22 de junio 2006 - 00:00

Relato de amistad en penosas circunstancias

«El paraísoahora» ponehábilmente endiscusión lareal eficaciade losmétodosterroristas y lamentalidad deorganizadoresy ejecutantes.
«El paraíso ahora» pone hábilmente en discusión la real eficacia de los métodos terroristas y la mentalidad de organizadores y ejecutantes.
«El paraíso ahora» (Paradise Now, Pal.-Al.-Fr.-Hol.-Isr., 2005, habl. en árabe). Dir.: H. Abu-Assad. Int.: K. Nashef, A. Suliman, L. Azabal, H. Abbass, A. Hlehel, A. Barhoum.

Construcciones grises a medio terminar, veredas poco transitables, comercios precarios, trabajos precarios, muchas rejas, autos viejos muy baqueteados, gente malhumorada, agua contaminada, el pueblo palestino donde transcurre esta historia se parece bastante a ciertas partes del Gran Buenos Aires, salvo porque hay mucha menos basura en las calles, y en vez de cumbias villeras cada tanto se oye algún bombazo.

También sus jóvenes son distintos. Recluidos en sus territorios, mirando desde afuera la ciudad moderna, a la que no los dejan entrar para buscarse un empleo decente, caen con facilidad en el odio y el resentimiento. Algunos sólo ven un modo de salir de ese purgatorio, desquitarse un poco de los demás, y (algo que parece justificarlos) alcanzar el cielo, todo en un mismo instante y con un desesperado gesto de coraje.

Esta película cuenta la breve historia de dos de esos jóvenes. Amigos desde niños, ellos pidieron morir juntos en un ataque suicida. Hoy es el día.

El relato no muestra los abusos de los ocupantes, ni las formas de captación de los militantes. Pero pinta dos vidas sin mayor futuro, condicionadas, además, por el estímulo de sus ideólogos (que los mandan al frente) y el desdén hacia la supuesta cobardía de sus padres. Detalle curioso, la única persona que les propone buscar salidas pacíficas para sus vidas y la de su pueblo es la hija de un aclamado héroe y mártir palestino cuya muerte todos admiran, salvo ella.

Curioso también, el preparativo de los futuros suicidas, con sus ceremoniales de baño ritual, comida en común, abrazos, y grabación del saludo de despedida en pose heroica. Si alguien cree que esta película favorece el terrorismo, que se fije en el tono irónico de dicha escena, y en otra donde ese tipo de grabaciones se alquila en videoclubes al mismo precio que aquellas registrando confesiones de los colaboracionistas antes de ser ejecutados. Peor aún, alguien comenta que estas últimas tienen mejor salida (quizá, entre otras cosas, porque sus involuntarios protagonistas lucen más reales que los acartonados y retóricos kamikazes).

A señalar, también, la cobarde actitud de quienes forman un grupo de apoyo que, tras incumplir su parte -y acaso para desviar sus culpas- rápidamente acusan y persiguen al que debían cuidar, momento éste donde la historia pega un giro, se emparenta con un buen policial clase B, y afirma lo que es, antes que nada: un elogio de la amistad, y una reflexión sobre el modo, a veces inesperado, en que cada uno elige su destino.

Y a subrayar: el último rostro que aparece en pantalla, el de una madre, que lo dice todo sin una sola palabra. Dicho sea de paso, quien la interpreta es la actriz y también directora Hiam Abbas, la misma que no se quedaba nada callada y cantaba las cuarenta a favor de los palestinos en la «Munich» de Steven Spielberg.

En suma, un objetivo, tenso e inquietante relato de amistad, familia, y vida cotidiana en penosas circunstancias, que pone hábilmente en discusión la real eficacia de los métodos terroristas, la mentalidad de sus organizadores y ejecutantes, y el viejo axioma de toda guerra: «el tipo de ocupación define el tipo de resistencia». Sobre esto último, es muy bueno el cuento de Israel Shamir «Confesiones de un agente secreto», precisamente dedicado al director de esta película (se lo encuentra fácilmente en internet).

P.S.

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