29 de julio 2020 - 00:00

Pandemia y arte: Ojeda Bär, el retorno al placer estético original

La pandemia provocó mucho dolor en el arte, pero hubo quienes lograron reinventarse de una forma original. Es el caso de esta singular pintora.

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Entre los sectores de la sociedad más castigados por la crisis económica y el aislamiento figuran los artistas. ¿Soñar con nuevos proyectos? ¿Disfrutar de la experiencia de la creación y pagar las cuentas con el producto de la propia obra? En la Argentina la incertidumbre financiera parece ser un factor inherente al destino del artista, sólo los que tienen éxito en el mercado viven del arte. El resto se las ingenia, sobre todo con la docencia. Pero hay excepciones y en estos días difíciles, Laura Ojeda Bär (1986) logró cumplir su sueño. Poco antes de la cuarentena abandonó su galería y comenzó a pintar obras pequeñas, con un formato similar al del papel carta que se vendieron online por 10.000 pesos. Cuando su trabajo como ayudante en los talleres de artistas con una carrera consolidada se suspendió por el aislamiento, le sobró tiempo para pensar y experimentar.

Como quien regresa al hogar después de un largo viaje, Ojeda Bär recordó la felicidad de su primer encuentro con las reproducciones de los libros de historia del arte. Y así lo cuenta: “Volví a ese primer contacto con formas, imágenes y esculturas que conquistaron su lugar en el arte occidental y sentí una atracción renovada del placer estético. Hoy las veo como formas familiares e increíblemente particulares al mismo tiempo. A través del registro fotográfico pinté esta serie de cuadros de pequeño formato que va en busca de una experiencia íntima, sensible y personal con quien los mira. Después incorporé esculturas de Lucio Fontana, Kiki Smith, de Sarah Lucas, Elisabeth Frink, Emile Gilioli, Elba Bairon, Ennio Iomi, Saint Clair Cemin”. Oscilando entre la escultura, la pintura y la fotografía, disciplinas que siempre estuvieron separadas, Ojeda Bär pintó su propia fascinación por las esculturas de Brancusi, sus curvas, el brillo de la superficie dorada, los reflejos y la tendencia a la abstracción. Oscar Wilde decía que uno no ve nada hasta que ve la belleza, que sólo entonces existe lo que vemos. Las breves pinturas de Ojeda Bär, más allá de la gracia de la ejecución, seducen al despertar la memoria y retrotraer al espectador con el ojo entrenado a esos recuerdos placenteros aunque borrosos por lo general. La obra se convierte en vehículo de las sensaciones que provoca la belleza, entre otras, la promesa de felicidad.

“¿Qué tienen en común la pintura, la escultura y la fotografía?”, se pregunta la artista. Basta leer la interpretación de los problemas formales del historiador del arte Gombrich sobre la simplificación de la línea que buscaba Brancusi al modelar sus aves, para advertir la estrecha relación del escultor rumano con los experimentos de la pintura abstracta de Kandinsky, quien aspiraba a lograr una pintura que rivalizase con la música en cuanto a expresividad. Gombrich agrega que cualesquiera sean nuestras ideas, “es fácil adivinar el estado de ánimo en que un artista puede quedar completamente embargado por el misterioso problema de relacionar unas cuantas formas y tonalidades hasta darles una apariencia acertada”.

Lejos de ese momento crucial para la historia del arte, Ojeda Bär realizó alrededor de 50 obras que se destacan en la marea que circula en internet por la alianza que selló con el poderoso pasado y el dificultoso presente. Ella misma posteó sus cuadros en Instagram y triplicó el precio inicial que sigue siendo accesible. La mitad de su producción está vendida. Mientras tanto, las galerías porteñas, con un estricto protocolo, cita previa y el número de DNI correspondiente al día indicado, comenzaron a recibir esta semana a su clientela.

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