13 de octubre 2005 - 00:00

Provoca curiosidad pese a sus altibajos

Pese a sus varios defectos, «Di buen día a papá» descubrela historia de amores contrariados del pueblo boliviano deValle Grande y el Che Guevara, cuyos restos fueron enterradosallí.
Pese a sus varios defectos, «Di buen día a papá» descubre la historia de amores contrariados del pueblo boliviano de Valle Grande y el Che Guevara, cuyos restos fueron enterrados allí.
«Di buen día a papá» (Bolivia-Argentina, 2005, habl. en español).Guión y dir.: F. Vargas Villazón. Int.: I. Santos, F. Prada, J. Ortiz.

He aquí un singular drama, digno de telenovela histórica, que nos descubre unos amores contrariados, y también un pueblo, el de Valle Grande, Bolivia, contando toda la historia en sentido inverso, con lo cual logra no sólo originalidad, sino sobre todo curiosidad, ya que nos va soltando los datos de a poquito, y así mantiene el interés del espectador, que por saber cómo empezó todo le perdona sus varios defectos.

Primero vemos los acontecimientos de 1997, cuando los vecinos rechazan la exhumación del cadáver del Che Guevara, unos por motivos supersticiosos, otros por razones turísticas. Luego vemos, ambientado en 1987, el arribo de los turistas propiamente dichos, desde una grandota noruega y un petiso español bastante pesado, hasta un loco que llega envuelto en la bandera de Boca Juniors, una de esas banderas con la efigie del Che que suelen verse en las canchas.

Similar confusión de afectos, o confusión ideológica, si se quiere, vemos en 1977, cuando las mujeres lugareñas temen que caiga una maldición sobre los parientes de militares, si no rezan por el alma del finado, que, como se recordará, quedó enterrado fuera del camposanto.

Nuestra protagonista es entonces una niña que espera conocer a su padre, precisamente (o presuntamente) un militar que la engendró una noche de amor a su paso por el lugar en 1967, según lo que le cuenta su madre. A propósito, el título del film alude a una frase en código de la lucha antiguerrillera, y también a los preparativos de la mujer que años más tarde todavía sueña con presentarle el padre a la hija. En fin, que por el solo ánimo chismoso de saber quién es el padre y por qué tarda tanto en llegar, uno al final se queda viendo toda la película, y entretanto se entera de quiénes son los otros personajes, por qué causa se desconfían o se aman desde hace años, cómo parece que surgió la santificación popular y el negocio turístico que caracterizan a la zona, etcétera.

El argumento es atractivo, pero el film está un poco echado a perder por ciertos detalles molestos que se van acumulando: por ejemplo, la ropa demasiado limpia y recién planchada de unos extras que dicen venir del monte, la música ralentada y solemne, un personaje emblemático que parece salido de «La viuda de Montiel», las actuaciones desparejas, y los diálogos de relativa fluidez. Esto último es bastante curioso, si se recuerda el fuerte encanto que ofrecen los diálogos de varias otras películas bolivianas vistas acá, como «Cuestión de fe», «El corazón de Jesús», o «Esito sería» (esito, no por éxito, sino como diminutivo de eso, como decir «esa cosita nomás sería»).

Cabe apreciar, en otro orden, la expansión de una pequeña empresa argentina, Matanza Cine, de Pablo Trapero, que coprodujo esta obra boliviana, y ya hizo lo mismo con una buena comedia chilena sobre el conflicto fronterizo de 1978, vista en el Bafici 2005, «Mi mejor enemigo», donde, curiosamente, los militares argentinos son los buenos.

P.S.

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