5 de febrero 2002 - 00:00

Por lo menos, peca de ingenua

Por lo menos, peca de ingenua
(05/02/2002) «Pequeños fantasmas» de M. González Gil y O. Santoro. Dir.: M. González Gil. Dir. asistente: A. Lascano. Int.: O. Santoro y elenco. Música: M. Bianchedi. Esc.: C. Di Pascuo. Dis. de luces: D. Bossio y M. González Gil. (Multiteatro.)

Al enterarse de que su vieja escuela está a punto de caer bajo la picota, Miguel -un médico romántico y soñador-decide infiltrarse en el edificio para tributarle su último adiós a una etapa inolvidable de su pasado. Allí fue donde se enamoró por primera vez y donde empezaron a germinar sus ideales de adulto, lo que vuelve más terrible aún la decisión municipal de convertir ese lugar en un shopping.

Miguel
no se resigna a esa pérdida, pero a través de ella evocará a muchas otras como la muerte de su madre, «el olor a trabajo honrado» de su padre o la novia que perdió.

Con gran sensibilidad y oficio Osvaldo Santoro logra hacer creíble a este curioso personaje que sin preverlo viaja en el tiempo para encontrarse con sus antiguos compañeritos de escuela, todos ellos interpretados por actores de nueve años.

El contraste resulta muy gracioso y a la vez verosímil gracias a la fluida interacción que se produce entre Santoro y los chicos del elenco. Sus diálogos permiten evocar el habla popular de los años '60 además de ciertos códigos infantiles relacionados con el juego, la rivalidad entre sexos y los primeros intentos de seducción, con los que el público demuestra sentirse muy identificado.

Manuel González Gil
se confirma como un buen director de actores, pero en esta ocasión abusa de algunos recursos como por ejemplo los extendidos intermedios musicales entre escena y escena o la inclusión de la voz en off del maestro, que a los pocos minutos de iniciada la obra se torna agobiante.

Por otra parte, la escuela primaria que aquí se evoca -y se añora sin remedio-no parece muy digna de elogio, al menos en lo que respecta a su exacerbado culto a los héroes patrios, previamente vaciados de contenido o exaltados como bellas figuras mitológicas antes que como individuos comprometidos con un determinado contexto histórico.

La obra apunta a la emoción, pero suena ingenua, superficial y hasta confusa ideológicamente en cuanto pretende erigirse en metáfora de nuestro país. La superficialidad de su análisis crítico la vuelve pretenciosa, empañando otros buenos momentos en los que la escuela primaria aparece simplemente como escenario de diferentes afectos y emociones. No por nada en la noche de estreno, una señora comentó muy entusiasmada: «¡Esta obra es retierna!».

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