5 de abril 2001 - 00:00
"No quiero engañar como hizo Oliver Stone como JFK"
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James Ellroy.
Un escritor común, frente a tal demostración de aprecio, se contentaría con decir: «Y, tal vez usted tenga razón...». O aún: «Y... usted sabe cómo es el cine... cómo es Hollywood...». No, James Ellroy es suficientemente extraño para atacar a aquel que, entre tantos presentes sentados y de pie, parece ser su más fiel lector: «Sí, faltan muchas cosas, pero eso es así porque aún no se hacen películas de 36 horas; además, sería un desastre para la economía norteamericana, créamelo, si todos faltaran al trabajo para pasarse tres días en una sala cinematográfica».
«American Death Trip» es la segunda novela de una trilogía que Ellroy está construyendo sobre la historia reciente de su país, comenzada con «American tabloid» (1995). La nueva novela fue lanzada en Francia antes que en Estados Unidos como una especie de reverencia a los lectores del país que, según el propio Ellroy, transformó su relativo suceso en Norteamérica en un reconocimiento prácticamente universal. «Sólo luego de que en Francia me compararan a Horace McCoy y a Dashiell Hammet, pasé a tener un enorme éxito también en los Estados Unidos».
Su nuevo libro comienza luego de la muerte del presidente John Fitzgerald Kennedy, en 1963, pasa por la Guerra de Vietnam y termina con los asesinatos del líder negro Martin Luther King y de Robert Kennedy, en 1968. En ese punto comenzará el tercer volumen, que se extenderá hasta el escándalo Watergate.
Si los hechos que relata son reales o lo que la novela dice de figuras bien conocidas en los Estados Unidos, como J. Edgard Hoover, director del FBI, tiene algún fundamento («La Mafia de un lado y Hoover del otro, se intercambiaban favores sin hablarse nunca»), poco importa.
Ellroy rechaza detallar qué es ficción y qué no es ficción en sus libros. A pesar de eso, considera que su versión del asesinato de Kennedy es muchísimo mejor que la de Oliver Stone en su película «JFK». «Por lo pronto yo nunca escondí que estaba haciendo ficción. No pretendo engañar como Oliver Stone.» Finalmente: ¿quién mató a Kennedy?. Para Ellroy hay un submundo poblado de mafiosos, agentes del FBI, informantes corruptos, bailarinas de striptease, fanáticos religiosos, ultraderechistas rabiosos del Ku Klux Klan y vicarios del más diverso pelaje que tramó el crimen.
«La conspiración no es el corazón de mi novela; el centro de la historia es una especie de infraestructura humana de los grandes eventos públicos, especialmente en esos años tumultuosos de la historia norteamericana», afirma antes de seguir contando chistes sobre su editor francés. «Como todo el mundo sabe él es el amante de Juliette Binoche... me parece que no tendría que haber dicho esto en público». Quien mira al editor, bonachón, balanceando su dedo índice, sabe que no tiene la posibilidad más remota de que eso sea verdad.
Ellroy se considera el mejor escritor vivo del género «novela policial», aun cuando afirma que, con la trilogía actual, dejó el género y «ahora soy un autor de novelas históricas». No le gusta señalar sus influencias pero, en París, durante una charla en el Salón del Libro, citó de Balzac a Don DeLillo. Sostiene, como Balzac, que «detrás de toda fortuna o historia política hay un crimen»; y fue DeLillo que lo impulsó, con sus obras, a escribir su trilogía.
Quien ve a Ellroy firmando sus libros, apretando la mano de todos los admiradores durante dos horas y media y llamándolos a todos «jefe» o «jefa» y siempre con un chiste en la punta de los labios («Miren, Rasputín está vivo y me pide que le dedique mi libro» o «Dado que usted tiene un cierto parecido a mi editor norteamericano creo que voy a acceder a firmarle»), se nota que actúa en sus apariciones públicas un gran personaje que él no se toma en serio: el del «escritor» defensor de tesis elaboradas y de posiciones políticamente correctas. Si lo dejan prefiere hablar de su perro, de su sombrero o de su calvicie.
Elector de George W. Bush, escritor siempre cercano al Partido Republicano y declarado hombre de la derecha norteamericana, Ellroy, que considera a «Clinton el presidente más corrupto de la historia de EE.UU. porque deshonró su mandato presidencial utilizándolo para fines estrictamente personales», a pesar de todo eso, consiguió arrancar aplausos de los franceses cuando afirmó que se opone a la pena de muerte.
Cree que «no funciona» y que, además, los exámenes de ADN sacan del corredor de la muerte una cantidad de supuestos criminales. Fue uno de los raros momentos en que habló seriamente, allí, no quiso, exactamente, agradar. Hubiera seducido más si hubiera dicho que no le parece que el Estado tiene el derecho de quitar la vida a nadie, por ejemplo. Pero se cuidó de declarar tal cosa.
Los grandes momentos de Ellroy junto a su público no son aquellos en que habla en serio sino lo que reserva a la creación de las teorías más absurdas. Como, por ejemplo, la explicación de que «JFK murió en la hora justa»: «Kennedy era la mujer. Los Estados Unidos el hombre. Kennedy murió cuando él aún estaba enamorado». Para Ellroy cuando la mujer envejece, la pasión acaba: «Sin sexo, a quién le importaría la Kennedy». El estilo de Ellroy puede, así, ser descrito con las mismas que él mismo usó para definir su novela «American Death Trip»: «Frases cortas. ¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!».


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