Mujeres en series sobre casos reales

Espectáculos

Tres buenas opciones que ofrece en estos días el streaming para ver en tiempos de cuarentena.

Coinciden en Netflix tres series inspiradas en casos reales. La primera es la muy buena “Poco ortodoxa”, de origen israelí y de tan sólo cuatro capítulos de 50 minutos. Inspirada en la novela homónima de Deborah Feldman que está basada en su propia historia, la protagonista Esther Shapiro (Shira Haas), está sumida en un matrimonio infeliz, a su vez inserto en una comunidad jasídica satmer de Brooklyn. Su objetivo es escapar de los mandatos impuestos, lo que supone llevar adelante un hogar, criar hijos, cocinar y hacer respetar la Torá.

En su anhelo por salirse del molde, abandona su casa de Nueva York para reencontrarse en Berlín con su madre, otra “desertora” de la ortodoxia en la que había sido criada y tampoco pudo tolerar. La cuestión de la ortodoxia se había visto en la excelente “Shitsel”, sobre una familia judía que vive en un barrio ultraortodoxo en Jerusalén. El relato mostraba con minuciosidad a una comunidad tradicional, atada a estrictas e irrefutables costumbres y las consecuencias si algún miembro se atrevía a cuestionar o violar las normas impuestas por la Torá.

En el caso de “Poco ortodoxa”, se cuenta desde el afuera, la supuesta diáspora a la que acuden sus protagonistas, además de contar como telón de fondo con un relato de liberación femenina y tenacidad en la búsqueda del propio camino. Shira Haas encarna a la protagonista y es la misma actriz israelí que interpretó a Ruchami Weiss en “Shtisel”. Esta serie es la primera en presentar el yiddish como idioma principal, junto con el inglés.

Nacida en 1986 en Williamsburg, Brooklyn, en una familia jasídica satmer, Feldman creció hablando yiddish y se le prohibió hablar inglés en su casa. Poco después de su nacimiento, su madre dejó el judaísmo y, como su padre no podía cuidarla, fue a vivir con sus abuelos. A los 17 años se casó en un matrimonio arreglado, a los 19 años ya tenía un hijo pero decidió que quería estudiar y se matriculó en el Sarah Lawrence College. Durante los siguientes cuatro años, sus experiencias la llevaron a buscar más, y en 2009 dejó a su esposo y a su comunidad. Finalmente se mudó a Berlín con su hijo en 2014.

La otra recomendable serie basada en hechos de la vida real es “Madame C.J Walker: Una mujer hecha a sí misma”, protagonizada y producida por Octavia Spencer en un relato sobre la primera mujer afroamericana en hacerse millonaria en Estados Unidos a inicios del siglo XX. Sarah Breedlove, conocida como C. J. Walker, fue una empresaria y filántropa estadounidense que en 1910 logró cosechar una fortuna gracias a su fábrica de productos cosméticos y para el cabello. La serie cuenta cómo una mujer que se crió en la miseria, logró escalar posiciones en Estados Unidos que recién salía de la Proclamación de Emancipación (la orden que le daba libertad a más de 3 millones de afroamericanos esclavizados). Según sus datos biográficos, Sarah vivió sin sus padres desde los 6 años, y desde entonces estuvo a cargo de sus hermanos con quienes convivió hasta los 14, cuando se casó con su primer esposo y tuvieron una hija. Dos años después murió su primer marido, Sarah trabajó lavando ropa ganando un dólar por día, y más tarde creó su propia receta para el cuidado del pelo después de padecer un trastorno del cuero cabelludo que la llevó a perder el cabello. Llamó al producto “Maravillosa productora de pelo de Madame CJ Walker”, un nombre derivado de su nuevo matrimonio con el agente de ventas Charles Joseph Walker.

La última serie basada en un caso real es “Inventing Anna”, sobre Anna Sorokin, una mujer estafadora que se hacía pasar por Anna Delvey, una alemana cuya fortuna se valoraba en 67 millones de dólares. Anna llegó a New York y trabajó como pasante de una revista, lo que dejó de inmediato cuando aprendió a comportarse y vivir como una millonaria. Falsificó documentos de estados de cuentas para pedir préstamos a los bancos, el monto le sirvió para hospedarse en hoteles de lujosos y la apariencia le bastó para ser parte de la alta sociedad neoyorkina. La falsa rica extendía cheques sin fondos y sacaba el dinero antes de que fueran rebotados; hacía que sus amigos pagaran exageradas cuentas con la excusa de haber olvidado su billetera; alquiló un avión privado que nunca pagó; invitó a una amiga a un viaje a Marruecos y cuando su tarjeta rebotó, le pidió que se hiciera cargo. Así siguió con el fraude hasta ser descubierta y acusada de estafa, hurto mayor y la encarcelaron a la espera de juicio. Finalmente la condenaron a 12 años de prisión.

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