Jorge Rivara es heredero de una rica tradición pictórica ya que su obra se apoya en el camino trazado por grandes maestros como Tiglio,Victorica, Russo, Spilimbergo, Barradas y Torres García. En este artista, él también un gran maestro, se rescata el buen hacer, la organización de una imagen equilibrada, el deseo de trascendencia; por ello no comulga con tanta banalidad globalizada, ensalzada por los medios y los supuestos valores del mercado en nombre de la contemporaneidad. Obra de introspección, de profundo estudio, que no grita y que se ciñe a raíces constructivas sin caer en la ortodoxia.
Como ya se percibía en algunas obras de su muestra de 2002 en el Museo Sívori (Av. Presidente Quintana 20), Rivara ha roto el plano bidimensional para construir relieves con sentido volumétrico. Pero esto no nace porque sí. Desde siempre ha construido toda clase de objetos artesanales y modelado la cerámica con gran habilidad manual. Es indudable que «necesitaba» modelar las formas de paisajes u objetos imaginarios que hoy ocupan el plano y no esconde su propósito de guiar al contemplador cuando utiliza títulos alusivos al mar, a un barco, a un instrumento musical.
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Lo que pudiera parecer anecdótico o secundario, en Rivara adquiere el status de obra sensible por el tratamiento del óleo de fondos y volúmenes, la delicadeza en la combinación de las formas en variadas tonalidades y blancos luminosos, huellas e incisiones. En su actual muestra en Galería Andrada, se incluyen objetos escultóricos que, con humor, Rivara llama «Máquinas que no sirven», que asombran por la destreza e imaginación. De la muestra se sale con la sensación de que Rivara y banalidad no son sinónimos.
• En el Museo Nacional del Grabado (Defensa 372) se exhibe «Un Taller... un Maestro» en homenaje a Alfredo de Vincenzo fallecido en 2002. Becado en París por haber obtenido el Premio Braque en 1967, fue ganador en 1976 del Gran Premio Nacional de Grabado, más de 20 premios nacionales e internacionales y representó a la Argentina en Bienales de diversos países. Pero sobre todo fue un gran maestro en cuyo taller, fundado en 1969, se trabajaba y aún se lo sigue haciendo, para el arte. Prueba de ello es la exposición de 36 grabadores de trayectoria indiscutible, cada uno con su propia imagen y personalidad. Cabe destacar que alumnos y ex alumnos han ganado más de 400 premios y 8 de ellos fueron distinguidos con el Gran Premio de Honor del Salón Nacional y Primer Premio del Salón Municipal. Entre los expositores figuran artistas como Jorge Abrego, Elba Bairón, Catalina Chervin, María D'Avola, Zulema Maza, Angú Vázquez, Marta Zuik, Susana Ripoll, Yong Hwa Cho, Nélida Ferrari. Haber pertenecido o pertenecer a este taller es un sello de disciplina y excelencia.
En otra de las salas del Museo se pueden ver obras de dos generaciones de xilógrafos japoneses, Makoto Ueno (1909-1980) y su hijo Shu Ueno (1939). Gran oficio de una rama del grabado originada a comienzos del siglo XVII que difundía imágenes religiosas budistas y que alcanza, a través de varios siglos, su esplendor en la escuela del Ukiyo-E con maestros como Utamaro, Hokusai e Hiroshige. Shu Ueno respeta la tradición pero refleja en sus definidas xilografías los rostros de seres comunes, poco atractivos, observados durante un viaje en tren en la actualidad. Dibujó lo cómico y lo trágico de los gestos cuando están solos y ensimismados así como los estragos del envejecimiento. Ambas muestras clausuran el 2 de noviembre.
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