2 de agosto 2005 - 00:00

Mignogna: el viaje a la gran ciudad

EduardoMignogna:«Me atraen laparquedad yla dignidadque llevandentro deellas algunaspersonasgrandes,como de otraépoca, y fuelo que quiseplasmar en‘El viento’».
Eduardo Mignogna: «Me atraen la parquedad y la dignidad que llevan dentro de ellas algunas personas grandes, como de otra época, y fue lo que quise plasmar en ‘El viento’».
Ugarteche casi Cerviño. Termina el ascensor, siguen dos tramos más por escalera. Ahí, desde donde puede contemplar el atardecer sobre los departamentos vecinos, Eduardo Mignogna tiene su estudio. Pero no por eso mira desde arriba, ni siquiera a sus propios personajes. «Hay dos cosas de ellos que yo mismo no sé: cómo ha sido la relación entre padre e hija, y cómo sigue la historia».

Se refiere a su última película, «El viento», donde a la muerte de su hija un hombre de campo viaja por primera vez a la gran ciudad, para confesarle algunas cosas a su nieta, una médica apartada de la familia.

Periodista
: Usted parece muy amplio. En los últimos años, hizo tanto una comedia con Norma Aleandro y Natalia Oreiro como un documental con los cartoneros de Villa Itatí.

Eduardo Mignogna: Ese fue un trabajo televisivo, por el cual, como honorarios míos y de todo el equipo, conseguimos que Telefé donara un camión para la cooperativa de la villa. Hay algo más: con los muchachitos de ahí mismo, que entretanto habían aprendido a manejar las cámaras, nos propusimos participar en el Programa Nacional de Alfabetización y Educación Básica para Jóvenes y Adultos, donde también participa Fontanarrosa con sus dibujos. E hicimos 42 videos, que se dieron por «Canal 7» y ahora los están usando unos 5000 alfabetizadores en todo el país. Las clases son muy lindas, muy emocionantes, porque primero el analfabeto debe vencer la vergüenza, le cuesta mucho reconocer su condición, que hasta ese momento ha tratado de disimular. Cuando vence la resistencia, y cuenta lo que padece siendo analfabeto, se quiebra él, se quiebra usted, se quiebra el cameraman. Y tiempo después es otra emoción, cuando lo ve escribiendo una carta, al hijo por ejemplo, y te dice «ahora quiero seguir estudiando».


P.:
Por casualidad, ¿hay alguna relación con el personaje de su nueva película?

E.M.: Es coincidente. Es muy probable. Me atraen la parquedad, la dignidad, y el peso que llevan dentro de ellas algunas personas grandes, que son como de otra época. En realidad, «El viento» junta dos vertientes: el hombre adusto que reclama un castigo por algo que solo él conoce, y los secretos que condicionan los afectos dentro de una familia. Cuando empecé a escribirlo sentí que sería de pocos personajes, un relato ascético, descarnado, como mi primera novela, «Cuatrocasas», y con algunos huecos y silencios que el espectador debería completar.Afortunadamente tuve como intérpretes a Antonella Costa y Federico Luppi.


P.:
¿Escribió el guión pensando en ellos?

E.M.: Por formación literaria, nunca escribo pensando en un determinado actor. Pero acá pensé en Luppi. Me habría costado muchísimo hacer la película con otro. Recuerdo que junto con el guión, para que supiera lo que le esperaba, le mandé una foto antigua, de un galés de la Patagonia sentado a la puerta de su casa, con el pelo blanco mal cortado, porque se lo cortaban ellos mismos. Federico vino al rodaje elegante como siempre, de barba bien recortada, y pelo largo bien cuidado. Esperaba mantener esa figura. Le dije que no. Y lo dejamos como el galés de la foto. Mucchia, el peluquero de la producción, le iba cortando el pelo, y él ya iba dejando caer los hombros, ya iba dejando entrar a su personaje. ¡Cómo se quiebra Federico cuando suelta la carga! En el rodaje nadie esperaba semejante actuación. El trabajó toda la película con esa carga. Su personaje no podía permitirse tocar a la nieta, expresarle ningún afecto, hasta no dejar las cosas en claro. Bien a la antigua. Para esa escena yo le había propuesto no hacer ningún ensayo previo. El fue con todo adentro. Y fue toma única. Yo lo miraba, y miraba a los técnicos detrás suyo, lagrimeando. Y ellos miraban lagrimear al actor que le estaba dando la referencia.


P.:
¿El actor que hace de comisario?

E.M.: Sí, el padre de Julieta Díaz, Ricardo Díaz Mourelle. Los españoles («El viento» ya se estrenó en España) lo destacaron mucho, les admiraba la actitud piadosa que su personaje toma como juez, porque en cierta forma el protagonista acude a él confundiendo la policía con la justicia. Un concepto de antes.

P.: A propósito. Cuando usted anticipó esta película en el Festival de Pinamar, mencionó también dos coincidencias con su actor. Usted dijo «nos gusta la comida, y andamos con el cuchillito encima».

E.M.: Es esa cosa italiana de la gente de campo. Yo también tengo mi familia en Cardales, y llevo mi propio cuchillo. Un día Federico me trajo uno. Cuando me lo dio, le di dos pesos, respetando la tradición. Si te quieren regalar algo con filo, debe comprarlo, simbólicamente, porque sino se corta la amistad.


P.:
Lo que usted cortó acá fue su racha de grandes producciones.

E.M.: Las historias corales, como «El faro» y «La fuga», se cobran un alto precio: la dispersión. Después los españoles querían hacer una miniserie con «La fuga», pero ya la escritura de «El viento», y sobre todo su núcleo dramático, me estaban llevando a hacer una de esas películas llamadas chicas. Esa era la decisión estética que correspondía a la ética del relato. Hablé con el director de fotografía, Marcelo Camorino, y decidimos hacerla en 16 mm. Reduje a seis el plan de ocho semanas de rodaje. Moderamos la intención de venta.Acá decidí salir solo con 25 copias. No soy desagradecido con mis anteriores productores, al contrario, pero para este caso me constituí en independiente.Y me sentí muy bien.Además fue un rodaje preciso. Siempre, en toda película, hay que editar una media hora. Nosotros no necesitamos dejar afuera ni una escena.


Entrevista de Paraná Sendrós

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