Durante los meses de pandemia, el trabajo de las instituciones culturales para trasladar las actividades presenciales al universo virtual ha sido arduo. En esa tarea, el Museo Moderno de Buenos Aires lleva la delantera. Desde el 6 de abril, cuando se inauguró el programa #MuseoModernoEnCasa, hasta hoy, conquistó 6 millones de seguidores y figura entre las instituciones más visitadas del mundo. Allí se difunden contenidos para un público amplio: docentes, familias, adultos mayores, pacientes en hospitales, niños alejados y cercanos a sus escuelas y la comunidad artística en general. Con el objetivo de ofrecer lo mejor del museo a la sociedad, trabajan curadores, educadores, editores, productores, comunicadores e investigadores, junto a 200 artistas de todo el país. Desde Supervielle consolidan un apoyo que ya es histórico con el Ciclo de Arte Contemporáneo Argentino. Mientras la Asociación Amigos, con programas especiales desde el exterior, reforzó esta ayuda y abrió las puertas de los talleres de varios artistas locales y otros que residen en el extranjero.
Moderno: un "fantasma" que nació sin sede y generó obras audaces
La consigna de uno de sus primeros directores, que impulsó a crear por fuera de los géneros tradicionales de pintura y escultura, incentivó la producción experimental entre los artistas.
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Diana Aisenberg. Instalación en el Moderno, una cortina y una columna cubierta por un manto de objetos.
La semana pasada, a través de un zoom, las conductoras Gabriela Gugliottella, a cargo de instituciones educativas, Helena Raspo, coordinadora de gestión de colecciones del Moderno, y Ariadna González Naya, curadora de la colección Supervielle, presentaron el quinto capítulo de los encuentros del Ciclo de Arte Contemporáneo. Se recordó la historia del Museo llamado “fantasma” desde su fundación, en 1956, porque no tenía sede y su director, Rafael Squirru, exhibía su patrimonio en la calle o, incluso, en un barco. Luego, a partir de esta historia conocida, se analizó la idea del crítico y posterior director del Museo, Hugo Parpagnoli. Para una muestra especial, les pidió a los artistas que realizaran las obras dejando de lado el género de la pintura o la escultura. De este modo logró no sólo despertar el carácter experimental sino además la incorporación del objeto como obra de arte.
Justamente, la instalación de Diana Aisenberg en el Moderno, una inmensa cortina y una columna cubierta por un manto de brillantes y resplandecientes objetos, eleva la categoría de sus piezas de bijoux. La exhibición deriva de la “Economía de Cristal”, un proyecto colectivo que surgió hace unos años y consiste en reunir joyas de fantasía en desuso, chucherías, donaciones que recolecta en talleres de artistas del mundo entero. Con este “tesoro” de fábula se dedica a enhebrar historias con sus discípulos, centenares de líneas colgantes de bijoux. Hoy, la demanda continúa y el proyecto crece. Las coloridas cataratas configuran un zaguán frente a las grandes puertas vidriadas que se abren al patio interior. “Aisenberg, como docente, es un personaje ineludible para los artistas desde hace décadas hasta hoy”, señalan las conferencistas. Una de las virtudes que destacan los jóvenes acerca de la educadora es el método para la construcción colectiva, el trabajo participativo. Y agregan la modalidad de sus clases, porque los ayuda a definir qué es ser artistas. “En vez de preguntar ¿qué es el arte?, plantea ¿cuándo hay arte?”. Entretanto, las figuras juguetonas de Cotelito aparecen sobre las paredes de la cafetería y la librería del Moderno. “Sus extrañas figuras flotan en el espacio, entre las enredaderas de un mundo fantástico”.
Para cerrar la tarde, se mostraron imágenes de la performance presentada en la calle San Juan, “Mi vereda” se llamaba el montaje de obras de Valeria Vilar y Zoe Di Rienzo. Pero el más intenso fue un tributo a los trabajadores de la limpieza de Verónica Meloni. Mirados desde lo alto, los performers barrían la tierra y construían con ella, frases significativas, como “Valora mi trabajo”.




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