"MEMENTO"

Espectáculos

«Memento» (id., EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: C. Nolan. Int.: G. Pearce, J. Pantoliano, C. A. Moss, S. Tobolowsky y otros.

" Memento", un relato policial que se vale de una hipótesis fantástica, es una película fuera de lo común. La hipótesis fantástica postula la historia de un hombre, Leonard Shelby, ex investigador en una compañía de seguros, que sólo puede recordar su vida hasta el momento en que sufre un episodio traumático (un golpe en la cabeza, imágenes del asesinato de su mujer); desde entonces vive en un presente casi total porque su memoria apenas se remonta a lo que le ocurre unos instantes previos. Todo el resto es olvido.

La clínica denomina a esa enfermedad «pérdida de memoria del corto plazo», aunque el film sólo la emplea a los fines fantásticos: «Memento» no es una historia de vida sino la vida de una historia en la que un hombre, incapaz de generar recuerdos nuevos y hasta de distinguir los verdaderos de los falsos, quiere vengar una muerte, y para ello debe apoyarse en sustitutos de esos recuerdos que lo ayuden a guiar sus procedimientos: apuntes en papeles, escritos en las paredes y en su propio cuerpo, fotografías polaroid.

Leonard, en esas circunstancias, no sólo es víctima fácil de las presumibles huellas erróneas que su fragmentada memoria le produzca sino, sobre todo, de la eventual manipulación que el resto de los personajes, complicados en una trama que nada tiene que ver con su propia misión, pueda hacer con él: un traficante de droga, un «dealer» menor, un policía encubierto, la moza de un bar. Para ellos, Leonard es sólo el patético «Mr. Memory» (hitchcockiano apodo), cuya obsesión de venganza les puede ser muy útil.

Sin embargo, la excentricidad de esta película no reside en la inquietante comunión entre lo fantástico y lo policial sino en su modo de narración:
«Memento» está contada en sentido cronológicamente inverso, mediante piezas de relato que, en ocasiones, no llegan a superar los cinco minutos, y recorrida a su vez por una narración complementaria (con escenas en blanco y negro de Shelby en un motel), que responde a otro orden temporal.

¿Complicada? Sin duda. Pero apasionante como pocas otras películas de los últimos años, aun para los más memoriosos (a diferencia del pobre Leonard). Su artificio de «relato a la inversa» no es un recurso gratuito sino la ingeniosa deconstrucción de un género: a su término, el espectador podría llegar a aceptar que, en las tramas policiales, todo desenlace puede ser trivial, y que los móviles son lo auténticamente interesante y sorpresivo. Casi como en el strip tease según
Roland Barthes, cuando escribió que la simple esperanza de ver el sexo (que son, más o menos, todos iguales) suspendía, o desdeñaba, la mirada sobre la mujer completa.

En los Estados Unidos, esta película de bajísimo presupuesto y actores maravillosos (
Guy Pearce, coprotagonista con Russell Crowe de «Los Angeles al desnudo»; Carrie Ann Moss, de «The Matrix», y el estupendo Joe Pantoliano, como el policía) produjo un fervor inusitado, a escala no hollywoodense desde ya, al igual que una gran cantidad de artículos que se explayaron sobre la originalidad de su inventiva. No obstante, para el espectador argentino, y sobre todo para el lector argentino, esa originalidad (un valor quizá sobrevaluado) es relativa.

Parientes

Leonard Shelby es pariente de dos personajes clave de la narrativa fantástica criolla: la contracara del Irineo Funes de Borges, un hombre cuyo calvario consistía en recordar absolutamente todo, y el hermano gemelo del herrero Cósimo Schmitz de Macedonio Fernández, personaje sin pasado ni futuro en «Cirugía psíquica de extirpación», un cuento que, además, también está narrado en sentido cronológicamente inverso.

«
El respetable Tribunal» escribe el gran Macedonio « me observa que mal puedo controvertir el orden e idoneidad de sus considerandos, cuando yo presento la más enrevesada serie narrativa y digo lo primero a lo último y lo último al principio. Admito: ¿pero no se advierte que la técnica de narrar a tiempo contrario, cambiando el orden de las piezas de tiempo que configuran mi relato, despertará en el lector una lúcida confusión?». La lúcida confusión a la que se refería Macedonio consiste en descubrir, sólo al final, que el crimen por el que había de ser ejecutado Cósimo Schmitz, confeso autor del asesinato de su familia, no era otra cosa que un recuerdo falso, implantado. Uno de los muchos pasados posibles a los que podía optar el inocente herrero.

No es eso lo que ocurre en
«Memento»: su intriga tiene otras complejidades y otro tipo de culpas que redimir o vengar, y además una reseña periodística no cometería el pecado de revelar el final (en este caso, el principio) de una película, aunque indudablemente el territorio de los hermanos Nolan ( Christopher el director, Jonathan el guionista y autor del cuento) no le es ajeno al que ya exploraron Borges y Macedonio más de 60 años atrás.

Macedonio
se esperanzaba con un lector desmemoriado que leyera infinitamente su mismo cuento, con igual sentimiento de felicidad y sorpresa. «Memento» invita al espectador a verla más de una vez: no porque la olvide (en todo caso, para tratar de olvidar lo que pasa fuera del cine), sino para volver a recorrer su desafío con más armas, para cerciorarse de la dirección correcta que desafían algunas de sus deliberadas pistas falsas, o para descubrir una sutilísima escena subliminal que hay casi sobre el desenlace.

Por fin, una película inteligente que honra la inteligencia del público, en épocas en que ese verbo parece haber caído en desuso.

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