Piezas de oro puro en el peor basurero del siglo XX: no hay cosa tan molesta para los historiadores honestos del cine como las películas de Leni Riefenstahl. La directora que revolucionó el cine documental, la artista que hizo de la filmación del cuerpo humano una ceremonia renacentista, la mujer que dirigió manu militari a sus equipos de rodaje masculinos, que la obedecían ciegamente, también puso todo ese genio al servicio de la peor catástrofe del siglo XX. La historia, con justicia, no la perdonó. El arte, en cambio, la admiró con desprecio. Fue experta en supervivencia: había salido ilesa de las intrigas políticas del Tercer Reich (Goebbels intentó en vano, varias veces, quitarla del medio), del derrumbe del nazismo, de los juicios de Nüremberg, de más de un naufragio, de un tifón en Africa y de dos caídas en helicóptero, la última cuando tenía más de 80 años y seguía buceando. Infame «Terminator», recluida, Leni Riefenstahl murió ayer en su casa de Baviera a los 101 años. Sólo estaba a su lado su último acompañante, el fotógrafo Horst Kettner. A diferencia de otros grandes artistas también manchados por el régimen, como el director de orquesta Wilhelm Furtwängler, Riefenstahl nunca miró hacia atrás, jamás reconoció nada. Ni siquiera intentó exculparse a través de la coartada del «arte independiente de la política». Simplemente, mintió. Mintió desvergonzadamente. En el estupendo documental de Ray Müller «La maravillosa y horrible vida de Leni Riefenstahl», mira a cámara, molesta, y dice «Yo no sabía nada». Leni fue la mujer de un solo hombre, Adolf Hitler, a quien glorificó como pocos artistas de cualquier época lo han hecho con un gobernante, y también una de las pocas que osó desafiarlo. Se condujo siempre de manera independiente: hizo y deshizo proyectos, manejó gente y dinero a su propio gusto con una temeridad inusitada para los años del terror. Encandilado por ella, el Führer la dejaba hacer.
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Nacida en Berlín el 22 de agosto de 1902, Hitler la descubrió de muy joven, cuando la vio en «La luz azul» (1932), una de las típicas películas alemanas «de montaña» de los años 30, que también interpretó. Antes, sólo como actriz o bailarina, había aparecido en una decena de films mediocres del mismo género. El entendimiento entre ambos fue inmediato y desembocó, dos años después, en la película más vilipendiada de su obra, «El triunfo de la voluntad». «Simplemente, fue una película histórica-» se enoja Riefenstahl en el citado film de Müller. «En su momento nadie consideró que era de propaganda, eso me lo endilgaron después, muy injustamente». En «El triunfo de la voluntad», cuya edición en video continúa prohibida hasta el día de hoy en Alemania (aunque en EE.UU. y el resto de Europa tiene ya varias ediciones en DVD), el Führer está equiparado con un dios.
La película, que no es otra cosa que la filmación del congreso del partido Nacional Socialista de 1934 en Nüremberg, se inicia con borrosas imágenes aéreas de la cámara entre nubes; a medida que el avión que transporta a Hitler va descendiendo, la sombra de las alas remeda las de un ángel de la victoria que abraza a toda la población, empequeñecida ante el líder, al que adora luego en su posterior trayecto triunfal por la ciudad.
Dos años más tarde, Riefenstahl encaró su proyecto más ambicioso: filmar las Olimpíadas de 1936 en Berlín en una película de dos partes y cuatro horas, «Olympia», cuya ejecución desaconsejó la UFA por considerarla poco redituable. De hecho, ni Hollywood le había prestado atención a sus propios juegos en Los Angeles de 1932, a los que le dedicó apenas unos noticieros. Sin la UFA, la cineasta obtuvo otro sello productor, la Tobis, y un apoyo económico del Comité Olímpico internacional.
• Despliegue
«Olympia» continúa siendo una obra de referencia para cualquier documentalista. Para su rodaje, Riefenstahl hizo cavar pozos junto a las áreas de salto para ubicar cámaras, montó rieles a lo largo de las pistas de carrera, torres juntos a los trampolines; el Comité olímpico la restringió a ubicar sólo seis cámaras dentro del estadio, y ella entonces se las ingenió para montar otras tantas portátiles en globos, e inclusive una más desde el Zeppelin Hindenburg para captar la apertura.
Las tomas de natación las hizo desde el aire y bajo el agua simultáneamente, e hizo zambullir a los cameramen en el mismo momento que el atleta. Diseñó y empleó cámaras portátiles en los ejercicios de remo. Filmó casi todo sin sonido y luego sonorizó artificialmente con técnicas inéditas hasta entonces en el mundo. La pos-producción le demandó casi un año y medio. E hizo todo esto, además, compitiendo con Goebbels, quien había ordenado filmar simultáneamente la película oficial y prohibido a sus técnicos que la ayudaran. «Olympia», la película a la que muchos historiadores del cine, muy a su pesar, incluyen en el top ten de todos los tiempos, tampoco evita mostrar el triunfo aplastante de Jessie Owens, el atleta negro norteamericano cuyo triunfo en Berlín fue una cachetada para las teorías raciales del régimen.
Su siguiente película, «Tiefland», fue silenciosamente estrenada casi una década después del fin del nazismo. Hasta el día de hoy pesa una leyenda negra sobre ella: se dice que los numerosos extras gitanos que aparecen en varias escenas son prisioneros de campos de concentración, que le fueron prestados para el rodaje, y que posteriormente fueron ejecutados. Desde luego, ella siempre desmintió esa versión.
Tras la caída del régimen, hubo quienes quisieron sentarla también a ella en Nüremberg, aunque eso no llegó a ocurrir. Por aquellos años, los apelativos más comunes con los que se la nombraba eran «la puta de Hitler» o «la cerda nazi». Riefenstahl se recluyó, se fue al Africa, comenzó a practicar buceo y submarinismo a los 70 años, y editó un libro con todas aquellas experiencias. Su actividad fue tan infatigable que llegó a estrenar una película para televisión el año pasado, «Impresiones bajo el agua». La historia, a partir de los años 70, poco a poco comenzó a intentar depurar su arte de su política, no sin inconvenientes. Pero, aunque directores insospechables de filonazismo como Francis Ford Coppola y Martin Scorsese hayan expresado su admiración por ella, eso nunca fue del todo posible.
En 1999, en una exposición gigantesca de su obra en el museo del cine en Postdam (la primera que Alemania le consagraba desde 1945), hubo protestas el día de la apertura. Del mismo modo, cuando Jodie Foster anunció en Hollywood su intención de filmar una película sobre ella, las repercusiones negativas fueron tantas (incluyendo, por otras razones, a la misma «homenajeada»), que el proyecto quedó suspendido. Klaus Mann, en su novela «Mefisto», se inspiró en la vida de un oscuro actor alemán que le vendió el alma al diablo y pactó con el nazismo con tal de poder quedarse actuando en Berlín, en su ciudad y en su lengua, sin enfrentar el exilio como Marlene Dietrich y otros tantos artistas alemanes. Leni Riefenstahl no fue «Mefisto» porque no traicionó su alma ni pactó nada. Ella estaba convencida. Su alma era el mismo diablo.
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