17 de marzo 2008 - 00:00

Se reactivó el Recoleta con muestras vigorosas

En la obra de Aisenberg, el cuadro, con su centro inconcluso, al igual que un diccionario, es una obra abierta, destinada a entablar un diálogo.
En la obra de Aisenberg, el cuadro, con su centro inconcluso, al igual que un diccionario, es una obra abierta, destinada a entablar un diálogo.
La temporada porteña del arte se inició tímida, en los primeros días de marzo, pero la semana pasada recobró el ritmo agitado de estos últimos años con varias inauguraciones simultáneas. La galería Braga Menéndez presentó las muestras de Laura Spivac, Ariadna Pastorini y Juan Andrés Videla; Dabbah Torrejón, las obras y los versos de Fernanda Laguna; VVV las fotografías de Santiago Porter, y Vasari los dibujos de «La hormiga argentina» que Rogelio Polesello, Maria Marta Pichel, Luis Lindner, Jorge Canale, Cynthia Cohen, Luis Benedit, Alberto Passolini y Jacques Bedel, entre otros, realizaron a pedido de Renato Rita para el Banco Patagonia.

El Centro Cultural Recoleta despertó del letargo que provocó el cambio de autoridades y abrió una seguidilla de exposiciones de Diana Aisenberg, Carlos Alonso, Rob Verf, Pablo Dompé, Marta Cali, Adriana Lestido, Oscar « Grillo» Ortiz, el Premio Andreani y, entre otros, Xavier Mascaró, que llegó de España con el oscurantismo ibérico.

El jefe de Gobierno Mauricio Macri y el ministro de Cultura Hernán Lombardi estuvieron de paso por el vernissage y escucharon las palabras del nuevo director, Claudio Masseti, quien anunció que van a inaugurar en breve un corredor peatonal con salida a la calle Azcuénaga, y agregó que el cargo de curador del Centro (que ocupaba Clelia Taricco) se suplantará con curadores rotativos, como los de las Bienales.

Este año la responsabilidad, que no es poca, recaerá en un grupo por demás ecléctico integrado por la historiadora del arte María Teresa Constantini, la crítica Corinne Abadi, el teórico Renato Rita y el artista Francisco Javier Ríos, fundador de Sonoridad Amarilla (uno de los atractivos espacios alternativos que, a fines de los '90, renovaron el escenario porteño, pero que, lamentablemente, al igual que Belleza y Felicidad, cerró sus puertas este año).

Entretanto, Masseti habló de una de sus prioridades: «Vencer la dicotomía entre salas de mayor o menor jerarquía». Es decir, salvar la distancia que separa a la inmensa sala Cronopios y, acaso, también,las menores que la flanquean, de los otros espacios del Centro que se restauraron uno a uno en estos últimos años. Sin embargo, la geografía imponente de Cronopios establece una distancia insalvable que, en menor medida, se acrecienta o disminuye según sea la calidad de las muestras presentadas.

Cuidar el nivel de calidad del arte que se exhibe y privilegiar, a la vez, el carácter « experimental» que debería ser prioritario en el Centro Cultural Recoleta, conlleva sus dificultades. Por otra parte, los directivos de la institución padecen los eternos pedidos y presiones extraartísticas que ejerce sobre ellos el poder. Ahora, la selección de algunas muestras dependerá de la solvencia profesional de la historiadora del arte Laura Batkis y los funcionarios Elio Kapszuk y Alejandro Cappelletti, que analizaron 270 propuestas.

Entre las muestras más interesantes que se verán este año en Buenos Aires están las de Liliana Maresca y Pablo Suárez, que se acaban de inaugurar en el Museo Castagnino de Rosario y llegarán en breve al Recoleta. Luego, en la programación de 2009 se destaca la llegada de Julio Le Parc y una muestra de Clorindo Testa.

La restrospectiva de Lestido, «Lo que se ve», muestra imágenes tomadas entre 1979 y 2007 y confirma la vocación dramática de una artista que se inició como reportera gráfica y ganó un prestigio indiscutido con las series dedicadas a las «Mujeres presas» y «Madres e hijas».

En estas y otras series, en riguroso blanco y negro, las fotos de Lestido indagan la intimidad de sus personajes, y su lente se regodea en la densidad de unos climas opresivos y melancólicos. Salvo unos paisajes de Sudáfrica y unas dulces maternidades, el conjunto transmite la angustia y la dolorosa ternura provocada, precisamente, por «lo que se ve», por la penosa realidad que atraviesa toda la exposición y se muestra de modo directo, sin atenuantes.

  • Nombre

    La exposición «Escuela» de Aisenberg se abre con una sala tapizada con radiantes carteles amarillos, color que la artista utiliza para sus pesquisas y publicaciones de su «Historias del arte: Diccionario de certezas e intuiciones». En la cita final de «El nombre de la rosa», Eco dice que de la rosa que se marchita sólo nos queda su nombre, indica de este modo, que, a través del nombre, la extensa simbología de la rosa se abre a las múltiples interpretaciones del lector. En la obra de Aisenberg, el proyecto de sus diccionarios, representa y le brinda cuerpo al abanico de interpretaciones que giran alrededor de un nombre.

    Convoca a miles de colaboradores para que a partir de una palabra dada, un nombre en realidad, escriban «datos, citas, información, fantasías, recuerdos, ideas, impulsos e intuiciones».

    Así, el sentido de su obra crece y se construye a medida que recibe respuestas a sus demandas. La artista explica que «las cosas adquieren presenciao existencia al ser nombradas, 'son' el nombre que uno les da.» La muestra exhibe los libros, afiches y videos del proyecto que comenzó a gestar en 1996, cuando todavía era docente del Centro Cultural Rojas. El dato de la labor docente cobra relevancia no sólo porque está inserto a lo largo de la muestra que se llama « Escuela», sino también porque Aisenberg es una excelente formadora de artistas (que padecieron su abrupta y reciente partida del Rojas), y sabe qué fibra pulsar para incentivar la creatividad.

    Aunque el planteo de la muestra es conceptual, las salas están llenas de bellas pinturas. Como el cuadro que semeja un marco de rosas y cuyo centro en blanco genera un significativo vacío que abre camino a la imaginación, ya que incita al espectador a completar la obra, a llenar ese hueco con sus propias visiones. Es decir, el cuadro, con su centro inconcluso, al igual que el diccionario, es una obra abierta, destinada a entablar un diálogo.

    Otra pintura representa unos metafóricos pájaros de colores, que -se supone- simbolizan la libertad o la posibilidad de « volar», posados sobre la palabra arte.

    Hay, además, una pintura blanca con las figuras de otras artistas y sus respectivos nombres,que confirman y enfatizan la posición nominalista de la autora.

    En una de las pinturas, más allá de la fuerza de la idea, se percibe la marea de sensaciones que provoca la literatura. Se trata de una tela donde se lee un párrafo, un pasaje descriptivo acerca de algo que está sucediendo en un lago. El volumen de las letras exalta la seducción que ejerce el texto, y la pintura neutra en tonos grises del fondo, propicia la concentración que requiere la lectura. El sentido de la obra cobra forma mientras los ojos vagabundean por la pintura.

    La muestra presenta una gran instalación, la «Madonna protectora de la pintura» (1985), un retablo realizado por un colectivo de jóvenes artistas, y dibujos realizados con la escultora Elba Bairon. Una de las salas está destinada a homenajear a dos educadores del arte, George Steiner y Joseph Beuys, «con un pizarrón que al escribir y borrar, al trabajar con lo que queda y construir sobre conceptos explorados, representa -según la curadora de la muestra Victoria Noorthoorn- el pensamiento en constante evolución». La producción de la muestra estuvo a cargo del galerista Daniel Abate, y la coordinación de la curadora Jimena Ferreiro Pella.
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