6 de febrero 2002 - 00:00
Retrato del actor que prefirió la elegancia
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Con una estructura casi conversacional, que va y viene por los recuerdos, sin perder nunca el hilo, la obra orquesta capítulos ineludibles: la niñez, el canto (pocos saben que Miranda se inició como cantor de tangos), el teatro, el cine, la tele, sus grandes amigos Ernesto Bianco y Enrique Santos Discépolo, y, fundamentalmente, su esposa, la recordada Amelia Sáez. Entre risas y emociones habla de sus compañeros, como Enrique Serrano, Juan Carlos Thorry, Irma Córdoba, y Marilina Ross, y deduce, con mucho fundamento, que Tania llegó a los 105, o poco menos. Y evoca además otras cuantas glorias de la escena criolla. Para muchas, los autores desarrollan abundantes notas al pie de página. A destacar en ese sentido, por su rescate, las que dedican a Bernardo Perrone,Violeta Antier, Héctor Méndez, y el prolífico caballero Abel Santa Cruz.
«La mía ha sido una carrera simpática», sintetiza el artista, todo un señor de los de antes, como sin darse importancia, y sin perder la elegancia. Modestamente, Gallina y su colaborador Sergio Gustavo Mansilla apelan a esa típica valoración mirandiana, y esperan que también este libro sea de lectura simpática. Es eso, y algo más.


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