Guillermo Fernández es uno de los puntales de una puesta que al «dramatizar» más «María de Buenos Aires», desnaturaliza el criterio original, más sostenido en lo sonoro que en lo teatral.
«María de Buenos Aires» de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. Int: Guillermo Fernández, Julia Zenko, H. Ferrer, Néstor Marconi, José Carli y elenco. Coreografía: Oscar Araiz. Dir. Gral.: Marcelo Lombardero. (Teatro Nacional Cervantes, de jueves a domingos.)
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Los '60 y los '70 fueron años en que la música popular quiso acercarse a la clásica. Y uno de los caminos que eligió fue el de la «ópera rock»; aunque, en rigor, muchas de las obras resultantes estuvieron más cerca del oratorio que del drama musical europeo. En ese contexto deberíamos pensar el deseo de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer de realizar una «operita» que se llamaría «María de Buenos Aires».
Este oratorio se concretó con un trabajoso estreno en el teatro Planeta en 1968. Los autores tuvieron muchas dificultades para ponerlo en escena y hasta debieron arriesgar sus propios patrimonios. Y el resultado fue una buena aceptación por parte de prensa y público piazzolleanos y una frialdad posterior que prácticamente lo dejó en el olvido. Es bien conocido -y festejado- el resto del trabajo conjunto de la dupla Piazzolla-Ferrer -que tuvo, como la operita, la voz de Amelita Baltar como vehículo-. Pero este trabajo sólo quedó en su versión grabada -además, con algunos números extirpados- en un doble LP que se conserva en las discotecas de los coleccionistas. Debieron pasar muchos años para que el violinista letonio Gidon Kremer se decidiera, a mediados de los '90, a hacer su propia versión. Desde entonces, tampoco han sido tantas las puestas argentinas y ninguna, como esta que ahora se está dando en el reabierto Teatro Nacional Cervantes, había tenido una puesta teatral y coreográfica semejante.
A riesgo de irritar a piazzolleanos fanáticos, «María de Buenos Aires» no está entre lo mejor de la producción del genial marplatense. La obra tiene momentos sublimes -la canción central de María, la muy conocida «Fuga y misterio», el «Allegro tangabile»-. Pero, la megaforma nunca ha sido uno de los fuertes del bandoneonista y, además, en el conjunto se pierde en una confusión argumental que ni siquiera una puesta como la que ahora dirigió Marcelo Lombardero ha logrado subsanar.En este sentido, podría ser materia de discusión si esta intención de « dramatizar» aún más la obra -con bailarines que se mueven durante movimientos antes sólo instrumentales, con vestuarios y puestas en escena- hubiera sido del gusto de Piazzolla; aunque está claro que sí lo es del de su guionista Horacio Ferrer que forma parte, como en todas las puestas, del elenco.
Es verdad que le aporta movimiento y entretenimiento visual y que, en parte, ayuda a comprender la entramada historia; pero también lo es que desnaturaliza el criterio original, muchísimo más austero y más sostenido en lo sonoro que en lo teatral. Por lo demás, Ferrer da como siempre con el tono justo en su papel del narrador.
Julia Zenko cumple con su papel de María, más desde la perfección técnica que desde la emoción, quizá por exceso de marcación. Guillermo Fernández es, en cambio, uno de los platos fuertes de esta versión. Lo mismo que el grupo musical dirigido por José Carli/Néstor Marconi en el que, curiosamente, está el flautista Arturo Schneider que ya había participado del estreno de 1968, y de Pablo Agri, hijo del desaparecido Antonio Agri que fue el primer violín en la versión del teatro Planeta.
Dejá tu comentario