de clase de media, donde transcurre la acción.

Detrás de la puerta acechan pasillos oscuros a los que se lanzan temerariamente varios de los personajes. Sólo se los ve salir y entrar del reducido living- comedor, pero basta con escuchar lo que comentan de sus incursiones para imaginarlos dentro de una especie de circuito infernal.

Dureza

«Mujeres soñaron caballos» abunda en frases terribles y reveladoras que logran infiltrarse como si nada entre comentarios anodinos y episodios del pasado revividos a regañadientes y con el aire enrarecido de un sueño. La obra ofrece diversos niveles de lectura -no hay que olvidar que el director y dramaturgo Daniel Veronese (uno de los integrantes del Periférico de objetos) es dueño de un lenguaje dramático de rica simbología y textura poética.

Pero, más allá de algunos puntos oscuros (aquellos con los que un psicoanalista se daría un festín) y del esfuerzo que implica seguir una narración que avanza como a través de pequeñas piezas de rompecabezas, se trata de un material que interesa y conmueve sin pecar de hermético.

Como puestista,
Veronese logra una brillante articulación entre espacio, lenguaje dramático y expresión actoral. En pocas palabras, vuelve a confirmarse como uno de los creadores más valiosos y sorprendentes del teatro argentino.

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