21 de noviembre 2003 - 00:00

Nueva York vuelve a mostrar intensa actividad artística

Instalación de Michael Heizer
Instalación de Michael Heizer
N ueva York está nuevamente de pie y, gracias a la confianza de nuevos inversores que hicieron dinero en el mercado financiero, vive una transformación edilicia y un próspero mercado de arte al que se volcaron 62.000.000 de dólares en las recientes subastas de noviembre de arte de la posguerra y contemporáneo como no se veía desde 1989.

Nuestro periplo artístico comenzó con una visita al recientemente inaugurado museo DIA BEACON-80 minutos en tren al norte de Manhattan (una ex fábrica de galletitas construida en 1920 en acero, hormigón y vidrio sobre el río Hudson). Pertenece a DIA ART FOUNDATION fundada en 1974, que controla seis enclaves dedicados al arte entre Manhattan, Nueva México y otras ciudades estadounidenses. BEACON, en el que se invirtieron 50.000.000 de dólares, está destinado a alojar la colección de obras de artistas que emergieron entre los '60 y '70 en una serie ininterrumpida de salas que cubren 240.000
pies cuadrados con altísimos techos y luz natural; cambia su horario según la estación.

Una serie de casi 80 obras de Andy Warhol, «Shadows» (1978), más bien decorativas, se muestran por primera vez en su totalidad. «Today Series» de On Kawara (1996-2000), a pesar de ser pequeñas obras que remiten al espacio y al tiempo a través de letras y números, funcionan en la vastedad del espacio. Pero lo que más impresiona son los trabajos escultóricos en su gran diversidad. Por ejemplo, las tres monumentales y laberínticas obras en acero de Richard Serra que se suceden en un espacio claustrofóbico y cuyo color oxidado se transforma gracias a la luz que penetra del exterior.

Las obras de John Chamberlain, famoso por los restos de autos aplastados en acero pintado y cromo, aparecen lujosas así como las de Dan Flavin que comenzó a usar tubos fluorescentes en 1961. Estos ocupan rincones, techos, pisos y también una estructura en zigzag revelándose parcialmente según la posición del contemplador, produce un gran impacto lumínico por su pureza y franqueza, ya que no esconde el elemento funcional. Entre los artistas están Joseph Beuys, Walter de María, Donald Judd, un piso dedicado a Louise Bourgeois con obras de diferentes épocas y tamaños que culminan con su «Araña» (1997), que cubre una jaula de acero cubierta con antiguas alfombras.

Pero entre las obras que quitan el aliento señalamos «North, East, South, West» (1967/ 2002) de Michael Heizer. Cuatro formas geométricas cavadas en el suelo, rodeadas por un cerco de vidrio y a las que se accede desde un extremo. Heizer logró crear una atmósfera de temor reverente, casi como una experiencia religiosa. Con un alambre cubierto de tejido acrílico, Fred Sandback creó una escultura que forma un lugar o volumen sin ocuparlo ni oscurecerlo. Una obra también conmovedora y como señalaba el artista, «absorbe la luz, está llena de alusiones pero no refiere a nada en particular».

Una muestra imperdible es «Schömberg, Kandinsky and The Blue Rider» en el Jewish Museum. Treinta y seis pinturas de Schömberg que comenzó a pintar en 1905, disciplina a la que se dedicó después de haber roto con la tonalidad. En 1912 comenzó a dirigir y no tuvo más tiempo para el arte plástico pero continuó dibujando hasta el final de su vida. La mayoría son auto-rretratos y retratos de sus amigos llamados «Visiones», reminiscentes de fotos de pasaportes, algunos caricaturescos, otros con alguna incursión surrealista, muy sombríos, monocromáticos y opacos. Entre los autorretratos se encuentra el que le regaló a Leopold Stokowski en 1944. La muestra abre con una obra de Kandinsky, «Impresión III», perteneciente a la Colección Lenbachhaus (Munich) y que viajó a los Estados Unidos por primera vez. Cuadro clave de 1911 que inicia la relación entre estos dos gigantes que se destacaron por su rebeldía contra la tradición, almas gemelas del modernismo y amistad que se tradujo en un profuso epistolario. En una carta Schömberg le señala que «el arte pertenece al inconsciente, uno debe expresarse a sí mismo, no por el gusto, o la educación, inteligencia, conocimiento o habilidad sino por lo que es intuitivo».

Entre las obras de Kandinsky se encuentran aquellas en las que refleja su interés por el arte folklórico ruso y las miniaturas persas, algunas formas que aluden a figuras humanas que se verán hasta alrededor de 1920, época en la que la relación Kandinsky-Schoemberg ya estaba terminada. Hay un Kandinsky notable, «Sketch for Composition V» (1911) prestada por el Hermitage: líneas negras a manera de latigazos, formas paisajísticas furiosas, casi abstractas aunque en colores más apagados.

En otras salas se exponen obras de otros miembros del movimiento expresionista Blaue Riter, entre ellos,
Marc, von Jawlensky, Macke con su célebre «Yellow Cow» de vibrantes colores, pura alegría, Bloch y Gabriele Münter. Pero el placer de esta muestra se ve aumentado por el «acoustiguide» que íntimamente acompaña el relato didáctico y escueto con música de Alban Berg, Anton Webern, Mahler y por supuesto, Schömberg.

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