«Pan y tulipanes» («Pane e tulipane», Italia-Suiza, 2000; habl. en italiano). Dir.: S. Soldini. Int.: L. Maglietta, B. Ganz, G. Battiston, M. Massironi y otros.
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El señor Mimmo (Antonio Catania) es uno de esos turistas que no pueden evitar algún chiste estúpido cuando el guía comenta las particularidades de los sitios históricos. Es la forma de hacerse notar de Mimmo; ésa, y competir por el modelo de su teléfono celular. Rosalba ( Licia Maglietta), su esposa (una mujer simple, no una arqueóloga ni una antropóloga), desearía en esos momentos que las ruinas de Sicilia la tragaran en sus profundidades.
Gracias al carácter de Mimmo, personaje tan frecuente en la existencia diaria, el deseo de Rosalba se concreta. En una de las paradas del tour que hacen por el sur de Italia, su marido y sus dos hijos la dejan olvidada. Ella se demora en el toilette del bar, y el bus se va.
A Rosalba, incrédula ante la ruta, el instante de irrealidad y humillación se le troca muy rápidamente por una sensación de libertad como nunca tuvo en la vida. Su primer impulso por volver a la seguridad de casa se va atenuando a medida que los conductores que la acercan hacia su ciudad, Pescara, están más próximos a llegar. Ella no conoce Venecia, y la oferta que le proporciona la negligencia de su familia es imposible de rechazar.
«Pan y tulipanes», una película tan placentera como ingeniosa, rechazaría la elemental calificación de «comedia feminista» con la que puede ser confundida, a simple vista, por la condición genérica y de destino de su protagonista, primero víctima y después vindicada.
El libro y la realización tienen el inapreciado sabor de la pantalla italiana tradicional, y si en algunos puntos la aventura de Rosalba recuerda, en parte, a «Yo amo a Shirley Valentine», sus diferencias son muy reconocibles: ésta es una película libre de tesis y ataduras sexistas, y sus personajes masculinos, con excepción del energúmeno Nimmo, tienen una solidez y un encanto que cualquier film sesgado descartaría.
Personajes
En primer, lugar Fernando, el sesentón mozo suicida que interpreta Bruno Ganz, ese actor enorme, quien le da a la desorientada Rosalba mucho más que hospitalidad y cobijo, y entre quienes se establece un vínculo que deja de lado, por la riqueza de historia y diálogos, cualquier previsibilidad.
Y más tarde, Constantino (Giuseppe Battiston), ese increíble detective aficionado con madre persecutoria, gordo y tímido, a quien el señor Mimmo envía a Venecia para investigar los pasos de su mujer, y cuyas futuras complicaciones sentimentales terminan por redondear un cuarteto, con vecina de Fernando incluida, entregado a la más disfrutable invención de la comedia italiana clásica, ligeramente melancólica en este caso.
Sin fórmulas ni «target», esos monstruos que desvelan a Hollywood, los panes y tulipanes son frescos y huelen muchísimo mejor.
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