18 de agosto 2005 - 00:00

Poética fábula sobre un bello viaje

Tras su fachada costumbrista, «El viaje hacia el mar» oculta verdadera poesía, y lo queparecía una película chiquita se vuelve intensa, emotiva y definitivamente disfrutable.
Tras su fachada costumbrista, «El viaje hacia el mar» oculta verdadera poesía, y lo que parecía una película chiquita se vuelve intensa, emotiva y definitivamente disfrutable.
«El viaje hacia el mar» (Uruguay-Argentina, 2003, habl. en español). Dir.: G. Casanova. Guión: G. Casanova, J.C. Castro, sobre cuentos de J.J.Morosoli. Int.: J.C. Castro, H.Arana, J. Calcagno, D. Delgrossi, H. Guido, C. Troncoso.

Eso de «nunca es tarde cuando la dicha es buena», bien se aplica para esta muy placentera comedia del uruguayo Guillermo Casanova. Exito desde el 2003 en su país y en España, donde también fue por el Goya, harta de ganar premios por todas partes, vista fuera de concurso en Mar del Plata 2004, recién ahora se estrena (a las apuradas) en Argentina, que es su país coproductor.

El viaje nace en un cuento del narrador costumbrista Juan José Morosoli, adaptado nada menos que por Julio César Castro, uno de los mejores libretistas que tuvo Luis Landriscina, lo que ya da una idea del tono amablemente gracioso y sabio que va a tener la cosa. Y se ambienta a comienzos de los '60, como para agregarle un tanto de inocencia y melancolía. En ese tiempo, y desde el fondo de las sierras de Lavalleja, cuatro tipos que nunca salieron del pueblo van a tener que subirse al camioncito de un amigo conocedor, que insiste en llevarlos a conocer el mar. Ellos, que toda la vida fue, cuanto mucho, del trabajo al bar y del bar a las casas.

Así, medio reticentes, desconfiados, descubrirán el mundo que los rodea. Y el otro mundo, de los turistas, los grandes carteles de propaganda en medio del camino, y las casas de fin de semana con autos lujosos, que les parecen de extraterrestres. El hombre los acarrea como arrepentido a veces de llevar semejantes burros, y se planta al final, bien de brazos cruzados, orgullosode mostrarles toda esa maravilla, como si él la hubiera hecho. Hermoso personaje, el de Hugo Arana. Ellos son, como sus respectivos nombres lo indican, el Vasco, Rataplán el Tonto, El Desconocido (que en realidad es un colado de otro cuento), el vendedor de quiniela Siete y Tres Diez, a cargo del propio Julio César Castro (flaco bigotudo, de tiradores, asombrado; fue la única y última vez que apareció en el cine, para hacer esta película les escondió a todos la gravedad del mal que tenía), con su perro Aquino, y Quintana, así llamado en alusión a «la quinta del ñato». Quintana es el sepulturero. El que se descubre frente al misterio de la inmensidad. Y el que nos descubre, con solo dos planos y una frase de tres palabras, que detrás de este cuento criollo, de sonrisa bonachona y cordial, también, si uno quiere verlos, están los versos de Manrique.

Entonces el costumbrismo termina siendo fábula poética, el humorismo da paso a una repentina emoción que nos ahoga, y esta película que parecía chiquita, se hace intensa, y definitivamente hermosa. En resumen: se disfruta con placidez, se aprecia por lo bien hecha, y se recuerda con admiración y ternura.

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