19 de abril 2010 - 21:26
"Prefiero dejar un lugar para el pensamiento"
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G.R: No. Al principio yo tuve muchos prejuicios con eso, pensé que iba a ser muy complicado. Pero cuando un paciente está dentro del consultorio las cosas son totalmente diferentes: el tono en el que hablás, la manera en la que te expresás, la importancia que toma la angustia del paciente, ahí todo lo que tiene que ver con las luces y con los medios se desdibuja por completo y aparece otra cosa que tiene que ver con la clínica que es de otro orden.
P: Algunos dicen que usted viene a ocupar el lugar que dejó vacante Bucay, aunque él hacía autoayuda y usted no ¿A qué genero pertenecen sus libros?
G.R: Yo creo que son libros escritos desde el psicoanálisis, no libros sobre el psicoanálisis. Para ser libros sobre psicoanálisis tienen muy poco rigor teórico, no escribiría libros sobre psicoanálisis de esa manera. Son libros que intentan transmitir algo del orden de la experiencia clínica pero que pasa dentro del consultorio. Al principio para aquellos que no sabían cómo era esto, fue apuntado a ellos, a que perdieran cierto miedo sobre qué es un analista, qué pasa acá adentro, un montón de ideas que había acerca de eso y que a mí me dieron ganas de aportar lo poco que pudiera para reestablecer en el lenguaje la palabra diván, la palabra análisis. Quise reinstalar el lugar del análisis, que no es lo mismo que la terapia, respetando por supuesto a todos los terapeutas de todas las escuelas.
P: En sus libros habla de historias reales ¿Cómo logra el consentimiento de sus pacientes?
G.R: No me costó mucho. Yo les pedí autorización a algunos de ellos para escribir sus casos. Por supuesto que uno sabe a quién se lo pide. En los dos libros hay en total 13 casos y de los 13 casos solamente hubo uno que tuve que reescribir con otra historia porque el paciente cuando lo leyó antes de que yo lo entregara le pareció demasiado fuerte lo que leyó y me dijo: "Preferiría que no". Y me sirvió bastante para trabajar porque él mismo al leer su historia se quedó como dando vueltas y trabajando cosas que se le habían escapado. No me sirvió desde el punto de vista editorial pero sí desde el punto de vista analítico.
P: ¿A qué cree que se debe el "Fenómeno Rolón"?
G.R: Me parece que la palabra fenómeno queda un poco grande, me imagino el fenómeno de un artista como Pachano, que es redescubierto ahora después de tantos años con su arte. Lo que creo es que siempre intento respetar a todo el mundo. Siempre he intentado, en un mundo donde nos ha invadido la opinión, intenté dejar un lugar para el pensamiento, que no es lo mismo que la opinión. Yo cuando alguien dice 'hacemos periodismo de opinión' como si fuera algo maravilloso me asusto porque me dan periodismo de opinión y me quieren hacer creer que eso que me transmiten es la verdad. O es la verdad o es una opinión. Prefiero dejar un lugar para el pensamiento. Yo creo que sería interesante, después de tantos años de represión, era muy necesario poder opinar pero creo que ahora nos hemos pasado del límite y todo el mundo opina de cualquier cosa. Hay gente que decide quién fue el asesino de un caso sin haber tenido nunca la causa en la mano. En medio de todo eso, tal vez tratar de armar un ámbito para el pensamiento a la gente le haya parecido bien. No digo que lo logre, digo que lo intento.
P: Tanto en la radio como en el teatro la gente desnuda sus problemas sin la necesidad de la intimidad del consultorio ¿A qué cree que se debe?
G.R: Me parece, cuando lo logramos, a que se genera ese clima de respeto. El que está en la butaca sabe que puede preguntar algo y todos los que están en la sala lo van a respetar. Si no logramos ese clima, no se da eso. Por lo general también trato de ir esquivando aquellas respuestas que pudieran tener algún carácter clínico, porque yo no hago clínica en el teatro. No soy un "manosanta" ni curo con la palabra en teatro.
P: ¿Qué opina del marketing de la autoayuda?
G.R: Lo primero que pienso con respecto a la autoayuda es que es una 'contradictum' y un 'adjectum'. Cuando escucho 'un libro de autoayuda' me causa un poco de gracia porque el libro de autoayuda sería un libro que se ayudara a sí mismo. Cuando un lector es ayudado por un libro ya no es autoayuda, lo está ayudando un libro; y no sólo un libro, detrás del libro hay un autor, así que ya hay tres elementos: el que lee, el autor y el libro, así que de "auto" no tiene nada. En ese sentido, me parece que todos los libros pueden convertirse en libros que ayuden, porque uno después de leer "Los miserables" es mejor persona que antes de leerlo. No estoy en contra de los llamados libros de autoayuda. Me parecen que están bien, que a mucha gente le gusta mucho, que a mucha gente la ayuda a pensar, instalan temas que de otra manera no se instalarían. Simplemente a mí no me gusta escribirlos porque no me siento con el poder de dar "las 10 fórmulas para llevarse bien con la suegra en vacaciones".
P: Se dice que Argentina es uno de los países donde más se hace psicoanálisis ¿Por qué cree que es?
G.R: Argentina es un país creado a partir de las ausencias, sobre todo Capital Federal. Es un lugar de gente que dejó su patria por la guerra, de gente que dejó su provincia porque no había trabajo y allá quedaron los amigos, los padres, la tierra, el olor de uno. Cuando uno tiene tanto contacto con la ausencia es bastante factible que le interese algo del orden del psicoanálisis. Es diferente en otros lugares donde esto no se da y donde por ahí la terapia más corta, más focalizada, les interesa mucho más. Aquí nos preguntamos. Cuando uno escucha a Discépolo y dice: "¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?" está cuestionando la ausencia, el dolor, el amor y la existencia misma de Dios. Eso somos los argentinos, tenemos esa esencia. En ese lugar el psicoanálisis encuentra un campo fértil.
Entrevista de Guadalupe Rivero


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