2 de septiembre 2002 - 00:00

Pese a todo, la ópera volvió con buen nivel

Marcelo Lombardero
Marcelo Lombardero
Con el ambiente enrarecido por la intempestiva renuncia del arquitecto Emilio Basaldúa a la dirección del Colón, resultado del entorpecimiento de su gestión por la inclusión de recitales populares, y la incertidumbre por conocer los propósitos del nuevo director, el compositor y crítico Gabriel Senanes, a quien no todos conocen.

Según trascendió, gracias al aporte de un grupo de personas particulares se pudo contar con la partitura de la ópera de Bela Bartok; también que el célebre escenógrafo y regista Roberto Oswald hizo donación de sus honorarios; más la adhesión de todos los abonados y la nueva Comisión Directiva de la Fundación del Teatro Colón, se demuestra que en los momentos difíciles recibe el apoyo necesario para cumplir sus fines específicos.

La puesta del «Castillo de Barbazul» es de una gran sobriedad y sugestión, una concepción abstracta lleva al espectador a centrarse en el canto y la música; no se abren las puertas ni son visibles los objetos y espacios relatados por Judith. De manera que la responsabilidad cae en la fuerza dramática de Marcelo Lombardero como el atormentado pero contenido Conde, y en la temerosa curiosidad de su última esposa. Es sorpresiva y bien resuelta la mágica aparición de las mujeres anteriores.

Consagración de Lombardero como intérprete, y excelente Alejandra Malvino en lo actoral y vocal, aunque tal vez sería aconsejable que administre su trabajo para evitar fatiga vocal, ya que había participado en la ópera barroca y había cantado en «Alexander Nevsky» la noche anterior.

En cuanto a «Dido y Eneas», recibió un tratamiento rococó de un enorme refinamiento; en el encolumnado espacio las cortesanas están vestidas y se mueven como «bibelots»; la disposición del Coro en el foso de la orquesta «limpió» el escenario para subrayar el protagonismo de los implicados en la trama. Elegante y vistoso es también el vestuario de las brujas, y la feérica iluminación en sus apariciones.

La coreografía de Diana Theocharidis se ajusta al espacio y a los movimientos; su aporte novedoso fue la inclusión de trapecistas que hicieron de marineros troyanos. De las voces femeninas sobresalió la de Laura Rizzo; en breve pero eficaz intervención, Luciano Garay no encontró el tono apropiado.

En esta ópera participó eficazmente la sección de cuerdas de la
Orquesta Estable, y en la de Bartok el organismo completo más órgano; en ambos casos la dirección de Pedro Ignacio Calderón fue certera e impecablemente profesional.

«El Castillo de Barbazul» de Bela Bartok. Con M.Lombardero y A.Malvino. Regie, Esc. e Ilum.: R.Oswald. Vest.: A.Lápiz. Asist.: Ch.Prego. Orquesta Estable del Teatro Colón, Dir.: P.Ignacio Calderón. (Teatro Colón, 31/8).


«Dido y Eneas» de H.Purcell. Con M. L. Mirabelli, L.Garay, L. Rizzo, A. Malvino, M.Bugallo, A. Cecotti, A. Mastrángelo, I. Burt y C. Duarte. Dir. Coral: A. Balzanelli. Coreogr.: D. Theocharidis.

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