23 de abril 2008 - 00:00

"Reyes de la calle"

El gusto por el detalle sórdido, el humor negrísimo y los desbordes del escritor James Ellroy elevan a «Reyes de la calle» por encima del típico film con policías temibles y corruptos.
El gusto por el detalle sórdido, el humor negrísimo y los desbordes del escritor James Ellroy elevan a «Reyes de la calle» por encima del típico film con policías temibles y corruptos.
«Reyes de la calle» (Street Kings, EE.UU., 2008, habl. en inglés). Dir.: D. Ayer. Int.: K. Reeves, F. Whitaker, H. Laurie, C. Evans, Cedric The Entertainer.

El cine negro está lleno de historias sobre policías convertidos en jueces y verdugos en medio de una corrupción generalizada. Por eso, este buen policial con Keanu Reeves masacrando hampones y colegas a diestra y siniestra, a primera vista, no luce demasiado original. En realidad no lo es, ni tampoco pretende serlo. El gusto por el detalle sórdido, el humor negrísimo de los diálogos, y ciertos desbordes propios del escritor James Ellroy («Los Angeles al desnudo») son los que hacen la diferencia, elevando a «Reyes de la calle» por sobre el standard de la típica película de acción con policías más temibles que los feroces criminales que deberían detener en vez de enterrar.

Más allá del buen ojo del director David Ayer para meter los balazos en los sitios menos pensados -incluyendo un detalle de plomería realmente ingenioso en la primera e impactante masacre del film-, el anteriormente guionista de películas tan fuertes como «Día de entrenamiento» se pone al servicio de las oscuras visiones sociales de Ellroy. Y éste, apelando a los clásicos clichés del género negro que domina con precisión, arriesga a que cada escena parezca trillada para luego darle una vuelta de roña, insultos o violencia de impacto seguro. Incluso la personalidad cavernícola del protagonista es una trampa para que lo aparentemente previsible termineresultando sorprendente. Es que el policía encarnado por Keanu Reeves podrá ser un justiciero torturador y hasta homicida, pero no ladrón, lo que en el siniestro universo Ellroy lo convierte en una especie de estúpido, incapaz de percibir las más elementales reglas del cine policial. Incluso los demás personajes le señalan su falta de astucia, pero como la historia está contada desde su punto de vista, el conjunto tiende a tomar el estilo de film de superacción descerebrada que ayuda a que las agudas ironías y comentarios sociales de Ellroy se infiltren con la mayor naturalidad.

El resultado es un festín de incorrección política, con escenas brillantes como la que tiene a un detective novato asistiendo a su primera clase de interrogatorio con apremios ilegales («Pero, ¿no deberíamos preguntarle lo que tenemos que averiguar antes de molerlo a golpes?», pregunta el ingenuo aprendiz).

En el medio hay fuertísimas escenas de acción, ironías lindantes con la comedia negra, excelentes actuaciones secundarias (por ejemplo la de Cedric The Entertainer), y un coprotagonista clave, el jefe corrupto que interpreta Forest Whitaker, que en un desenlace al borde de la sobreactuación, termina dándole a toda la película el tono hiperrealista que la distingue. Los fans del género negro, ni lo duden: masacres de esta clase no se ven todos los días.

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