«Ciclo de conciertos populares». Actuación de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Gerardo Gandini. Artista invitado: Memphis la Blusera. Obras de Wagner, Camps, Tchaikovsky y Otero-Beiserman. (Teatro Colón, 19 de mayo).
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Más allá de las expectativas que genera, especialmente en una parte importante del público que nunca antes había pisado el Teatro Colón y que es fanático del artista popular de turno, suele ser muy poco lo que aportan este tipo de reuniones entre una orquesta sinfónica y una banda pop.
Aunque el programa dijera lo contrario, el invitado fue, en este caso, la Orquesta Sinfónica Nacional y su subordinación fue tan absoluta que en esa segunda parte que tuvo a Memphis la Blusera como «invitado», su lugar quedó en un lejano último plano. El concierto había empezado con la Sinfónica haciendo su juego: una débil versión de la imponente obertura de la ópera «Los maestros cantores de Nürenberg» de Richard Wagner, la suite «Ragtime, Op. 69» del argentino Pompeyo Camps, y la vivaz interpretación de la suite del ballet «El Cascanueces» de Piotr Ilich Tchaikovsky, que llevó al público menos conocedor de los códigos a aplaudir entre danza y danza.
Pero seguramente, eran muy pocos los que habían ido interesados por escuchar esta primera parte. Con un teatro lleno hasta en los pasillos, se notó el cambio de actitud de la gente -que pagó $50 por las mejores plateas-cuando, desde el foso del teatro, ingresaron el cantante Adrián Otero y el resto de los Memphis. Entonces, la banda de Mataderos se adueñó del concierto.
Hicieron un recital prácticamente completo de 15 temas entre los que hubo varios de su más reciente disco «Angelitos culones» y clásicos de su repertorio como «La bifurcada», «Moscato, pizza y fainá» o «La flor más bella». Los arreglos orquestales corrieron por cuenta de Carlos Cutaia, un ex roquero reconvertido en músico publicitario que, en la mayoría de las canciones, se limitó a duplicar, sobre todo con las cuerdas, las líneas de los instrumentos de la banda.
En ese contexto, la orquesta con su director Gerardo Gandini, a quien jamás miraron los integrantes del grupo «invitado», se limitó a seguir los mandatos sonoros de los Memphis. Tanto, que hasta las entradas fueron marcadas por el baterista Marcelo Mira en lugar de Gandini.
La Sinfónica apenas apareció en el solo de violín del concertino Luis Roggero en «Estepario», en el acompañamiento de cuerdas de «La colmena», o en los metales y maderas de «Montón de nada». En el resto, le cupo un deslucido papel secundario que sólo puede justificarse en la necesidad de recaudar unos pesos extra.
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