Scott Fitzgerald en impecable versión

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No era la primera vez que Scott se enamoraba de una pizpireta chica de clase alta, pero con Zelda el asunto fue frontal. Le dijo que se quería casar con ella. Y ella, consentida y caprichosa hija de una familia patricia, le chantó: si crees que me podés mantener, acepto. Scott, de 22, le explicó que iba a ser escritor, y Zelda Sayre, de 19, se le rió en la cara. Fitzgerald era un muchacho de clase media que sentía que se había colado a estudiar en el Newman y luego en la Universidad Princeton, acababa de salir de baja de un ejército que ya no estaba en guerra. Para conquistar a Zelda entró a trabajar en publicidad. Se ganaba bien pero no como para conquistar a la bella. Entró a mandar cuentos al Post, y se los aceptaron. The Saturday Evening Post era el semanario de mayor circulación en el país y Scott llegó a tener su nombre en la tapa, justo debajo de uno de los dibujos de Norman Rockwell. Revisó los borradores de la que iba a ser su primera novela, “El egoísta romántico”, cambió cosas, el personaje ofrendado a su novia Ginevra King lo hizo igualito a Zelda. Al editor le gustó eso de “A este lado del paraíso” para la autobiografía de alguien que sale maltrecho de la adolescencia. Le envió el primer ejemplar a Zelda. Y un anillo de su madre. La novela fue un inmediato best seller, y de inmediato se casaron en San Patricio. Iban a ser celebridades. Y lo lograron.

Fueron centro de la movida artística cultural de los Años Locos, los que siguieron a 1920, y los del Crack y la Depresión. Fueron íconos en Nueva York, París y Hollywood. Junto a su primera novela, Fitzgerald vio editados los 8 cuentos que había publicado en el Post. Dos eran de tipos que se consideran filósofos y seis de chicas de melena tan corta como la falda, descaradas, franeleras, dispuestas a pescar el mejor partido antes de que los colores de la vida se volvieran grises, las flappers (“flaperas”). Feministas contraparte de las sufragistas. Mujercitas avasallantes, hábilmente indecentes, que jugaban a imponerse. Fitzgerald robándole ideas a Zelda mostró que los infatuados “pensadores” son meros idiotas y que las chicas, aun sin estudios, saben más que ellos (“Cabeza y hombros”), que hay algo muerto en las pomposidades eruditas (“Bendición”), que la rutina doméstica impone la rebelión (“El palacio de hielo”), que hay que liberarse de las trenzas (“Berenice se corta el pelo a lo bob”), que hay que elegir “ser la excepción que no confirma ninguna regla “, Zelda dixit. Fitzgerald ya era grande desde chiquito, desde sus primeros cuentos. “El pirata de cabotaje” es una sarcástica película de Hollywood antes de que lo llamaran a ser guionista allí. Era valioso ya antes de “El gran Gatsby”, de “Suave es la noche”, de “El curioso caso de Benjamin Button”, y todo lo demás. Para rebajarlo lo designaron “el autor de la era del jazz” o “uno más de esa magna generación que a Gertrude Stein se le dio por llamar “Perdida”. Es un verdadero placer disfrutar de los primeros cuentos de Fitzgerald en esta nueva y admirable traducción argentina.

=Francis Scott Fitzgerald “Flaperas y filósofos” (Bs. As., Godot, 2019, 205 págs.).

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