Omar Sharif: "Llegué a perder un millón en una sola noche"

Espectáculos

(11/02/2002) Periodista: A sus casi 70 años vive usted un retiro dorado entre París, El Cairo, Deauville en verano... Se mueve detrás del sol y las carreras de caballos como un personaje de novela.

Omar Sharif:
Por mis sentimientos soy muy oriental, muy melodramático, adoro sentir el afecto y el calor de la gente, los amigos que te dicen hola y te dan un abrazo. Eso lo encuentro en Egipto, donde la gente me adora, pero también he vivido en la cultura occidental y, después de unos meses allí, extraño la ópera, el teatro, las discusiones, el debate hasta llegar al fondo de las cosas... En mi país los hombres sólo hablan de fútbol y del culo de las mujeres. Entonces hago las valijas y me vuelvo a Francia. En París la gente es fría, nadie se fija en mí, nadie me saluda. Cuando siento que se me hiela el corazón, regreso a El Cairo.

P.: Pero usted vivió muchos años en el exilio, ¿cuándo decidió volver?


O.S.:
Me fui con la dictadura militar de Nasser, en ese momento era difícil entrar y salir libremente, y volví cuando terminó. A mí no me gustan ni los militares ni las dictaduras y a ellos tampoco les gustaba que yo hubiera rodado con productores y actores judíos, así que me fui a Europa y me llevé a los míos, tenía miedo por ellos.

P.: Su madre se instaló en Madrid y, a pesar de que ella ya ha fallecido, usted sigue viniendo mucho por aquí.


O.S.:
Es que me encanta este país. En España rodé buena parte de «Doctor Zhivago» y «Lawrence de Arabia». Cuando dejé Egipto me traje a mi familia a Madrid. Mi hermana se había casado con un empresario español en El Cairo y ahora mi hijo ha abierto una tienda de camisas y ropa de algodón egipcio que, por si usted no lo sabe, es el mejor del mundo.

P.: A pesar de que proviene de una buena familia católica de Alejandría, un día decidió hacerse musulmán. ¿Se puede cambiar de religión como de camisa?


O.S.:
De camisa me cambio varias veces al día y de religión sólo cambié una vez. Me enamoré muy joven de Faten Hamama, la actriz más importante de Egipto. Era musulmana y sólo podía casarme con ella si me convertía al Islam. Yo no era particularmente creyente y me dio igual. En cambio, mis padres pusieron el grito en el cielo, pero adoraban a mi mujer y se arregló todo. Ahora mi hijo es ateo como yo, lo eduqué para que sea tolerante con todo el mundo.

Fanatismo

P.: ¿Cómo vive el fanatismo islámico que ha desbordado ya los países árabes hasta
estrellarse contra los rascacielos de Nueva York?


O.S.:
Eso no es verdaderamente una herencia nuestra. Hace 50 años no había integrismo ni extremistas. Todo esto viene de las diferencias cada vez más grandes entre los países ricos y el Tercer Mundo. Además, nosotros somos egipcios, no árabes, somos un pueblo especial con una historia antiquísima y, sobre todo, pacíficos.

P.: ¿Conoció usted a Bin Laden?


O.S.:
A él no, pero uno de sus hermanos estudiaba en mi colegio. Era gente un poco arrogante.

P.: Su imagen de seductor forma parte de la leyenda. Sin embargo, vive solo, siempre en hoteles. ¡Qué manera de arruinar su reputación!


O.S.:
Es que nunca he tenido un gran amor. Me casé a los 21 años con la madre de mi hijo y pasé 16 años con ella en los que fui muy feliz. Cuando tuvimos que dejar Egipto, Faten echaba de menos el cine y decidió volver. Fue la vida la que nos separó, desde entonces he vivido en hoteles, no he tenido la ocasión de enamorarme. Cuando uno se queda cinco o seis años solo, después es difícil convivir con alguien.

P.: ¿Y esas mujeres espectaculares con las que ha trabajado, con las que se encuentra todavía en ciudades como París o Deauville?


O.S.:
Nunca he tenido una amante, nunca he vuelto a vivir con una mujer. He tenido peque-ñas aventuras que han durado un mes o dos, nunca más tiempo. Invitar a cenar a una señora no significa nada más. Me hubiera gustado hacer honor a esa reputación que usted dice, pero no. Es que a mí me gustan mucho las mujeres, pero me resulta imposible irme a la cama con una así sin más, sin conocerla, sin haber hablado con ella, sin tener nada en común, sin intercambiar opiniones, sin charlar...

P.: Conservador en los asuntos sentimentales, ajeno a cualquier religión, inconformista y bohemio en su forma de vida. Es usted un mar de contradicciones.


O.S.:
Vivo en el hotel Royal Monceau de París porque el propietario es un sirio amigo mío que me invita, está encantado de que sea su huésped. A Ira de Fürstenberg tampoco le cobra. Creo que siempre me hospeda en la misma habitación y no sé si da al patio o a la calle. Nunca he descorrido las cortinas para ver qué hay enfrente. Ya he visto todos los paisajes posibles, ahora me interesan las personas. En la habitación no tengo nada personal, sólo mis trajes de Armani. Me hago unos cuantos al año y luego se los doy al abate Pierre, un cura extraordinario que ayuda a los pobres de lo que él llama el cuarto mundo, los más miserables. En mi habitación no hay un libro ni una foto. En Deauville, lo mismo. Y en El Cairo tengo un pequeño departamento con algunos recuerdos, los mínimos. Si me dan un premio, lo recojo, lo agradezco y lo dejo en el hotel. No tengo coche, no tengo posesiones. Bueno, sí, cinco caballos en París, que ganan más bien pocas carreras.

P.: Entonces, ¿cuál es el motor de su vida? ¿Qué es lo que le da sentido?


O.S.:
Nunca abro los ojos antes del mediodía y ya me levanto pensando con quién cenaré, a dónde iremos y qué vamos a comer. Me hace ilusión reunirme con mis amigos, hablar con la gente. Adoro a mi hijo, a mis nietos... Mi vida está llena de afectos.

P.: ¿Ya no siente la necesidad de rodar películas?


O.S.:
Hace 15 años que no me ofrecen nada bueno y últimanente no hacía más que basura. No quiero seguir haciendo porquerías, me siento indigno. Así que he calculado que tengo dinero para vivir siete u ocho años más. Voy a cumplir 70 en abril y 78 años es más o menos la media de vida de un hombre. Con 300.000 dólares al año tengo para el tiempo que he calculado que viviré.

P.: ¿Y si se equivoca y continúa usted en plena forma?


O.S.:
Por eso me gusta que mi hijo haga negocios, así, si vivo más tiempo, me mantendrá él.

P.: ¿Rechazaría una buena película?


O.S.:
Sólo aceptaría rodar otra vez si el proyecto me entusiasmara. Esta vez no haría cualquier cosa para salir del paso. Querría trabajar con interés y con ilusión, no por rutina. De todas formas, no siento la menor nostalgia por el cine, así que me da igual.

P.: No sé si le molesta hablar de su etapa de jugador empedernido, cuando amanecía en los casinos y lo conocían en todas las ruletas del mundo.


O.S.:
No me importa nada, ya no juego. Por eso he dividido el dinero que tengo entre los ocho años que calculo que me quedan. Un día no me encontraba bien y todo acabó con una operación de corazón. Me dije: «Se acabó, ya no puedo jugar más». También dejé de fumar los cuatro paquetes de cigarrillos que consumía al día.

P.: ¿Qué emociones produce el juego?


O.S.:
Ninguna. Lo he dejado sin ninguna pena. La verdad es que nunca me ha gustado. Iba al casino por aburrimiento. Llegas a una ciudad donde no conoces a nadie, a una habitación de hotel vacía. Al lado hay un casino lleno de luz, de mujeres hermosas... ¿Qué haces? Pues allí me iba.

P.: ¿Era usted buen jugador?


O.S.:
Dependía de la situación. Si en ese momento no tenía dinero, era muy bueno. Soy bastante inteligente para calcular las jugadas y muy observador. En cambio, cuando tenía dinero no solía jugar bien, porque me daba lo mismo, aunque siempre jugaba para ganar y, muchas veces, por necesidad.

Pérdidas

P.: ¿Llegó a perder tanto como se dice?

O.S.:
Todo. Mi piso de París lo perdí en una noche. Por eso aceptaba hacer un cine de mierda. A veces ya me había jugado lo que me iban a pagar por la próxima película. Algunas noches llamaba a mi agente y le decía: «Búscame algo, cualquier cosa, necesito empezar a rodar mañana mismo».Y aunque fuera una porquería monumental la aceptaba.

P.: ¿Cuánto se ha dejado en las ruletas? ¿Un millón de dó-lares?


O.S.:
¡Qué dice usted! Eso lo perdía en una sola noche.Y a lo mejor era todo lo que tenía en mi cuenta corriente.

P.: ¿Y cuál era la sensación en el momento de perder: tristeza, arrepentimiento?


O.S.:
No, no. ¿Por qué? No se siente nada. Mientras tuviese salud y me sintiese fuerte no tenía miedo. Pensaba que, aunque no tuviera una película para el día siguiente, me iría a la calle y encontraría un trabajo de lo que fuera. Cuando empecé a sentirme menos bien pensé que las cosas podrían complicarse. Y ya está, lo dejé.

P.: ¿Y el bridge? Ha llegado a ser campeón del mundo.


O.S.:
Ahí no hay dinero por medio, empecé a jugar porque, en un rodaje, cayó en mis manos un libro de bridge y, como me aburría, me lo leí entero. Eso es otra cosa.

P.: ¿Y en qué ocupa ahora el tiempo que dedicaba a jugar?


O.S.:
Salgo con mis amigos. Me gusta hacer tres o cuatro horas de tertulia después de cenar, discutir sobre cosas de actualidad, de política. Aunque a usted le parezca apático, mi vida ha estado llena de pasión. Me entusiasmaba el cine. Estaba apasionado por mi mujer, por mi hijo lo estoy todavía, por mis nietos. La vida merece la pena, aunque sólo quiero vivir el presente. Ahora me preocupan y me interesan los pobres, las desigualdades sociales. Me entristece mucho que la gente pase olímpicamente de lo que ocurre a su alrededor: hay un egoísmo extraordinario en nuestra sociedad.

P.: Tiene usted otro hijo que no ha querido reconocer.


O.S.:
Es posible que tenga mil hijos por el mundo. ¿Quién puede saberlo? Si cada vez que he estado con una mujer ella dice que ha tenido un hijo mío pues así será.

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