Murió Fernando Siro, actor popular durante medio siglo

Espectáculos

Murió ayer a los 71 años, víctima de un paro cardiorrespiratorio, el actor y director Fernando Siro. Popular y querido durante medio siglo largo de trayectoria en el espectáculo, su última aparición pública fue, desgraciadamente, cuando un grupo de exaltados trató de impedir la asunción de su esposa, la actriz Elena Cruz, como diputada de la Nación el 18 de setiembre del 2003 por el partido de Domingo Cavallo. Las fotos mostraron entonces al viejo matrimonio acorralado por los jóvenes extremistas, y, especialmente, a él con la cabeza sangrando a consecuencia de un palazo.

Con el tiempo, será apenas una anécdota apropiada para cuando se hable de intolerancia política y resentimiento en nuestro país (la pareja inclusive tuvo que irse un tiempo a Miami), lo mismo que el gesto de algunos miembros de la Asociación Argentina de Actores, que en abril de 2001 decidieron la expulsión de Siro y Cruz «por haber ambos participado de un acto de apoyo al ex dictador Jorge Rafael Videla, con motivo del 25° aniversario del golpe de Estado que lo llevó al poder». Un asunto que recuerda los viejos odios de peronistas y antiperonistas, cuando actores que habían sido compañeros de escenario se negaban ostentosamente el saludo (al gran Enrique Muiño, fervoroso peronista, los actores que volvieron del exilio con la Libertadora llegaron a hacerle el vacío aún hasta después de muerto).

Todo eso es anécdota. Lo que ha de quedar en el corazón del público, en cambio, es el recuerdo de un hombre cordial, atento, que manejaba muy hábilmente una voz de timbre personal inconfundible, ideal para encarnar personajes quejosos, cancheros, en plan de ganadores o de buenos hijos, siempre porteños y (eso sí) bien vestidos. Esa voz, popularizada desde los '50 en las novelas de la tarde, se hizo familiar para varias generaciones de radioescuchas, así como los besos que Siro se daba en la ficción con Eva Dongé hicieron luego historia en los teleteatros de los '60.

Ya para entonces estaba casado con Elena Cruz, en lo que fue uno de los matrimonios más estables y armónicos de la farándula criolla (como una graciosa ironía, «Matrimonios y algo más» es la comedia con que ahora mejor lo recuerdan los televidentes).

Al cine lo convocaron muchos grandes directores de actores, desde Manuel Romero y Mario Soffici hasta Fernando Ayala, Pino Solanas y Juan José Jusid, y unos cuantos productores. A destacar, entre más de 50 títulos harto variados, sus participaciones en «Juan Mondiola», «Suburbio», «La calle junto a la luna», «Barrio gris», «¡Qué noche de casamiento!», y, sobre todo, «Venido a menos», «Sur», «El viaje», «¿Dónde estás, amor de mi vida?», «Perdido por perdido», y «Apariencias».

Asesor de doblaje, fue también director, teniendo destacable comienzo con dos llamados a la conciencia ciudadana: el drama «Nadie oyó gritar a Cecilio Fuentes», premiado en San Sebastián, y el cuento «Necesito una madre», con guión de María Elena Walsh. Lo tentaron luego los pasatiempos comerciales, que hizo en abundancia y sin mayor cuidado, pero en medio de ellos pueden señalarse dos interesantes excepciones: la particular comedia crítica «El salame», con Juan Carlos Altavista, y una más que respetable historia de amor con Inda Ledesma, «Los días que me diste».

En teatro también, junto a variados entretenimientos, supo lucirse en «Un tranvía llamado deseo», «Electra», y « Panorama desde el puente».

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