«Moscú sobre hielo». Idea y direc. gral.: E. Kaniucki. Direc. ejec.: L. Vakhitova. Coord. Moscú: V. Retsova. Coreog.: I. Shapovalov. Vest.: R. Zafina. Directores: S. Zuyagin y D. Sichinava. En el Luna Park.
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C omo sucede en los relatos infantiles, casi siempre se sabe cómo se desarrollan las historias y cómo concluyen pero nadie se resiste a volver a escucharlos. Es la fascinación que ejerce la narración tradicional, atravesada por la magia y los seres extraordinarios, lo que invita a oírla siempre una vez más. Aunque se sepa como termina todo.
Algo parecido sucede con los espectáculos de patinaje sobre hielo como el que acaba de desembarcar en el Luna Park, el hábitat natural, y que se titula «Moscú sobre hielo», que si bien similar a muchos de ellos provenientes de los Estados Unidos o Amsterdam, siempre resulta placentero volver a disfrutar con actitud naif. «Moscú sobre hielo» divide su amplio escenario en dos: un plano superior donde acciona una magnífica troupe de clowns y la pista helada donde los artistas deportistas se deslizan con sus patines y con los cuales los clowns interactúan. Sketches a cargo de una veintena de estupendos payasos que cultivan distintos estilos y utilizan disímiles recursos y gags se alternan con los cuadros coreográficos interpretados por una excelente compañíade patinadores, que se lucenen espectaculares «solos» (esos que deslumbran por su virtuosismo y amplio sentido acrobático), con otros de conjunto en los que se hace hincapié no sólo en la simetría de las danzas deslizantes sino también en la gracia, la elegancia, el sentido plástico y la habilidad más allá del sentido artístico que ostentan algunos números.
Como el origen de la compañía es Moscú, su esencia es la economía de recursos técnicos en lugar de una espectacularidad, a veces muy exterior, acostumbrada en las troupes norteamericanas, lo que no significa que «Moscú sobre hielo» no brille con una estética refinada u exquisita, pero sin gratuita ostentación. Tchaikovsky recurrentemente utilizado para acompañar los trazados coreográficos, Rossini y Gounod son citados en el cuadro dedicado a ilustrar «La Cenicienta», aunque también el tango, el jazz y el folklore ruso configuran la ilustración sonora del despliegue visual.
Hay un cuadro de clowns que llega al finalizar que por su belleza y espíritu poético justifica todo el show y se titula «Los paraguas». Arte superior producto de la actuación sensible, lírica y de grácil humor de un grupo de payasos inolvidables.
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