3 de agosto 2005 - 00:00

Recoleta: una meditación artística

Recoleta: una meditación artística
«Cementerio de la Recoleta», de Cecilia Pastore. Fotografías (Portfolios de Buenos Ayres, 2005; 154 págs.)
El cementerio de la Recoleta ha merecido en el último lustro el homenaje, dudoso en algunos casos, del libro ilustrado.

Fotógrafos y escritores con diverso talento o audacia, se han unido en proyectos editoriales poco felices, artística y comercialmente. El fotógrafo Gustavo Frasso y el guía turístico Mario Braun editaron, sin fecha impresa, su desdichado «Recoleta, arte y símbolos», y Omar López Mato, en 2001, su monumental y kitsch «Ciudad de ángeles», pobre artísticamente pero rico en inexactitudes.

El libro que hoy comentamos es, holgadamente, el más logrado en su género
. La mala factura de dos de los tres prólogos que acompañan el material fotográfico es su subsanable defecto, basta con no leerlos. El primero, «El valor del instante» de Andrea Attardi, no sólo carece de interés, sino que tiene además infundadas pretensiones filosóficas. Eduardo Lazzari, curioso historiador y tanatólogo, es el autor del segundo. Bajo el título «Recoleta, desafío de eternidad», el escritor habla de una ciudad «que languideció» frente a un «lánguido» río por lo que inferimos que la ciencia tanatológica debe estar vinculada a la tautología.

Pero el último de los comentarios, de Pablo Williams, se diferencia de los restantes por una simple razón, está bien escrito. Es el único que cumple con la finalidad artística del libro. Erudición e inteligencia y una imperturbable elegancia hacen de su prólogo un digno acompañante de la obra. El escritor olvida, falta perdonable, mencionar como fuente clave de su reflexión un artículo de la revista «Confines». En definitiva, el libro de Cecilia Pastore cuenta con una virtud de la que carecieron sus antecesores: buen gusto y diseño. La obra deja de lado los dos motivos que destrozaron los libros precedentes, la foto multicolor y la finalidad turística. La elección del blanco y negro es su primer acierto, el cementerio está física y simbólicamente asociado con estos colores. El ángel y la madona pétrea reclamana la imaginación un cielo gris.

Pastore
realiza en su paseo por la necrópolis una artística meditación sobre la condición temporal del hombre, no sobre la muerte. Las manos entrelazadas, los púberes alados o la madre amamantando, revelan una exquisita sensibilidad femenina. Estas imágenes expresan algo desacostumbrado en el arte contemporáneo, un sentimiento de la piedad, una compasiva mirada ante la fugacidad de las cosas. Un casual panal de avispas bajo los labios de una escultura o un clavel del aire sobre una cabellera angélica muestran la insistencia de la vida donde la parca reina.

Nuestra artista se sirve también de las desiertas calles lavadas por la lluvia para expresar la suspensión del tiempo por medio de la imagen. Atinadamente, las fotos carecen de nombre, los sepulcros permanecen anónimos y los muertos ilustres no juegan papel alguno en esta intemporal e icónica reflexión que alude a un sueño distinto al de la vida o la muerte, el idílico sueño del arte.

Ernesto Romano

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