3 de febrero 2002 - 00:00
"Quise sumergir al espectador en la anatomía de la guerra"
Ridley Scott cumplió su sueño de incorporar a su heterogénea irregular filmografía un film bélico con visos históricos, con "Black Hawk Dawn" (que en la Argentina se estrenará como "La caída del Halcón Negro"), aprovechando un encargo del productor Jerry Bruckheimer. Después de dos grandes éxitos -"Gladiador" y "Hannibal"-, el director británico recrea el infierno vivido por soldados de élite norteamericanos el 3 de octubre de 1993 en Mogadiscio (Somalía), en un film que recibió encendidos elogios del presidente George W. Bush.
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Ridley Scott
Periodista.: Hábleme de esas preguntas que plantea «La caída del Halcón Negro».
Ridley Scott.: Creo que ha llegado un momento extremo en que las naciones no se pueden mantener en estados de aislamiento o indiferencia ante acciones muy graves que ocurren en países al borde de la catástrofe política, económica y social. Y menos que ninguno, los Estados Unidos, que llevan ocupando esa posición de mirar hacia otro lado durante dos décadas hasta el pasado 11 de septiembre. Por fin están mirando al resto del mundo, ¡pero qué alto precio de vidas humanas han tenido que pagar! Sí, la película plantea preguntas para las que ni siquiera yo tengo respuesta... ¿Hay que permanecer indiferentes cuando unos dictadores siembran el hambre, la guerra civil y la muerte en sus países? ¿Se debe intervenir y salvar a la población de la hambruna o mirar hacia otro lado? ¿Quiere usted que se envíe en una misión de paz a su hijo a un país lejano que hasta ayer ignoraba que se encontrara incluso en el mapa cuando lo llaman a filas? ¿Querría ver por televisión cómo es masacrado por una población a la que acudió a ayudar?
P.: Las imágenes de la batalla urbana nocturna de 15 horas son tan reales que al espectador le resultará difícil creer que no se halla dentro de un documental...
R.S.: Las imágenes de un videoaficionado somalí dieron la vuelta al mundo a través de la televisión. Casi nadie que las vio ha podido olvidar el linchamiento del joven soldado americano arrastrado por las polvorientas calles hasta quedar casi descuartizado. ¿Cómo duplicar semejantes imágenes en una película? Decidí rodar con seis unidades y cámaras en mano en un estilo semidocumental, con la intención de sumergir al espectador en la sensación de la anatomía de la guerra. Porque aquellos helicópteros llevaban cámaras incorporadas, casi fue retransmitida en directo y el hecho de producirse en el laberinto de Mogadiscio, la convirtió en la primera guerra urbana contemporánea. Eso determinó el estilo y la brutal crueldad de la lucha cuerpo a cuerpo. Los hechos son recientes y están vívidos en la memoria de muchos, de ahí la total imposibilidad de aminorar la violencia o romantizar los hechos.
P.: Son tiempos de guerra tecnológicas, ¿qué trae su película?
R.S.: Lo son, pero imagínese que la búsqueda de Osama Bin Laden se está realizando entrando en cuevas, caminando y con la posibilidad de la lucha cuerpo a cuerpo. La lucha en Somalía no difiere mucho de la actual de Afganistán. La película no ha querido explotar la desgracia nacional del 11 de septiembre. De hecho, en el Pentágono me comentaron, tras verla, que esta película podría ayudar a curar en cierto modo aquella herida.
R.S.: La investigación que realizó Mark Bowden sobre el terreno es una obra maestra en su género. He querido ser fiel a una obra tan magnífica rodando aquel horror explosión a explosión, disparo a disparo, amputación a amputación, agonía a agonía, muerte a muerte. La única libertad que me he tomado, en aras de la claridad narrativa, ha sido escribir los nombres de los soldados en los cascos, una práctica que no se estila en el ejército norteamericano. En una noche de horror, los rostros embadurnados de polvo, sudor y sangre de Josh Hartnett, Ewan McGregor, Orlando Bloom, William Fichtner, Eric Bana, Ewen Bremner o Tom Sizemore iban a resultar irreconocibles, lo cual interferiría con el seguimiento de la historia para el espectador.
P.: Con películas como «Pearl Harbor», el productor Jerry Bruckheimer se ha labrado la fama de saltarse de tergiversar los hechos históricos. En este sentido, ¿cómo ha sido la colaboración entre ambos?
R.S.: Excelente. Nos conocimos hace treinta años cuando me contrató para un anuncio publicitario. No es un productor que interfiere, es muy respetuoso y brillante cuando llegan nuestras discusiones por diferencias artísticas. Personalmente creo que él se tomó esta película como un giro y punto de partida en su carrera. La consideró una historia importante, pero también una película en la que podía dar de sí toda su fuerza y experiencia cinematográfica. Los observadores políticos consideran que a la retirada de tropas en Somalía, siguieron los desastres humanitarios de Ruanda, Bosnia y Kosovo. Y que la indiferencia norteamericana llevó hasta a que se hicieran posibles los ataques de septiembre. Sobre todo tras los atentados contra las embajadas americanas de Kenia y Tanzania a cargo de los sicarios de Osama Bin Landen, de El-Qaeda, en 1999. Tras lo ocurrido en Mogadiscio y los eventos de los que habla se puede llegar a la conclusión de cómo fueron posibles los sucesos del día 11. La salida estadounidense fue vista como un signo de flaqueza y seguida por escasos deseos de intervenir en otros conflictos extranjeros y un símbolo de su debilidad para sus enemigos. Ocho años después, parece obvio. Por eso quise comenzar la película con una frase de T.S. Elliot: «La ignorancia nos aproxima a la muerte».
P.: La población somalí aparece bajo dos aspectos: los ciudadanos dejados morir de hambre confinados en campos de refugiados y los sanguinarios seguidores de Haidid. ¿Contó con actores somalíes?
R.S.: No pude contratar tantos como quise. Pocos de los figurantes son somalíes. El grueso de los seleccionados provinieron del Congo. La historia está narrada desde la perspectiva de los soldados americanos, pero he querido dar una imagen de unos enemigos inteligentes y sofisticados. Además de que poseían sus propias razones.
P.: De alguna manera, el general Garrison interpretado por Sam Shepard, que dirige la acción desde diversos monitores, podría ser su alter ego, un director y productor que dirige los eventos.
R.S.: La película tiene algo de representación. La acción se realiza a tres niveles: la que realizan los helicópteros Black Hawk, las pantallas del Joint Operations Centre y los hombres que patrullan las calles en vehículos. Desde el JOC, el general William F. Garrison es capaz de observarlo todo como un gigantesco encuentro deportivo. Porque hay un avión equipado con un equipo P3, que envía imágenes de alta tecnología hasta las pantallas del JOC. Debajo, los Black Hawk emiten sus propias fotografías. Es un espectáculo visual total. Ahí estuvo el epicentro de la película: es como retransmitir una partida de ajedrez a tres bandas.



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