14 de noviembre 2001 - 00:00

Original desafío a la solemnidad del Colón

Obra de Mauricio Kagel
Obra de Mauricio Kagel
En el mismo momento en que se ensayaba, para el Festival de Música Contemporánea, una «polifonía dramática» de Mauricio Kagel, en el Colón se montó el insólito espectáculo «Varieté». Quiere decir que dos creaciones de «teatro musical» del mismo compositor argentino, que desde 1957 vive en Alemania, despertaron de su letargo en Buenos Aires. La primera es una escritura musical minuciosa con cinco caminantes que en forma estricta y alterna, combinan pasos y golpes de un bastón o cayado de madera, siguiendo el trayecto de los lados de un pentágono y sus diagonales. Es original e inesperado.

También lo es, y en mayores proporciones, el «Varieté» que en una actitud libre, sanamente trasgresora y con amplitud de visión, la excelente regista y coreógrafa Diana Theocaridis armó para que en el escenario del Colón se expresaran otros artistas, injustamente marginados por privilegiar a cultores del bel canto o de la música académica.

Hay tanta emoción y riesgo en la emisión de un «do de pecho» como en ver el descenso de Lucas Martelli desde la araña hasta el piso de la platea, con tanta plasticidad y valentía que desparramó una escalofriante expectativa. Otras originalidades concretó Theocaridis a partir, por ejemplo, de una rutina como la «visita guiada» a un grupo de escolares, que al verse libres de la «guía» y encontrar el escenario vacío, despliegan su energía en gráciles y dinámicas acrobacias olímpicas (eran unos treinta).

En otra secuencia, el escenario es invadido por el desplazamiento sutil y curiosamente silencioso de un grupo de patinadores entrenado por Darío Alvarez, una veintena de ellos parodiaron al ballet tradicional hasta que una exquisita bailarina clásica con tú-tú y en puntas se sintió invocada. Así, Lourdes Arteaga se fusionó con sus ocasionales colegas sobre ruedas en una escena de amor más lograda y menos obvia de las que a veces padecemos. También asombró ver la espléndida figura de Soledad Alfaro convertida en un personaje de Botero al sumergirse en un cubo con agua, produciendo un efecto alucinante, y a las exóticas bailarinas que con aros inmensos desafiaron la geometría.

Todo fue mágico, fresco y espontáneo, al punto que el mago resultó lo menos original, o borrado por esos elásticos e inarticulados «break dancers»: Lucas Alvarez, Sebastián Paoli y Leonardo Vastalegna, que tal vez nunca imaginaron que emulando los pasos de Michael Jackson llegarían al Colón.

Todos pueden incorporar en su currículum esta actuación en un espectáculo que resultó atractivo y único, y con la música melancólicamente vanguardista de Mauricio Kagel, servida por un conjunto de buenos músicos dirigidos por Gerardo Gandini, quien hasta jugó un diálogo con Martín Pavlovsky, que hizo un «Valetto» vestido en clásico siglo XVIII cuya infructuosa misión era conservar la tradición y el respeto por la majestuosa sala que, al fin, cedió su espacio a jóvenes que festejan el movimiento, planteando el opuesto a tanta expectante quietud que nos rodea.

El escenógrafo
Emilio Basaldúa entró en el juego y dejó mucho espacio para que fluyera la energía. La velada se había iniciado con la sórdida operita de Milhaud, en la que -por sugerencia de Jean Cocteau-la mujer mata a martillazos en la cabeza mientras duerme a un marido tan largamente esperado que cuando volvió no lo reconoció. David Amitín hizo una mórbida marcación, que los buenos cantantes siguieron, pero sin lograr resaltar la tragedia.

«El pobre marinero», ópera de D. Milhaud. Con C. Bengolea, G. Oddone, G. Gibert y J. Barrile. Régie: D. Amitín. Esc. y Vest.: M.J. Bertotto. Ilum.: F. Monti y A. Morelli.

«Varieté» de M. Kagel. Con L. Martelli, A. Antico, J.P. Sierra, A. Guerra, A. Costa, I. Gadano, A. Bonelli, L. Arteaga, M. Pavlovsky. Break dancers, bailarinas, gimnastas y patinadores. Régie y Coreog.: D. Theocaridis. Esc.: E. Basaldúa. Dir. Mus.: G. Gandini. (Teatro Colón, 9 y 11/11.)

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