Robert Rodríguez, realizador y montajista, su mujer la productora Elizabeth Avellan, su amigo Antonio Banderas, y otros cuantos amigotes ( Mike Hodge, creador de «Beavis & Butthead», el músico Danny Elfman, el petiso Cheech Marin, de la vieja dupla Cheech & Chong, la arruga viviente Danny Trejo, etcétera), parecen haberse divertido bastante con su nuevo negocio: una comedia de acción donde dos niños bastante feos descubren que sus hermosos padres son espías internacionales.
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«No pueden ser espías. No son tan listos», dicen los chicos. Pero muy poco antes, su rubia y tierna madre había declarado «Quiero salvar el mundo». «¿Otra vez?», respondió el padre, y como buen marido, para darle el gusto, la sacó en el auto anfibio ultraequipado que tenían en el garaje, pero enseguida cayeron en poder de los malos, y ahora sus niños deben volar a rescatarlos. Volar, literalmente, porque para eso sirven las mochilas escolares, o algo por el estilo.
En pocas palabras, esta película reúne alegremente varios elementos de las películas de James Bond y de las andanzas del inspector Gadget y sus sobrinos (lástima que falta el perro), los mezcla con un colorinche programa televisivo y unos monstruosos muñecotes, los sazona con pintorescos y mejor coloreados escenarios de un castillo a la Gaudí y unas casitas latinoamerican style, y pone en manos infantiles no sólo un juego de héroes, sino también un montón de chiches, y hasta una valija con billetes de todo tipo, incluyendo los argentinos de dos pesos.
El resultado (que no salió dos pesos, precisamente) amenaza con abundante merchandising, y con una segunda parte, ya en rodaje, al mismo tiempo que publicita el espíritu latino y la unión familiar, una misión difícil como pocas, y de muy inestables resultados, como cualquiera sabe. «No dije que vivieron felices para siempre», masculla la madre por ahí, aunque pare-ciera que no tiene de qué quejarse. En suma, se pasa el rato.
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