29 de agosto 2003 - 00:00

Positivo: se abren cada vez más salas de teatro

Alfredo Zemma
Alfredo Zemma
B uenos Aires está viviendo una curiosa efervescencia teatral, que se refleja en la creciente proliferación de salas independientes. En los últimos diez días se inauguraron tres espacios teatrales: «Abasto Social Club», Teatro «El búho» y «Club del Bufón». Al frente de este último (ubicado en Lavalle 3177), se encuentra el actor y director Alfredo Zemma, también responsable del estreno de «Brutta miseria», una pieza escrita por los brasileños Jandira Martini (actriz de la telenovela «El Clon») y Marcos Caruso.

«Brutta miseria»
describe los conflictos de cuatro hermanos, descendientes de italianos, que creen encontrar la solución a sus problemas económicos yéndose a vivir a Italia. El elenco está integrado por Zemma, Pablo Alarcón, Ana María Giunta, Liliana Pécora, Floria Bloise, Héctor Nogués, Silvia Geijo, Miguel Ruiz Díaz y Eduardo Escandarini.

Periodista:
¿Cuántas salas dirigió hasta la fecha?

Alfredo Zemma: Fui uno de los fundadores, con Manuel Iedbavni, del Teatro del Centro, después dirigí el Teatro Bambalinas durante 12 años, también fui director del Teatro Nacional Cervantes y durante 3 años me encargué de la dirección artística de «La casona del teatro». Este nuevo proyecto reunió a cerca de 10 personas provenientes de la plástica, el área pedagógica y el jazz. «El club del Bufón» está concebido como un espacio teatral y cultural, cuenta con una sala, un café concert donde va a haber mucho jazz y monólogos teatrales, una escuela de teatro y un resto-bar.


P.:
¿Qué explicación le da a esta explosión de nuevas espacios teatrales?

A.Z.: No tengo explicación para eso. Es pasión por el teatro. Estoy demasiado metido en todo esto como para reflexionar sobre el fenómeno. Con el tiempo ya se encargarán otros de hacerlo.


P.:
¿De qué trata «Brutta miseria»?

A.Z.: Es la historia de 4 hermanos al borde de la miseria. Uno de ellos intenta convencerlos para irse todos a Italia, porque son descendientes de italianos. Algunos se resisten, otros dudan, y está el hermano tránsfuga que intenta lograr su objetivo por cualquier medio. La obra tiene un tratamiento ácido y maneja un humor crítico y por momentos bufonesco. Me recuerda mucho al teatro de Darío Fo, pero por momentos también roza el grotesco.

P.: La pieza aborda un tema muy cercano al teatro de Armando Discépolo.

A.Z.:Así es, sobre todo a través de mi personaje, el tano Moscariello. Es un personaje típico del grotesco, porque tiene los mismos problemas de identidad y de desarraigo de «Stefano», «El relojero» y de tantos otros personajes de Discépolo, con los que ya trabajé en otras ocasiones. Son peque-ños villanos y pequeños héroes, todo al mismo tiempo. Ellos también están con un pie acá y allá, sólo que acá las cosas se revierten y en lugar de «hacer l'América» hay que ir a hacer la Italia. El tema tiene su costa-do oscuro, porque el fracaso de la inmigración tiene que ver con la pérdida de la identidad.

P.: ¿Por qué la obra suena tan poco brasileña?

A.Z.: Es una obra de San Pablo donde hay una comunidad italiana muy grande, pero es cierto, la obra parece escrita acá, es mucho más argentina que brasileña. Será que en Brasil no se dio esta fiebre masiva de irse del país, como sucedió entre nosotros.


P.:
¿Y usted pensó alguna vez en vivir fuera de la Argentina?

A.Z.: Viví tres años en Rio de Janeiro, por amor. Yo no quería irme del país, pero lo hice porque me casé con un brasileña. Finalmente nos volvimos porque yo extrañaba muchísimo. De todas maneras la experiencia allá fue muy buena: escribí, hice teatro y hasta llegué a dirigir un programa de conciertos de música clásica en la TV O Globo. Cuando volví a Buenos Aires seguí haciendo teatro brasile-ño, estrené «El padre, el hijo compañía limitada» una pieza que escribí allá junto a Pablo Pontes y que acá protagonizaron Inda Ledesma y Marcos Zucker. También hice «La opera do malandro» de Chico Buarque con Víctor Laplace y hace poco «La dueña de la historia», del dramaturgo Joao Falcao, con Nora Cárpena, Carolina Papaleo y Guillermo Bredeston.

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