Cuando la “mano de Dios” escribe otro “Amarcord”

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Paolo Sorrentino, director de "La grande bellezza", reconstruye episodios de su adolescencia con una mirada cautivante que va del grotesco a lo sublime

En “Fue la mano de Dios”, Maradona no sólo es el mejor futbolista del mundo (como lo define el director Paolo Sorrentino en el acápite del film) sino algo más: es el Gauchito Gil, la Madre María, el Milagrero que puede poner de cabeza una ciudad, como Nápoles, siempre postergada, hundida en la melancolía de sus canzonetas, amenazada permanentemente por la mafia y por el tráfico de droga. Y, por si todo esto fuera poco, por la erupción inesperada de sus célebres volcanes.

Nadie cree allí que Maradona vaya a jugar al Napoli, que el Barcelona se desprenda del genio; por eso, cuando se produce el milagro, todo cambia: hasta las aguas del famoso golfo sobre el Tirreno son más azules, hasta sus mujeres -como la espectacular zia Patrizia- más voluptuosas, hasta la esperanza más cercana. (El rechazo a esa esperanza fácil, se sabrá después, hará de Sorrentino un cineasta).

Atención, una advertencia para quienes busquen algo parecido a una biografía, o siquiera pantallazos del paso del “Diez” por el Napoli: “Fue la mano de Dios” no contiene nada de eso; Maradona es sólo el pretexto para que Sorrentino, el brillante realizador italiano de “La grande bellezza” y “Las consecuencias del amor”), reconstruya sus dolorosos años de adolescencia, los que pese a sus enormes pérdidas también tuvieron inolvidables revelaciones (por horrorosa y bizarra que fuera esa “noche de los dones”, como diría Borges, en que se hizo hombre) y no pocas felicidades, entre ellas, ver jugar a Maradona en el Napoli.

La prensa italiana definió en varias ocasiones a “Fue la mano de Dios” como el “Amarcord de Sorrentino”, y aunque algo de eso hay la comparación no es exacta. En su film, y pese a que en una escena de casting hasta se oye la voz de pajarito que tenía Fellini, que interviene sin ser visto en tal escena, los personajes no se corresponden con el cuasi grotesco, desmesurado trazo fantástico felliniano de “Amarcord”, sino con criaturas más terrenales, dominadas por las alegrías, las angustias y hasta las furias cotidianas en una ciudad sin límites como Nápoles, donde ni hasta los semáforos en luz roja se respetan. Dicho de otra forma, es como si esta película fuera “Amarcord” pero con los personajes de “Los inútiles”. Es decir, una familia y unos vecinos extravagantes, crueles, inocentes, que están a mitad de altura entre el Cielo y el Infierno. Entre las más pintorescas hay una antigua mujer de la nobleza, a quien califican como “más fea que Juan Pablo II”, que parece extraída de una película de Visconti e intercalada en “Feos, sucios y malos” de Scola.

Esa desmesura de Nápoles también está contagiada, por supuesto, por su mística, de allí que no podía haber ciudad más apropiada en el mundo donde arraigara tanto el fenómeno de Maradona como Gauchito Gil, y eso Sorrentino lo explica de manera magistral.

En el famoso primer gol a los ingleses en 1986, que todo un barrio celebra desde sus balcones como si se tratara de un gol del seleccionado de Italia (esos mismos balcones donde, antes, Sophia Loren tendía las sábanas a secar). un personaje habla de “la mano de Dios” antes de que lo hiciera el propio jugador. Y agrega: “Argentina tenía que humillar a los ingleses por lo de Malvinas. La mano de Dios lo hizo”. Es el mismo personaje que, no mucho después, volverá a usar esa expresión para explicar porqué Fabietto (Filippo Scotti), el adolescente protagonista del film y alter ego de Sorrentino, logra salvar su vida. En notas previas el director ha contado este trágico episodio, pero por si el lector no lo conoce no nos extenderemos aquí sobre él.

Toni Servillo, infaltable en los films de Sorrentino, interpreta magistralmente al padre, y se entrega con la misma ambigüedad a las escenas más mordaces y más tiernas.

“Fue la mano de Dios” (È stata la mano di Dio”, Italia, 2021). Dir.: P. Sorrentino. Int.: F. Scotti, T. Servillo, L. Ranieri (Netflix)

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