19 de julio 2002 - 00:00

Provoca escalofríos feroz vínculo sometedor-sometido

«El pupilo quiere ser tutor», de P. Handke. Trad.: H. Crilla. Dir.: L. Cruz. Esc.: S. Benavente. Int.: L. Cruz y C. Moreno. (Teatro Andamio 90.)


Escribe Nina Cortese on la escenografía o rigi-Cnal, creada por Saulo Benavente y en la versión de su maestra Hedy Crilla, Lito Cruz repone su puesta de «El pupilo quiere ser tutor» interpretando en esta oportunidad el papel que Héctor Bidonde representó en la versión anterior.

La pieza ahonda en la relación entre un amo y su sometido criado, que busca por todos los medios, solapadamente, ocupar el lugar de aquel que lo degrada y lo humilla, adoptando por momentos una actitud servil que pretende disfrazarse de humildad. Pero el amo conoce profundamente a su esclavo y aunque su rostro permanece imperturbable, el sarcasmo y la ironía que se desprenden de su indiferencia son más insultantes que cualquier palabra.

El amo sabe perfectamente lo que el criado intenta a sus espaldas y se adelanta a cada una de las actitudes rebeldes, sin siquiera enfrentarlo. Tan seguro está de su dominio. No golpea a su sirviente; no es necesario y aunque lleve una cartuchera ceñida en torno a su cintura, las balas son sólo una amenaza, lo mismo que el látigo que cuelga de la puerta. El desprecio le basta.

El miedo paraliza al sometido, que sin embargo desearía ejercer el mismo dominio que su amo y sería capaz de asesinarlo, si no fuera porque éste, adelantándose a su deseo, ha separado el astil del hacha que aparece en el centro de la escena. De modo que cuando el siervo intenta empuñarla, sólo se queda con el mango en la mano.

Toda la acción se desarrolla sin que ninguno de los dos articule palabra, pero la risotada interna del verdugo se siente, aunque éste no demuestre ni siquiera con un gesto que es absolutamente consciente de todos los fallidos intentos de liberación que el pupilo lleva a cabo. Por algo es el tutor. Es más astuto y siempre está un paso más adelante.

Las caracterizaciones revelan los diferentes caracteres, mientras la tez rubicunda del amo,
su actitud prepotente y la violencia reprimida que lo asemejan a una fiera, reflejan una bestialidad sádica; la blandura del criado, su mirada huidiza y la lentitud de sus acciones delatan su debilidad.

Son excelentes las dos interpretaciones. Tanto
Lito Cruz como Carlos Moreno reflejan sin necesidad de recurrir a la palabra la mecánica del juego siniestro que propone Handke.
Un juego que no parece tener fin y cuyo comienzo se remonta a un pasado sugerido por las hojas del calendario que va arrancando el criado.

El espectáculo produce escalofríos, porque a pesar de que en él no existe diálogo, lo que sucede obra como un disparador que se abre a múltiples significados.Y es una denuncia clara de los abusos que sufren los más débiles, condenados a someterse al arbitrio caprichoso e injusto de la fuerza que detentan los más poderosos, de los que no puede esperarse, a juicio de Handke, el más mínimo rasgo de piedad.

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