2 de julio 2003 - 00:00
"Recordé a Umberto Eco y me atreví al spanglish"
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Xavier Velasco
Periodista: ¿Cómo surge la idea de la breve vida de Violetta, una chica mexicana que roba,
huye a Estados Unidos, se droga, se prostituye y vuelve a morir en la ciudad de México?
Xavier Velasco: En junio de 1982 estaba en Atlanta en uno de esos bares increíbles de los Estados Unidos. En México para conquistar a una mujer hay que acercársele, sacar ingenio, ir poco a poco cercándola. En aquel bar de Atlanta un amigo me dijo: mira a una de esas mujeres, si te responde la mirada tienes 30 segundos para abordarla o estás perdido. Imaginé a una mujer que vivía en un mundo donde hay 30 segundos para cada cosa. No quise contar sobre ella desde quien la sigue, sino que la quise poner a hablar. Ahí comenzó la idea. Conforme fui dando forma al personaje, me di cuenta que tenía la obsesión de huir. Ya no a Atlanta, finalmente un pueblo, si no a Nueva York, a una ciudad grande. Yo tenía otras ideas, otros planos, otros planes, otros personajes, pero ella secuestró la historia.
P.: ¿No es demasiado una chica tan reventada a los 15 años?
X.V.: A los 15 años se quiere salir corriendo. A esa edad se es capaz de insensateces. Ella piensa que se puede comer el mundo, no porque se sienta grande, sino porque ve a su entorno demasiado chico. Le da vergüenza ver a Nueva York con la óptica distante del clase media. Quiere comerse el mundo, es difícil pero lo ve fácil. Y más fácil con 114.690 dólares robados.
P.:¿Buscó que cumpliera con el slogan «sexo, droga y rock and roll»?
X.V.:(Ríe) Completamente. Ella tiene una vida interna muy rica que no puede comunicar a los que la rodean.
X..V.: Me alimenté del boom desde pequeño. Leí mucho a Vargas Llosa. Me gustó mucho «Cien años de soledad», pero mi «Cien años de soledad» se llama «La guerra del fin del mundo».
X.V.: No, el trabajo de escritor fue para mí siempre solitario. A las únicas personas que les he mostrado mi trabajo era a mujeres a las que quería conquistar. Pensaba, ingenuamente, que mostrándoles mis textos se iban a volver locas por mí. Fue mi primer fracaso literario. Fueron varios fracasos. Comprendí que si enseñaba mis escritos o participaba en un taller lo único que hacia era debilitar lo que hacia. Siempre vi a la literatura como una suerte de fechoría. Nunca pensé en participar de un grupo, pero sí que debía estar a la altura de mis personajes, que no podía escribir sobre arrojo desde la cobardía. No soy de los que piensan que el mundo está cada día más mal, a mí me seduce intensamente, me gusta la época en la que vivo.
P.: ¿La del escritor con computadora?
X.V.: Si, pero «Diablo guardián» la escribí a mano. El lujo de esta época no es ya el dinero, es el tiempo. Dinero algunos tienen, pero tiempo nadie. Quería escribir con la memoria del error y la computadora es impecable. Quería retener lo tachado, las notas al margen, la porquería que permite regresar y decir: «todo esto está lleno de tachaduras, aquí hay un problema». Y no esa asepsia de la computadora.
P.: ¿Cuánta plata se lleva Violetta?
X.V.: Primero unos 13 mil dólares y luego 114.690 dólares.
P.: Usted con el premio se llevó mucho más, 175 mil.
X.V.: Lo menos que sospechaba es que ganando un premio me iba a llevar más dinero que Violetta.
P.: ¿Qué piensa hacer con ese dinero?
X.V.: La mitad casi la había gastado. Para escribir «Diablo guardián» hice publicidad. Pero escribir de día publicidad y de noche mi novela no funcionaba. La novela era demasiado celosa y tenía que entregarme enteramente a ella. Tuve el descaro de proponer a un empresario amigo un plan: me sostenía económicamente un año y medio, yo hacia la novela y le pagaba después con las regalías. Me dijo: está bien, seré tu mecenas. No se si creyó o sólo fue generoso. Quise creer que creía, y así creer yo. Me puse una fecha límite, la de entrega al premio Alfaguara, para no estar eternamente corrigiendo. Fue como decirle: présteme el dinero, le pago cuando gano la lotería.
X.V.: De hecho fue así. A un crítico le pregunté: ¿cómo ve el premio Alfaguara? Me dijo: No seas ingenuo, está arreglado. ¿Y el Primavera? También. ¿Y el Planeta? También; una editorial grande no arriesga por un desconocido. Me dieron ganas de ganar un premio para taparle la boca, porque decir «está arreglado» es para justificar que no se participe, o que se participa y no se gana. Pensé: si no gano por lo menos lo leen y por ahí lo publican en España, y eso me permite salir de México. Los latinoamericanos tenemos la maldición de que si no publicamos en España, no salimos de nuestro país. Creemos que publicamos y seguimos virtualmente inéditos. Mi libro de crónicas, en 3 años de 2000 ejemplares vendió 800. Es el ostracismo.
P.: ¿Esto a pesar de que la narrativa mexicana es, con la colombiana y la cubana, una de las más prestigiosas del momento?
X.V.: Lo que más me estimuló no fueron razones literarias sino cinematográficas. En la final de la Copa de Confederaciones de la FIFA en México, para sorpresa de quienes estábamos en el estadio, México le ganó a Brasil. Dije: sólo falta que pierda el PRI, y el PRI perdió. Al otro día fui a ver «Amores perros» y me dije: es posible que alguien que sale de la publicidad como yo, haga una historia de verdad.
P.: ¿Por qué su personaje desea ser una norteamericana?
X.V.: Los mexicanos vivimos una relación de amor-odio con los americanos. Detestamos a los gringos y pasamos la vida tras las gringas en Acapulco. No queremos nada de ellos, pero viajamos y nos llenamos de sus mercancías.Vemos todo su cine y TV, y seguimos defendiendo «nuestra identidad», pretendiendo que las identidades se
pierden, cuando en realidad se suman.
P.: ¿No tuvo miedo de que no se entendiera el spanglish?
X.V.: Puse cuidado, cuando hay frases en inglés el texto las va explicando. Descansé en la certeza de que debo de haber entendido 5 por ciento de los epígrafes de «El nombre de la rosa». Si Umberto Eco se atrevió a poner epígrafes en sanscrito, espero que mi spanglish sea un poco más transparente.




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