El «Superman» de Andy Warhol, una de las obras «pop»
que puede ser apreciada en la muestra dedicada al artista
en el Centro Cultural Borges.
Los íconos del consumismo, los mass media y los comics de EE.UU., difundidos con tanta eficacia en todo el mundo que hoy resultan en Buenos Aires propios y ajenos a la vez, llegan mañana al Centro Cultural Borges con la muestra de Andy Warhol. Por varios motivos interesante, la exhibición invita a analizar la obra de una figura mítica del arte (hijo de inmigrantes eslovenos de clase baja, Warhola, realizó el sueño americano), cuando todavía no ha pasado ni media centuria desde su creación y ya ha ingresado a la historia.
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La exhibición no incluye sus cotizadas pinturas en esmalte industrial, pero la falta se compensa con más de 100 obras gráficas, como entre otros de sus grandes hits, los retratos de Marilyn Monroe o Jackie Kennedy, lo más representativo de sus films sobre sexo y homosexualidad, y una extensa documentación, que va desde sus primeros dibujos hasta la revista «Interview».
La muestra brinda así una imagen cabal del artista, porque la pintura de Warhol tiene el acabado frío y anónimo de la obra gráfica, debido a los procedimientos mecánicos utilizadosen su elaboración, que borrantoda huella personal. «Pintode esta forma porque quieroser una máquina», decía. Dato que permite deducir que la elevada cotización de las pinturas es un capricho del coleccionismo, equiparable al de preferir una primera edición a la segunda si lo que se busca es leer a un autor.
Para Warhol no existía el original y la copia, su estética distanciada ostenta el anonimato de los impresos y es tan helada en la pintura como en la gráfica, pues ese es su estilo. Sus glamorosas imágenes de la cultura popular, como Superman, las botellas de Coca Cola o el retrato de Elizabeth Taylor, se reiteran con el ritmo de la fabricación industrial y se exhiben en series como los productos de un supermercado. Cuando Umberto Eco dice que «una de las características del producto de consumo es que divierte, no revelándonos algo nuevo, sino repitiéndonos lo que ya sabíamos, que esperábamos ansiosamente oír repetir porque divierte», el concepto es aplicable a la fórmula de Warhol.
La diferencia es que el optimismo que inspiraba en la década del 60 el crecimiento económico ilimitado, se ha convertido por variadas razones (entre ellas el gasto de fuentes de recursos no renovables o las catástrofes ecológicas y sociales) en escepticismo. Además, y por sorprendente que parezca al público no entrenado, el Pop es un arte de derivación y no de rupturas.
Todo comenzó en 1917, cuando Marcel Duchamp firmó como R. Mutt su célebre mingitorio y lo presentó en una exposición de Nueva York, elevando un vulgar objeto de la vida cotidiana a la categoría de «obra de arte». Duchamp rompió con el «orden artístico», y el mingitorio fue rechazado por el comité de admisión que él integraba y al que renunció de inmediato.
Este conocido episodio cambió la historia del arte moderno, puso en evidencia el valor intangible que agrega una «firma» emblemática, integró de un modo «negativo» al espectador (pues desde entonces comenzó a cuestionarse si una obra es -o no es- arte) y sembró dudas eternas sobre los jurados. A nadie escapa que si Duchamp hubiera utilizado su nombre, otra podría haber sido la historia. La muestra del Borges, exhibe a un artista que aprendió la lección, y además, supo integrar al arte los mecanismos del mercado. Es «el tipo que pinta las latas de sopa y conoce todas las estrellas de cine», y el que «buscó la publicidad con la voracidad de un tiburón hambriento», según lo retrata el crítico de la revista «Time», Robert Hughes.
Sin embargo, existe una alegría consubstanciada a la mejor obra de Warhol, relacionada sin duda al poder económico, el espíritu democrático que imperabaen la década del 60 y, claro, la felicidad que depara ese viaje sin escalas hacia el poder y la gloria.
El Pop de EE.UU., que habla de la sobreabundancia y de las ventas masivas, fue simultáneo al de Londres, donde la estrechez económica lo convirtió en una expresión de deseos. En la España franquista, el Pop fue un recurso utilizado por el Equipo Crónica para la subversión política; mientras en Argentina, los rostros elastizados de Jorge de la Vega que hoy se exhiben en el Malba (y vale la pena verlos) muestran la falsedad de unas sonrisas de goma, revelan la inmensa tristeza que el artista pretende enmascarar.
La muestra de Warhol proviene de la Fundación Mazzotta de Milán, y la Galería Sonnabend, de Nueva York, con los auspicios de la Embajada de EE.UU. y de Italia.
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