23 de octubre 2002 - 00:00
"Para relatar algo creíble, nada mejor que un no-actor"
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Carlos Sorín
Periodista: ¿Cómo surgen estas historias?
Carlos Sorín: Primero surgió el diseño de la película. Qué tipo de obra queríamos hacer. Bien, queríamos algo emotivo, con personajes creíbles de la meseta, y nadie más creíble que los no-actores. Los profesionales saben emocionar muy bien, pero cuando lográs algo en un no-actor, la cosa llega más fuerte. Se revela algo que es de verdad. Esto lo comprobé con aquel aviso del comisario que habla por teléfono. El público descubrió que ese tipo era de verdad, nadie le marcó cómo tenía que aparecer. El es así. Es como aparece. Y es un tipazo. Pero después, como apareció en televisión, los demás se pusieron celosos y lo echaron. Ahora vive en un pequeño campo en Río Negro. Pero si íbamos a usar no-actores, las escenas debían ser sencillas. Y debían entremezclarse algunos profesionales, o oficionados, para ayudar a los inexpertos. Y rodar en orden cronológico, por dos motivos: para ayudarlos a desarrollar más tranquilamente sus personajes, sin alteraciones, y para darnos la posibilidad de incorporar cosas que fueran apareciendo, sin que después tuviéramos problemas de continuidad.
P.:Antes de seguir ¿por qué se escapó el perro?
C.S.: El viejo piensa que el perro se ofendió por algo, y quiere pedirle disculpas. Quizás se fue por otra cosa, pero yo también pienso lo mismo, y creo que al final lo encuentra. El viejo, Antonio Benedictis, es de Montevideo, abuelo de un cámara que nos ayudaba. Me costó mucho decidirme por él, porque ya tenía 81 años, y podía resultarle mucho trabajo, pero le tomó el gusto, y lo hizo muy bien. Lástima que no pudo viajar a San Sebastián. Por razones de salud, ya no está para viajes largos, ni para emociones fuertes. Vinieron Javiera Bravo, la concursante, que en realidad es una maestra santiagueña, Javier Lombardo, el de la torta, que es uno de los dos únicos actores profesionales, y muy buena persona, y uno que hace de empleado de Vialidad, que allá Vialidad sigue siendo toda una institución solidaria, Aníbal Maldonado.
P.: ¿Ese no es un correntino que se encadenó porque en el trabajo no le daban licencia para viajar al festival?
C.S.: En efecto. Y me llamó, «Estoy encadenado». Yo lo tomé metafóricamente, pero lo decía en serio, es un correntino puro. Así que al final se embarcó con su acordeón, si nos descuidamos va a hacer desastre. Por las dudas, me traje una cadena.
C.S.: No puse mucha. Hay partes donde normalmente debería ir, para subrayar la emoción, pero me pareció que la emoción debía salir por sí sola. Otras veces, mi hijo hace un subrayado muy tenue. O se oye algo muy sentido y popular de Carlos Paredes, que es como el Atahualpa Yupanqui de Portugal. También hay un par de chamamés de nuestro encadenado. Y está el cantito de las voces, porque también quería rescatar eso. El del interior habla de otra manera. Y yo a todos los dejaba hablar como hablan. Tampoco les impuse ningún texto, ya que además del cantito está la construcción de la frase. Es decir, para escribir como santiagueño hay que ser santiagueño. La persona viene toda junta. Algo similar pasa con los lugares donde rodamos. Son todos reales, así como salen. Y los cielos son así, gigantescos. Donde pongas la cámara tenés dos tercios de cielo. Pero nunca busqué hacer una película demasiado esteticista. Linda, si, pero nada estilizado. La película debía
ser tan sencilla como sus personajes.
P.: Ultima pregunta ¿Usted también hará como Víctor Erice, que filma cada diez años?
C.S.: Espero que no. Si esta película me abre puertas, espero aprovecharlas. Hoy, este diseño de película es posible: no son experimentales, no parecen baratas, y cuestan unos 300.000 dólares, cifra muy accesible a cualquier socio. Es muy difícil perder con cifras chicas. Nuestras clásicas coproducciones de un millón y medio no van más. Hoy con esa suma podés hacer seis películas.



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