30 de octubre 2002 - 00:00
"No quise otro film de víctimas"
-
La película que es furor en Prime Video donde Keanu Reeves se transforma en un ángel con pocas luces
-
Daddy Yankee fue declarada Persona del Año 2026 de la Academia Latina de la Grabación
Costa-Gavras
Costa-Gavras, que después filmaría «Estado de sitio» y «Missing», fue casi siempre sinónimo de provocación. El «casi» obedece al distanciamiento político que él mismo empezó a tomar, a fines de los '70, con un drama sentimental («Claro de mujer», con Yves Montand y Romy Schneider»), y a mediados de la década siguiente con la comedia ligera «Consejo de familia». Y, más tarde, la larga etapa norte-americana. Durante su reciente paso por Buenos Aires, dialogamos con el realizador:
Periodista: ¿Qué lo llevó a resucitar 'El vicario'?
Costa-Gavras: En realidad, lo que yo me había propuesto era filmar una película que enfocara «el otro lado» del Holocausto, el de los verdugos. Hubo centenares de películas sobre las víctimas pero no sobre los victimarios, y no me refiero únicamente a los alemanes sino a la sociedad que acompañó o toleró sus crímenes. Hace mucho tiempo, con Jorge Semprún tratamos de adquirir los derechos de «El vicario», pero estaban reservados. Un día me avisó Claude Chabrol que el que los tenía era Sam Spiegel [productor de «Lawrence de Arabia» y «Nido de ratas», entre otras], y que se proponía filmarla siempre y cuando el Vaticano diera la autorización. Increíble. De modo que deseché la idea y entonces, también con Semprún, empezamos a adaptar un conocido libro de Robert Merle, «La muerte es mi negocio».
P.: Las memorias noveladas de Rudolf Höss, el creador de Auschwitz.
C.G.: Exacto, pero cuando tratamos de interesar a productores norteamericanos no tuvimos éxito. Rechazaron la crudeza del libro, que está escrito en primera persona, y suavizarla no habría tenido sentido. Pasó el tiempo, los derechos sobre «El vicario» caducaron, y entonces los adquirimos con Claude Berri, productor de la película.
P.: «Amén» se suma a una larga lista de films recientes sobre el Holocausto que algunas voces empiezan a criticar. Algunos dicen, empezando por Claude Lanzmann, el director de 'Shoa', que se está abusando comercialmente del tema. ¿Qué opina usted de esto?
C.G.: No estoy de acuerdo. Sobre todo, porque los ataques de Lanzmann se concentran en «La lista de Schindler», un film al que odia. No lo puedo entender. Spielberg la filmó al estilo Hollywood, de acuerdo, pero si no fuera por «La lista de Schindler», millones de adolescentes, entre ellos mi hijo que tenía 16 años en aquel momento, no se habrían interesado en el Holocausto. Si lo «comercial» está al servicio de esos fines nobles, bienvenido sea.
P.: Sin embargo usted pudo, como Spielberg, incluir imágenes de las duchas en Auschwitz, dado que en «Amén» esa escena tiene una importancia central, pero lo evitó. En esa elección coincide con Lanzmann, que tanto aborreció esa escena en «Schindler». Usted sólo mostró al oficial alemán Gerstein mirando por un orificio.
C.G.: Es verdad, pero debo ser honesto: no fue por una cuestión moral que lo evité sino por mi propia limitación como director para filmar una escena así. Le aseguro que medité mucho en ese punto. Noches enteras me desveló la idea de tener que ordenarle a los extras que se desnudaran, que sostuvieran a sus hijos en los brazos, que fingieran horror, pánico, y terminé renunciando a hacerlo. Pero le repito: yo no me sentí capaz, pero no condeno la elección de Spielberg.
C.G.: Lo del afiche fue una provocación de los grupos lepenistas, no me interesa. Pero, por ejemplo, le puedo contar que el canal católico de la televisión francesa organizó una exhibición con debate en Bayonne, a la que asistió el obispo del lugar, que salió emocionado tras la proyección. Luego hubo una discusión rica. Hoy ni siquiera los historiadores católicos pueden negar el silencio de Pío XII, y se expusieron diferentes puntos de vista. La película, además, está lejos de hacer suya la posición extrema de un libro como «El Papa de Hitler» de John Cronwell, que apareció por la misma fecha. Yo no creo que Pío XII haya sido pro-nazi, pero sí fue pro-alemán. Antes de la Segunda Guerra vivió muchos años en Alemania, tenía muchas amistades y afectos en ese país.
P.: «Amén» es su regreso al cine europeo. ¿Se siente más cómodo que en el cine americano?
C.G.: ¡Pero si yo no me fui nunca del cine europeo! De acuerdo, filmé mucho tiempo en Estados Unidos y con estrellas americanas, pero mi equipo era francés e hice siempre la posproducción en París. Ahora, si usted me pregunta qué diferencia hay entre Europa y los EE.UU., me veo obligado a decirle que no hay como tener un productor americano. Son una tranquilidad.
P.: Qué curioso que usted, con su tipo de cine, diga eso. Se sabe que los productores americanos suelen tocar los guiones.
C.G.: No los productores sino las «majors». La clave es el poder y el respeto que tenga el productor dentro de la «major». El productor es un intermediario entre el director y la «major»: si está del lado del director, como me ocurrió a mí, es una bendición. Usted filma sin preocupaciones, e inclusive le defenderá la película de las «proyecciones de prueba».
P.: «Amén» no tiene actores famosos, y sólo Matthieu Kassovitz (el sacerdote Fontana) es conocido, aunque no para el gran público. ¿Fue una elección o una limitación presupuestaria?
C.G.: En principio, por una razón de producción, la película iba a tener dos estrellas norteamericanas en los papeles centrales. Pero, convengamos en que era ciertamente atacable que los únicos personajes positivos los hicieran los americanos y el resto actores alemanes e italianos. Donde no pude negociar fue en el idioma, ya que debimos filmarla en inglés, cuando lo ideal habría sido que estuviera hablada en italiano, alemán, y latín desde luego.
P.: Cuando le hablé de actores pensaba en figuras emblemáticas de su cine, hoy muertas, como Yves Montand y Simone Signoret. ¿No encontró una identificación así en las nuevas generaciones?
C.G.: No, ellos ya no están y no hay quienes los reemplacen. Es otro mundo. Tampoco hay pensadores de referencia. Hoy disponemos de abundante documentación sobre cualquier tema; se produce la guerra contra Afganistán y uno puede leer miles de artículos, traducciones, escuchar programas de radio muy interesantes, ver excelentes informes en la televisión, explorar Internet, etc. Datos y datos. Pero faltan los intelectuales. En el cine se ha dado un fenómeno paralelo: el derrumbe del mundo bipolar enfrentó al cine a un desafío de expresión difícil de resolver. A veces pienso que hoy la película «política» ideal sería kafkiana, y eso no despierta demasiado interés entre los productores.
P.: De todas sus películas, «Hanna K.», en la que Jill Clayburgh interpretaba a una abogada judía que defendía en un juicio a una mujer palestina, fue de la que menos se habló y la que menos se distribuyó. No se estrenó en muchos países, entre ellos la Argentina. ¿A qué lo atribuye?
C.G.: En su momento hubo muchos problemas con esa película. Ahora va a salir en DVD en Francia, lo que le permitirá una segunda oportunidad. Creo que hoy es más actual de lo que lo fue en 1983; el público no la recibió bien, y entre quienes la vieron hubo una división extrema: o se era proisraelí o se era propalestino; no cabía ni siquiera imaginar una posición intermedia, y por eso la película fracasó. La Gaumont tuvo varias amenazas de bomba, nunca ocurrió nada pero había inquietud en sus exhibiciones.
P.: Durante toda su vida usted tuvo un proyecto nunca realizado, filmar en China «La condición humana» de André Malraux. ¿Sigue pensando en eso?
C.G.: No, ya renuncié a hacerla. Será tarea de otro.
C.G.: Un documental. Creo que ha llegado la hora de probar ese género.



Dejá tu comentario