17 de marzo 2008 - 00:00
Se reactivó el Recoleta con muestras vigorosas
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En la obra de Aisenberg, el cuadro, con su centro inconcluso, al igual que un diccionario, es una obra abierta, destinada a entablar un diálogo.
Entre las muestras más interesantes que se verán este año en Buenos Aires están las de Liliana Maresca y Pablo Suárez, que se acaban de inaugurar en el Museo Castagnino de Rosario y llegarán en breve al Recoleta. Luego, en la programación de 2009 se destaca la llegada de Julio Le Parc y una muestra de Clorindo Testa.
La restrospectiva de Lestido, «Lo que se ve», muestra imágenes tomadas entre 1979 y 2007 y confirma la vocación dramática de una artista que se inició como reportera gráfica y ganó un prestigio indiscutido con las series dedicadas a las «Mujeres presas» y «Madres e hijas».
En estas y otras series, en riguroso blanco y negro, las fotos de Lestido indagan la intimidad de sus personajes, y su lente se regodea en la densidad de unos climas opresivos y melancólicos. Salvo unos paisajes de Sudáfrica y unas dulces maternidades, el conjunto transmite la angustia y la dolorosa ternura provocada, precisamente, por «lo que se ve», por la penosa realidad que atraviesa toda la exposición y se muestra de modo directo, sin atenuantes.
La exposición «Escuela» de Aisenberg se abre con una sala tapizada con radiantes carteles amarillos, color que la artista utiliza para sus pesquisas y publicaciones de su «Historias del arte: Diccionario de certezas e intuiciones». En la cita final de «El nombre de la rosa», Eco dice que de la rosa que se marchita sólo nos queda su nombre, indica de este modo, que, a través del nombre, la extensa simbología de la rosa se abre a las múltiples interpretaciones del lector. En la obra de Aisenberg, el proyecto de sus diccionarios, representa y le brinda cuerpo al abanico de interpretaciones que giran alrededor de un nombre.
Convoca a miles de colaboradores para que a partir de una palabra dada, un nombre en realidad, escriban «datos, citas, información, fantasías, recuerdos, ideas, impulsos e intuiciones».
Así, el sentido de su obra crece y se construye a medida que recibe respuestas a sus demandas. La artista explica que «las cosas adquieren presenciao existencia al ser nombradas, 'son' el nombre que uno les da.» La muestra exhibe los libros, afiches y videos del proyecto que comenzó a gestar en 1996, cuando todavía era docente del Centro Cultural Rojas. El dato de la labor docente cobra relevancia no sólo porque está inserto a lo largo de la muestra que se llama « Escuela», sino también porque Aisenberg es una excelente formadora de artistas (que padecieron su abrupta y reciente partida del Rojas), y sabe qué fibra pulsar para incentivar la creatividad.
Aunque el planteo de la muestra es conceptual, las salas están llenas de bellas pinturas. Como el cuadro que semeja un marco de rosas y cuyo centro en blanco genera un significativo vacío que abre camino a la imaginación, ya que incita al espectador a completar la obra, a llenar ese hueco con sus propias visiones. Es decir, el cuadro, con su centro inconcluso, al igual que el diccionario, es una obra abierta, destinada a entablar un diálogo.
Otra pintura representa unos metafóricos pájaros de colores, que -se supone- simbolizan la libertad o la posibilidad de « volar», posados sobre la palabra arte.
Hay, además, una pintura blanca con las figuras de otras artistas y sus respectivos nombres,que confirman y enfatizan la posición nominalista de la autora.
En una de las pinturas, más allá de la fuerza de la idea, se percibe la marea de sensaciones que provoca la literatura. Se trata de una tela donde se lee un párrafo, un pasaje descriptivo acerca de algo que está sucediendo en un lago. El volumen de las letras exalta la seducción que ejerce el texto, y la pintura neutra en tonos grises del fondo, propicia la concentración que requiere la lectura. El sentido de la obra cobra forma mientras los ojos vagabundean por la pintura.
La muestra presenta una gran instalación, la «Madonna protectora de la pintura» (1985), un retablo realizado por un colectivo de jóvenes artistas, y dibujos realizados con la escultora Elba Bairon. Una de las salas está destinada a homenajear a dos educadores del arte, George Steiner y Joseph Beuys, «con un pizarrón que al escribir y borrar, al trabajar con lo que queda y construir sobre conceptos explorados, representa -según la curadora de la muestra Victoria Noorthoorn- el pensamiento en constante evolución». La producción de la muestra estuvo a cargo del galerista Daniel Abate, y la coordinación de la curadora Jimena Ferreiro Pella.



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