Nivel sólo aceptable en la Berlinale 2007

Espectáculos

Berlín - La Berlinale, único festival internacional de cine bajo cero, resignó este año su habitual contenidismo político y se inclinó por una agenda menos diferenciada de su competencia en Cannes y Venecia: una mezcla, tal vez menos deliberada que resultado de la ocasión, donde conviven las novedades más exóticas del cine que se produce hoy (en especial, en su sección Forum), y una competencia oficial absolutamente convencional y, al menos por lo que se vio hasta ahora, de calidad sólo aceptable.

La Berlinale 57a., que se inauguró con «La vie en rose», biografía de Edith Piaf cuya protagonista, Marion Cotillard, encandiló en vivo al público, tuvo entre sus primeras exhibiciones en competencia un film brasileño precedido por entusiastas opiniones pero que reveló ser, finalmente, un ejemplo de la naturaleza del cine político que sobrevive este año en la muestra: una película que sólo es nueva por su fecha de producción, aunque podría haber sido filmada hace un cuarto de siglo.

«O ano em que meus pais saíram de férias» (El año en que mis padres salieron de vacaciones), de Cao Hamburger, es un melodrama ambientado en el Brasil de 1970, durante el Mundial de México, cuando un matrimonio perseguido por el gobierno deja a su pequeño hijo en casa de su abuelo, que acaba de morir, para encontrar refugio. La historia, que hasta se apropia de la misma idea de título de la muy superior «Papá salió en viaje de negocios» de Kusturica (1985) no carece de escenas bien resueltas y tiene cierta emotividad, aunque no por lo original.

Ayer, también en competencia y casi dentro de la misma línea (aunque con muchos euros más de producción) se vio «Adiós, Bafana», de Bille August («Pelle, el conquistador»), otro drama previsible sobre la admiración y complicidad, no tan secretas, que sintió un suboficial sudafricano por el prisionero Nelson Mandela.

Narrado a lo largo de casi 30 años, el guión -basado en un libro autobiográfico real- es otro vehículo para derramar lágrimas de mala conciencia, dilecto ejercicio para el Occidente progresista. Lo sorprendente de este film, tan profesional en sus aspectos técnicos, es el maquillaje: el cabello de Mandela, con el paso del tiempo, va tornándose cada vez más blanco hasta llegar a su célebre afro nevado; sin embargo el suboficial, Joseph Fiennes, sólo envejece porque se deja crecer el bigote, que continúa negro (de paso, con gorra y mostacho, Fiennes también alcanza un objetivo tal vez inconfesable: parecerse cada vez más a Nicolas Cage). Sin embargo, de lo visto ayer en competencia, «Adiós Bafana» fue lo más aceptable.

Previamente se exhibió la película más deplorable de la muestra, la italiana «In memoria di me», de Saverio Costanzo. Se propone como un examen de la ansiedad del hombre por conocerse a sí mismo a través de la entrega religiosa, y termina siendo una vulgar, timorata y deshilachada historia sobre sacerdotes y futuros sacerdotes reprimidos y homosexuales. La escena en la que se ve a varios internos pasear por los corredores con el fondo musical del «Adagietto» de Gustav Mahler (obviamente, el tema central de «Muerte en Venecia») alcanza el clímax del ridículo.

Por fortuna, si de films gays se trata (tanto abunda este año en la Berlinale esta temática que hasta se instituyó un premio especial, el «Teddy de Oro», humorística variación del premio central, Oso de Oro), anteayer se exhibió en la muestra paralela «Panorama» un film formidable, que vuelve a confirmar que lo mejor del festival suele estar en esta sección. La película, israelí, se llama «La burbuja», y fue dirigida por el cineasta judío Eytan Fox. Es probable que al judaísmo ortodoxo le ponga los pelos de punta. Rodada en Tel Aviv, en un barrio despectivamente así llamado por su sofisticación cultural y su liberalidad sexual, por lo tanto de espaldas a la realidad política y religiosa, el film, que al principio parece una especie de «Friends» homosexual, poco a poco se va mostrando como una demoledora visión de las angustias, y contradicciones, que vive una parte de la juventud en Israel. O, al menos, así lo muestra la película.

Historia del romance entre un joven palestino y otro judío, el film nada tiene que ver con las tradicionales fábulas sobre la intolerancia al estilo Romeo y Julieta. Ni siquiera hay una Julieta bien definida en ese romance, ya que los roles van cambiando con más tolerancia que en los acuerdos de paz. Aunque predomina el tono de comedia, nada puede serlo del todo en esa región: sobre el desenlace, coincidente con un ataque de Hamas en Tel Aviv seguido por la represalia israelí en territorios palestinos, las contradicciones afloran: no sólo las políticas sino las de identidad sexual. Y el final es, literalmente, explosivo. Un film notable, que se llevó una de las ovaciones más fuertes de la Berlinale.

No tuvo la misma ovación Steven Soderbergh con «Intriga en Berlín» (The Good German), pretencioso experimento de filmar a la manera de los años '40 un policial de posguerra, y «El buen pastor», crónica de la CIA a cargo de Robert de Niro, cosechó aplausos algo atemperados por la duda de si se trata, en definitiva, de un film apologético de la agencia. Pero sobre estos últimos films, al igual que «Cartas desde Iwo Jima» de Clint Eastwood, de inminente estreno en la Argentina, se hablará en su momento.

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