27 de agosto 2001 - 00:00
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Roberto Castro.
P.: ¿Cómo es «Mockinpott, vista desde hoy»?
R.C.: Es una obra que tiene lo que yo calificaría de una ingenuidad feroz. Fue escrita en el '68. Uno dice '68 y de inmediato piensa en el Mayo francés. En ese momento Weiss escribe una obra teatral que tiene una peripecia absolutamente cristalina, con una vuelta de tuerca irónica final, que cada uno puede inter-pretar a su modo, realmente brillante. Weiss es un admirador de Brecht y la obra tiene mucho que ver con el estilo político-pedagógico del autor de «Galileo Galilei».
P.: ¿Quién es el héroe aquí?
R.C.: Es un personaje anónimo, por el que el autor tiene una gran piedad. El protagonista padece un verdadero calvario. No se trata de un revolucionario ni de un político, sino de un ciudadano absolutamente común, que cree en los valores establecidos, que paga sus impuestos, y que por una situación absolutamente incomprensible para él es puesto preso. A partir de ahí vive mil desventuras. Tiene que resolver sus problemas y, al mismo tiempo, no entiende por qué está encarcelado. Esto no hace que se convierta en un hombre de conciencia, pero debe enfrentar diversas etapas hasta tener que enfrentarse con El Supremo, ser que tendría explicación para los padecimientos del ser humano. Es un hombre que cree en el sistema y termina siendo expulsado por el mismo sistema. Y cree tanto en él que finalmente considera que todo su problema se debió a que tenía una piedra en el zapato.
Elección
P.: ¿Cómo eligió esta obra estrenada hace más de 30 años?
R.C.: Fue una búsqueda de ese grupo de actores que quería hacer una experiencia conmigo. Llegamos a este texto, que yo tenía olvidado. Me pareció estupendo y vigente, actual, sobre todo por esa ingenuidad feroz para el tratamiento de una problemática en el fondo política y filosófica...
P.: ¿Trabajó la obra tal como era o realizó cambios?
R.C.: Hice una versión. La obra no está tal cual, aunque no puse una sola coma. Pero sí eliminé toda una parte que tiene que ver con dos ángeles que van acompañando a Mockinpott en sus intentos de resolver sus problemas. Me pareció que eso no hacía falta o, por lo menos, que no lo necesitaba ese costado de la obra. Traté de trabajar en base a los comentarios que hace Weiss de que hay un actor que hace dos o tres personajes. Da lo mismo que un actor haga prime-ro el alguacil, luego el abogado y más tarde el médico porque esencialmente van significando lo mismo. Sí es un desafío para los actores que tienen que elaborar dos o tres personajes.
P.: ¿Eliminar a los ángeles no hace perder a la obra su carácter religioso?
R.C.: No, porque queda ese último hito en que Mockinpott debe enfrentar a El Supremo para saber si tiene una respuesta a su calvario. Los ángeles son auxiliares de esa última escena, van empujando al protagonista para que alcance esa etapa final. Y como en la obra es el personaje de Pepino el que arrastra a Mockinpott, me pareció dramáticamente suficiente y que no eran necesarios los ángeles.
P.: Resulta obvio el parentesco con «El Proceso» de Kafka...
R.C.: Hay algo kafkiano en la búsqueda de la explicación de por qué le pasa lo que le pasa, y no recibe ninguna. Kafka supo adelantarse a lo que luego ocurrió en la realidad.
P.: En el caso de Weiss, se convierte en un clásico del siglo XX con su obra «Marat-Sade».
R.C.: Es su obra suprema, pero Weiss es, además, uno de los pocos narradores que escribe teatro, cuentos y novelas breves muy bien, como «La sombra del cuerpo del cochero», y además de eso es artista plástico y cineasta.
P.: Ese conjunto de capacidades estableció un estilo Weiss, ¿cómo manejó usted esa estética?
R.C.: Hay una cierta apuesta estética, un cierto lenguaje familiar con el cine mudo, que me parece que funciona muy bien porque los personajes son arquetipos. Así los veía Weiss pero, al mismo tiempo, reclamaba que fueran creíbles, orgánicos y se puedan seguir sus percances.
P.: ¿Cuánta gente trabaja en la obra?
R.C.: Cinco actores, Manuel Longeira, Viyu Giordano, Darío Guersenzaig, Pablo Mariuzzi y Emiliano Mazzeo.
P.: ¿Como avizora el III Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires donde participarán?
R.C.: Me parece estupendo que tenga continuidad que es lo que en este país cuesta muchísimo. Hace rato, mucho antes de que haya empezado, que Buenos Aires debía tener, se merecía, un Festival Internacional. Quizá el Festival caiga en un momento muy difícil para todos, pero hay que sostenerlo, mantenerlo y que cada dos años se haga sin ninguna duda. Es insólito, como le decía al principio. Yo mismo inauguré una sala, El Portón de Sánchez. Quienes las abren saben que no van a poder vivir de eso, y sin embargo, ahí están y seguro van a ir apareciendo otras. El Festival nos sirve como estímulo. Si echo una mirada al pasado, estoy agradecido de poder haber visto aquí, aún mucho antes de los festivales, a Kantor, a Pina Baush, a Peter Brook, al Berliner Ensamble.




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