Maldición que maravilla por lo visual (pero cansa algo)

Espectáculos

«La maldición de la flor dorada» («Man cheng jin dai hung jin jia/ Curse of the Golden Flower», China, 2006, habl. en mandarín). Dir.: Z. Yimou; Guión : W. Nan, B. Zhidong, Z. Yimou; Int.: Gong Li, Chow Yun-Fat, Chou Jai, Liu Ye.

Apabullante, en varios sentidos. Un poquito cansadora, también. Y con una sugerencia de actualidad, para quien quiera verla. Así es esta nueva película del excepcional Zhang Yimou, que no quedará como lo mejor de su filmografía, pero justifica el pago de la entrada a una buena sala, porque como espectáculo deja a cualquiera con la boca abierta.

Esplendor visual, preciosismo formal, exquisitez artística, tiene a raudales. Y drama, un drama de intrigas palaciegas y amores pervertidos que parece isabelino, pero es pura y enteramente chino (ya tratado, dicho sea de paso, en un dibujo animado japonés para adultos, pero eso es otra cosa).

El esplendor, y hasta cabe decir resplandor, luce desde la primera escena, y ahí mismo ya se presenta aquello que más nos admira y estremece: la estricta organización de la vida de cada habitante del palacio, la ostentación extrema, la inamovible rigidez del protocolo, el recitado de las horas y los deberes que todos deben acatar, los metros de seda, la transparencia de las coloridas y brillantes paredes de vidriería artística, o de las cortinas de finísima urdimbre, el espionaje que hay detrás de ellas. La emperatriz no puede tener secretos. La emperatriz está siendo públicamente envenenada. La emperatriz prepara un golpe de Estado. El emperador se limita a explicar el modo en que la familia imperial representa el orden terrestre, sujeto a su vez al orden celestial. Nada puede afectar esa representación. Y nada va a afectarlo, ya que después de la terrible masacre que veremos, todo ha de seguir exactamente en su lugar.

Y lo peor es que todo tiene una base falsa. El gran hombre es un arribista. Peor aún, para llegar adonde llegó ha hecho y hará cosas indecibles. Una de ellas, ni él la dice, ni nadie la menciona, pero la cara de espanto que ponen dos de sus parientes al comprenderla, lo dice todo. Y a partir de ahí, la masacre, en un crescendo que ha empezado un par de escenas antes y no cesará hasta el final, que es con fuegos artificiales, crisantemos nuevos, y sangre por todas partes.

Lo que vemos, ambientado hacia el 928 AC, en el llamado período de las cinco dinastías y los diez reinos, donde proliferaron episodios de esa clase, es apenas la versión actual de una leyenda. Y es, al mismo tiempo y de costado, un modo de sugerir también los mecanismos de ortodoxia, imposición, obsecuencia y alcahuetería que mantienen al actual régimen chino. Sólo que la película los pinta de modo fascinante.

No quedarán del todo satisfechos, sin embargo, los simples seguidores de la fantasía heroica, que aprecian los wujía como suerte de peplums orientales (para ellos hay pocas peleas), ni los que aborrecen la incorporación de «extras digitales» en las superproducciones de época ( encima dibujados por los mismos técnicos de recientes mamotretos hollywoodenses), ni aquellos que recuerden otra película de Yimou, que decía cosas parecidas pero ambientadas en los bajos fondos de los '20: «La reina de Shanghai». En todo caso, la protagonista es la misma, la excelente Gong Li, con su expresión de mujer endurecida y temerosa, ahora también luciendo sus primeras arrugas.

La mejor escena, de todos modos, está a cargo de dos secundarios, que en papel de esposos se encuentran de pronto perseguidos por una originalísima, terrible e interminable banda de ninjas voladores. En medio de la pelea, sin entender por qué quieren matarlos, el hombre le dice estupefacto a la mujer, que es otra ninja, «Tú debes estar ocultándome algo importante». Y morirá sin que ella se lo explique, pero defendiéndola.

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