La historia que aquí se ambienta en la inmensa ciudad de San Pablo podría también ocurrir en cualquier parte del Gran Buenos Aires. Tres hombres jóvenes, ex compañeros de estudios, manejan una empresa constructora. Pero dos de ellos disienten con los criterios del socio mayoritario, y quieren «desplazarlo» antes de que él disuelva la sociedad.
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El encargado del trabajo sucio es un cualquiera. Pero no cualquiera, cuando hay un espacio vacante, mujer incluida, y una rara ocasión de cobrarse otras deudas con la sociedad, se conforma con un pago desdeñoso. Los cómplices también deberán ensuciarse las manos.
No es necesario hablar de novela negra americana en este asunto de traiciones, pactos de sangre, y vueltas de tuerca que revelan un mundo cruel y engañoso detrás de las buenas apariencias. Marcial Aquino, principal coguionista y autor de la novela original que inspira la película (también entusiasta lector de autores argentinos) simplemente se maneja en primer término con la propia realidad paulista, y eso de las buenas apariencias lo tiene sin cuidado.
Los personajes son unos neuróticos de medio pelo, medio volados, y donde una novela o una película americana hubiera puesto alguna pasión amorosa, una mujer fascinante, y traidora, claro, él pone más de una chica desnuda pero nadie con verdaderas ganas de amar a otra persona. Y al invasor que finalmente hay que expulsar, no lo pinta tanto como un diabólico psicópata, a la manera del actual cine americano, sino como un vivo resentido, que enfrenta a los otros con su propio espejo.
A partir de esa base, el realizador Beto Brant tensa las cuerdas. De principio a fin. Sin respiro. Esta es su tercera película, la de mayor oficio, la de más garra, la más fuerte. A la salida, uno debería tomarse un té de tilo, para calmar los nervios (y también para compensar todo lo que se mandan algunos personajes). Quienes vieron la segunda, «Asado entre amigos», en Mar del Plata '99, ya saben cómo las gasta el amigo Brant. Y eso que acá nunca llegó la primera, mucho más interesante, «Os matadores», un policial en la frontera braso-paraguaya que en partes parecía Emir Kusturica y Sam Fuller filmando juntos en Ciudad del Este. Hubo mucha molestia cuando se quedó sin premios en Gramado 97. Pero ya se sabe como son las cosas. Todas estas historias, en el fondo, acaso también sirven para valorar mejor las amistades.
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